Autor/a
saramarin
Categoria
Relat lliure
Mientras el metro avanza
Últimamente me siento perdida. Siento que no avanzo, siento que avanzo hacia la dirección equivocada, siento que retrocedo. Me comparo. Quiero saber si esto que siento lo sienten más personas. No sé qué sentir; vuelvo al origen.
Como cada mañana, me levanto, me ducho, desayuno, me visto y voy corriendo hacia el metro para tomar mi querida y muy frecuentada línea morada, que esta vez —y como cada lunes— me llevará a mi puesto de trabajo.
Me siento en el último vagón —sé de memoria que es el más cercano a la salida de la estación a la que me dirijo— y mis ojos se clavan en una chica joven. Comparte viaje con una compañera; parece que se dirigen a la universidad y se preguntan mutuamente cómo responderían las preguntas del examen al que están a punto de enfrentarse. Ríen juntas. "Qué bonita etapa", pienso. Me cazan curioseando su conversación, así que aparto rápido la mirada.
Mis ojos se posan en una pareja. Ella le comenta a su novio —extranjero— que se bajarán en Sagrada Família y que irán andando hasta Passeig de Gràcia, que le enseñará sus rincones favoritos de Barcelona. Se besan. La chica se siente observada y me mira. Yo disimulo. "Ay… si ella supiera el mal de amores que le espera", pienso.
Unos llantos llaman mi atención. Una mujer intenta calmar a su bebé. Parece que la criatura no se encuentra bien. Pobrecilla, pienso. Siempre empatizo mucho con las madres que pasan malos ratos en sitios públicos con sus bebés. Me dan ganas de dirigirme a ella: “Tranquila, es un bebé; no nos molesta que llore a las 8:30 de la mañana, lo comprendemos”. No se lo digo, pues no sé si hablaría en nombre de todos.
—Disculpe, disculpe, señora… ¡levante! —me interrumpen unas voces.
—¡Ay, Dios mío! —exclamo—. ¡Que me he dormido!
Me levanto deprisa. Las puertas siguen abiertas. El tren no ha esperado; nunca lo hace. Mientras salgo al andén, pienso en la chica que repasaba en voz alta, en la que besaba con ilusión de haber encontrado el amor de su vida, en la que mecía con paciencia infinita. Tres momentos distintos, tres versiones de mí misma, avanzan, continúan su trayecto.
El metro arranca de nuevo.
Yo también.
Como cada mañana, me levanto, me ducho, desayuno, me visto y voy corriendo hacia el metro para tomar mi querida y muy frecuentada línea morada, que esta vez —y como cada lunes— me llevará a mi puesto de trabajo.
Me siento en el último vagón —sé de memoria que es el más cercano a la salida de la estación a la que me dirijo— y mis ojos se clavan en una chica joven. Comparte viaje con una compañera; parece que se dirigen a la universidad y se preguntan mutuamente cómo responderían las preguntas del examen al que están a punto de enfrentarse. Ríen juntas. "Qué bonita etapa", pienso. Me cazan curioseando su conversación, así que aparto rápido la mirada.
Mis ojos se posan en una pareja. Ella le comenta a su novio —extranjero— que se bajarán en Sagrada Família y que irán andando hasta Passeig de Gràcia, que le enseñará sus rincones favoritos de Barcelona. Se besan. La chica se siente observada y me mira. Yo disimulo. "Ay… si ella supiera el mal de amores que le espera", pienso.
Unos llantos llaman mi atención. Una mujer intenta calmar a su bebé. Parece que la criatura no se encuentra bien. Pobrecilla, pienso. Siempre empatizo mucho con las madres que pasan malos ratos en sitios públicos con sus bebés. Me dan ganas de dirigirme a ella: “Tranquila, es un bebé; no nos molesta que llore a las 8:30 de la mañana, lo comprendemos”. No se lo digo, pues no sé si hablaría en nombre de todos.
—Disculpe, disculpe, señora… ¡levante! —me interrumpen unas voces.
—¡Ay, Dios mío! —exclamo—. ¡Que me he dormido!
Me levanto deprisa. Las puertas siguen abiertas. El tren no ha esperado; nunca lo hace. Mientras salgo al andén, pienso en la chica que repasaba en voz alta, en la que besaba con ilusión de haber encontrado el amor de su vida, en la que mecía con paciencia infinita. Tres momentos distintos, tres versiones de mí misma, avanzan, continúan su trayecto.
El metro arranca de nuevo.
Yo también.