Autor/a
MrsWriteer
Categoria
Relat lliure
Miradas cruzadas.
Eran las once y media de la noche de un sábado frio de Barcelona. Me iba en búsqueda de mi acolchada cama y unos mimos de mi perro Max después de haber vivido un turno en el restaurante bastante desgastante , aunque por suerte me había librado de cerrar hoy así que llegué a la parada de la L5 que tantas veces me había recogido en sus brazos para poder llevarme de vuelta a casa. Bajé las escaleras mecánicas para entrar en la estación y mientras buscaba mis auriculares con una maravillosa cancelación de ruido para poder evitar escuchar a cualquier persona, sentí unas notas de piano que se intensificaban cuando llegaba al interior de la parada.
Me encontré un piano de cola a la entrada del metro y a una niña de unos 12 años tocándolo con una mujer mayor al lado suyo, observándola. La verdad que se me hacía raro ver a una niña tan pequeña a esas horas en ese mismo lugar donde estaba yo, pero decidí parar unos segundos a escucharla porque, dentro de esa extrañeza que me causaba esa situación había algo que se empezó a remover en mi.
Esas notas no eran desconocidas, todo lo contrario. Estaba tocando “Wonderwall” de Oasis y a mi me estaba transportando a una niñez que había olvidado por completo. Esa canción fue el comienzo de mi amor por la música y el despertar de mi creatividad. La aprendí gracias a mi mayor pilar en vida, mi abuela, quién era una fanática de Oasis y desde que yo estaba en el vientre de mi madre me ponía sus álbumes para que, recuperando sus dichas palabras, “aprendiese que era la buena música antes que saber hablar”. Y lo consiguió, ya que cuando empecé a tener conciencia tarareaba “Supernova” de la mano de ella.
Crecí y mis padres me apuntaron a piano para que conectase más aún con la música y el arte. ¿Cuál fue la primera canción que aprendí? “Wonderwall” , para darle una sorpresa a mi abuela por su cumpleaños. Quería sorprender a mi mayor fan por su cumpleaños así que, mi cabezonería ya empezó a dessarollarse a muy pronta edad por esto. Llegó su aniversario y recuerdo estar muerta de los nervios porque nunca había tocado delante de tanta gente pero al ver la mirada de amor de mi abuela sentí que toda inseguridad desaparecía de mi. Me senté delante del piano de mi abuelo, y mis dedos empezaron a crear la música de los hermanos Gallagher. No escuchaba nada más que las notas salir del piano y cuando ya acabé los aplausos de mi familia llenaron la casa pero a mi lo que me importaba era ver si mi abuela estaba contenta . La miré y lo que vi me impactó muchísimo: era la primera vez que veía a mi abuela llorar y sonreír al mismo tiempo. Me acerqué a ella preguntándole si le había gustado, ella me abrazó y me dijo al oído : Gracias por darme el mejor regalo de mi vida.
Su suave y cálida voz no venía a mi desde hacía mucho tiempo y gracias a escuchar a esa pequeña niña tocar sentí a mi mayor pilar volver a mi. El piano dejó de sonar y las vi fundirse en un tierno abrazo donde crucé durante dos segundos la mirada con la pequeña. Puede parecer una tontería pero, en ese poco tiempo, sentí que estaba perdiendo el sentido de mi vida. ¿Había dejado de lado lo que me hacía feliz para sobrevivir en el mundo adulto? ¿Dónde había dejado mi ilusión? ¿Debía de dejar mi trabajo y volver a tocar?
Demasiadas preguntas que llenaban mi cabeza un sábado noche en la parada de diagonal.
Me encontré un piano de cola a la entrada del metro y a una niña de unos 12 años tocándolo con una mujer mayor al lado suyo, observándola. La verdad que se me hacía raro ver a una niña tan pequeña a esas horas en ese mismo lugar donde estaba yo, pero decidí parar unos segundos a escucharla porque, dentro de esa extrañeza que me causaba esa situación había algo que se empezó a remover en mi.
Esas notas no eran desconocidas, todo lo contrario. Estaba tocando “Wonderwall” de Oasis y a mi me estaba transportando a una niñez que había olvidado por completo. Esa canción fue el comienzo de mi amor por la música y el despertar de mi creatividad. La aprendí gracias a mi mayor pilar en vida, mi abuela, quién era una fanática de Oasis y desde que yo estaba en el vientre de mi madre me ponía sus álbumes para que, recuperando sus dichas palabras, “aprendiese que era la buena música antes que saber hablar”. Y lo consiguió, ya que cuando empecé a tener conciencia tarareaba “Supernova” de la mano de ella.
Crecí y mis padres me apuntaron a piano para que conectase más aún con la música y el arte. ¿Cuál fue la primera canción que aprendí? “Wonderwall” , para darle una sorpresa a mi abuela por su cumpleaños. Quería sorprender a mi mayor fan por su cumpleaños así que, mi cabezonería ya empezó a dessarollarse a muy pronta edad por esto. Llegó su aniversario y recuerdo estar muerta de los nervios porque nunca había tocado delante de tanta gente pero al ver la mirada de amor de mi abuela sentí que toda inseguridad desaparecía de mi. Me senté delante del piano de mi abuelo, y mis dedos empezaron a crear la música de los hermanos Gallagher. No escuchaba nada más que las notas salir del piano y cuando ya acabé los aplausos de mi familia llenaron la casa pero a mi lo que me importaba era ver si mi abuela estaba contenta . La miré y lo que vi me impactó muchísimo: era la primera vez que veía a mi abuela llorar y sonreír al mismo tiempo. Me acerqué a ella preguntándole si le había gustado, ella me abrazó y me dijo al oído : Gracias por darme el mejor regalo de mi vida.
Su suave y cálida voz no venía a mi desde hacía mucho tiempo y gracias a escuchar a esa pequeña niña tocar sentí a mi mayor pilar volver a mi. El piano dejó de sonar y las vi fundirse en un tierno abrazo donde crucé durante dos segundos la mirada con la pequeña. Puede parecer una tontería pero, en ese poco tiempo, sentí que estaba perdiendo el sentido de mi vida. ¿Había dejado de lado lo que me hacía feliz para sobrevivir en el mundo adulto? ¿Dónde había dejado mi ilusión? ¿Debía de dejar mi trabajo y volver a tocar?
Demasiadas preguntas que llenaban mi cabeza un sábado noche en la parada de diagonal.