Autor/a
Ricky
Categoria
Relat lliure
Relat lliure

Miedo

2019 Un año dificil para el planeta por la amenaza inminente. Comencé a temblar cuando la inmensa nube llegó a Europa. La gente era escéptica y hacía caso omiso a las advertencias. Las prohibiciones eran cada vez más estrictas y el miedo se podía oler en el aire.
Salí del trabajo y decidí regresar caminando por temor al contacto directo con mis semejantes, pero a mitad de camino la lluvia muy a mi pesar, me obligó a subír a un autobus; iba casi vacío, nunca he visto esos gestos en la gente, ojos tristes, cabezas gachas y un silencio profundo, una ola de tristeza envolvía a todos y cada uno de nosotros. El autobus marchaba tranquilo por la calle Guipuzcoa en Barcelona, el tránsito era tranquilo y los motores no se oían. Hasta el chofer conducía cabizbajo, pero atento al volante.
Pasaban los días y las calles daban un aspecto macabro. Desde mi balcón se observaba una tensa calma y la incertidumbre de no saber...
En el metro había que mantener una distancia, se debía dejar un asiento de por medio y no podía ir lleno con la obligación de portar la mascarilla, pero mucha gente no la usaba o se sentaba a tu lado como si nada ocurriera, con una falta total de respeto.
El metro siempre fue mi compañero de viaje, buscaba la combinación más acertada para no tomar el autobus; en esos días habría querido no tener esa necesidad, pero por la gente, por su falta de conciencia, por su “Qué me importa” En las escaleras mecánicas iba a tres escalones de distancia, del otro y nunca faltó alguien que se pegara a mi en el escalón de detrás. Opté un día por tomar el ascensor, iba solo, pero al cerrarse la puerta un pie detuvo su marcha y entró toda una familia y he tenido que salir. Los de seguridad tampoco hacían mucho, veían gente sin mascarilla y seguían de largo, pero llegó un momento que los entendí, porque era cada vez más la gente que viajaba sin ella.
Siempre valoré la labor de los sanitarios y un día, viajando en la línea 2 camino del centro, entré con mi móvil a una de las redes y encontré un grupo que tenía que ver con mi barrio de niño y me picó la curiosidad por un compañero que siempre me tuvo a mal traer, era el malo de la escuela. Di su nombre y quería saber de él a pesar de los malos ratos que me hizo pasar. Quien me respondía lo reconoció y me dijo: Murió de Covid salvando vidas. La angustia que me produjo esa noticia era indescriptible, el vagón del metro me pareció enorme, la gente a mi alrededor aparecía y desaparecía. Bajé, no recuerdo que estación era, pero bajé porque tenía que aceptar la noticia, me senté en el anden, con las palmas de mis manos cubrí mis ojos y aparecieron imágenes que creí borradas, todos, niñas y niños con nuestros delantales blancos y él frente a mi molestándome como lo hacía siempre. Cuando quité mis manos de la cara había un guardia de seguridad observándome, lo convencí de que me sentía bien y cuando llegó el tren lo tomé para seguir mi viaje. Cuando llegó a la estación Sant Antoni salí al anden aún pensando en mi compañero. El día estaba gris, quería volver a casa pero para eso faltaba mucho. Me daba mucha tristeza ver a la gente en la calle, sin los apuros a los que estamos acostumbrados.
Pasaron las horas y he tenido que volver al metro, éramos pocos los que bajábamos por las escaleras; al entrar al anden, coincidió con la llegada del tren y el temor de siempre, por favor que no esté lleno.