Autor/a
BIZARRO
Categoria
Relat lliure
NUEVA REALIDAD
Subí al metro en Joanic una tarde cualquiera, de esas en las que Barcelona parece moverse por pura inercia. La línea amarilla llegó con su ruido metálico habitual y entré en el vagón junto a un pequeño torrente de personas. Encontré un hueco cerca de la puerta y, casi sin querer, empecé a observar.
La escena era silenciosa, aunque el tren iba lleno. Cada rostro estaba inclinado hacia la luz fría de una pantalla. Dedos que se deslizaban rápido, auriculares que aislaban aún más, miradas fijas en un mundo invisible para los demás. Nadie levantaba la vista cuando el vagón se balanceaba. Nadie parecía notar al otro.
En Verdaguer entró una pareja joven. No hablaban entre ellos; cada uno ocupó su pequeño universo digital, separados por apenas unos centímetros y una distancia mucho mayor. Más allá, un hombre reía solo mirando vídeos; una chica pasaba fotos con gesto ausente; un adolescente escribía frenéticamente como si el tiempo se agotara. El metro avanzaba, pero parecía que todos viajaban en direcciones distintas.
Me sorprendí recordando otros viajes, no tan lejanos, cuando el murmullo de las conversaciones llenaba los trayectos. Personas que comentaban el día, desconocidos que intercambiaban una sonrisa al compartir un tropiezo del tren, alguien leyendo un libro de bolsillo con las páginas dobladas por el uso. Había silencios, sí, pero eran silencios compartidos, no muros invisibles.
Entre Girona y Passeig de Gràcia me fijé en mi propio reflejo en la ventana. También llevaba el móvil en el bolsillo, listo para ocupar cualquier segundo vacío. Pensé en cuántas veces yo mismo había elegido mirar hacia abajo en lugar de mirar alrededor. Quizá no era solo culpa de los demás; quizá todos habíamos aprendido a protegernos del contacto casual.
Una señora mayor se sentó frente a mí con un libro de tapas gastadas. Pasaba las páginas despacio, ajena al brillo azul que la rodeaba. Durante unos instantes sentí una extraña calma, como si aquel gesto sencillo resistiera contra la corriente. Nadie la miró. Nadie pareció notar que allí, en medio del vagón, alguien todavía conversaba con las palabras impresas.
El metro anunció Urquinaona. Algunos pasajeros reaccionaron con un sobresalto tardío, levantando la cabeza solo para salir rápido, arrastrados por la prisa. Me levanté también, pero antes de bajar lancé una última mirada al interior del vagón. Casi todos habían vuelto a hundirse en sus pantallas, como si nada alrededor mereciera atención.
Al pisar el andén sentí una mezcla de tristeza y comprensión. No era nostalgia pura; sabía que los tiempos cambian y que los teléfonos también nos conectan de muchas maneras. Pero no pude evitar lamentar esa pérdida silenciosa de la conversación espontánea, del simple acto de compartir un trayecto con otros seres humanos presentes.
Caminé hacia la salida con una idea rondándome: quizá la verdadera rebeldía hoy no sea hablar más fuerte ni moverse más rápido, sino levantar la vista, escuchar, abrir un libro o iniciar una charla sin motivo. Tal vez aún quedara espacio para eso, incluso entre estaciones, incluso en la línea amarilla, si alguien se atrevía a empezar.
Nuca perdamos la esperanza.
La escena era silenciosa, aunque el tren iba lleno. Cada rostro estaba inclinado hacia la luz fría de una pantalla. Dedos que se deslizaban rápido, auriculares que aislaban aún más, miradas fijas en un mundo invisible para los demás. Nadie levantaba la vista cuando el vagón se balanceaba. Nadie parecía notar al otro.
En Verdaguer entró una pareja joven. No hablaban entre ellos; cada uno ocupó su pequeño universo digital, separados por apenas unos centímetros y una distancia mucho mayor. Más allá, un hombre reía solo mirando vídeos; una chica pasaba fotos con gesto ausente; un adolescente escribía frenéticamente como si el tiempo se agotara. El metro avanzaba, pero parecía que todos viajaban en direcciones distintas.
Me sorprendí recordando otros viajes, no tan lejanos, cuando el murmullo de las conversaciones llenaba los trayectos. Personas que comentaban el día, desconocidos que intercambiaban una sonrisa al compartir un tropiezo del tren, alguien leyendo un libro de bolsillo con las páginas dobladas por el uso. Había silencios, sí, pero eran silencios compartidos, no muros invisibles.
Entre Girona y Passeig de Gràcia me fijé en mi propio reflejo en la ventana. También llevaba el móvil en el bolsillo, listo para ocupar cualquier segundo vacío. Pensé en cuántas veces yo mismo había elegido mirar hacia abajo en lugar de mirar alrededor. Quizá no era solo culpa de los demás; quizá todos habíamos aprendido a protegernos del contacto casual.
Una señora mayor se sentó frente a mí con un libro de tapas gastadas. Pasaba las páginas despacio, ajena al brillo azul que la rodeaba. Durante unos instantes sentí una extraña calma, como si aquel gesto sencillo resistiera contra la corriente. Nadie la miró. Nadie pareció notar que allí, en medio del vagón, alguien todavía conversaba con las palabras impresas.
El metro anunció Urquinaona. Algunos pasajeros reaccionaron con un sobresalto tardío, levantando la cabeza solo para salir rápido, arrastrados por la prisa. Me levanté también, pero antes de bajar lancé una última mirada al interior del vagón. Casi todos habían vuelto a hundirse en sus pantallas, como si nada alrededor mereciera atención.
Al pisar el andén sentí una mezcla de tristeza y comprensión. No era nostalgia pura; sabía que los tiempos cambian y que los teléfonos también nos conectan de muchas maneras. Pero no pude evitar lamentar esa pérdida silenciosa de la conversación espontánea, del simple acto de compartir un trayecto con otros seres humanos presentes.
Caminé hacia la salida con una idea rondándome: quizá la verdadera rebeldía hoy no sea hablar más fuerte ni moverse más rápido, sino levantar la vista, escuchar, abrir un libro o iniciar una charla sin motivo. Tal vez aún quedara espacio para eso, incluso entre estaciones, incluso en la línea amarilla, si alguien se atrevía a empezar.
Nuca perdamos la esperanza.