Autor/a
Júlia
Categoria
Relat lliure
Nuevos comienzos
Carlota leía sentada en el último vagón del metro que atravesaba la línea amarilla de Barcelona. El traqueteo de fondo le resultaba casi hipnótico, un fiel acompañante de sus largos viajes al trabajo. Ese día, sin embargo, la risa de un grupo de chicas la distraía de su lectura; llevaba tres paradas intentando terminar la misma página.
Resignada, guardó el libro en el bolso y, levantando la mirada, dejó escapar un suspiro cansado. Ese día también parecía poco prometedor. En el cristal de enfrente se fijó en las paredes del túnel en movimiento, que le recordaban que el mundo seguía girando a su alrededor. Enfocando la vista, se topó con su propio reflejo, y también con el del chico sentado a su lado. Tras observarlo durante un par de paradas, se dio cuenta de que la miraba de reojo. Qué gracioso. ¿Y si le gustaba? En otro momento de su vida le habría parecido atractivo, pero ahora solo podía fijarse en que llevaba una chaqueta muy chillona. Además, ahora que le prestaba atención, percibía una colonia un tanto invasiva para su gusto. De haber tenido energía, incluso se habría cambiado de sitio.
Cerró los ojos para intentar evadirse y encontrar refugio en su propia mente, pero incluso allí dentro todo le pesaba mucho. Apagar el ruido externo solo le servía para hacer más evidente el que vivía dentro de ella.
De repente, sintió un movimiento a su lado y abrió los ojos. El chico se había levantado para ponerse frente a la puerta: debía bajar allí. Mirándolo de refilón, tomó consciencia de lo alto que era. Muy guapo, también. Suspirando, metió la mano izquierda en el bolsillo buscando su móvil para distraerse un rato y se extrañó al no encontrarlo. Escarbó en el otro bolsillo, pero tampoco dio con él. El tren fue reduciendo la velocidad conforme se acercaba a la siguiente estación, y Carlota se incorporó, ya un poco alarmada. Se fijó en que el chico volvía a mirarla por el rabillo del ojo y, cuando las puertas del vagón se abrieron, lo entendió todo. Antes de que pudiera gritarle, él ya había echado a correr.
Carlota salió disparada tras él y tropezó con una pareja que entraba en el vagón.
—Perdón, perdón —dijo sin mirarles—. ¡Eh! ¡Ese tío me ha robado! —gritó a la gente del andén.
Nadie hizo nada y él se escabulló entre la multitud. Carlota se arremangó las asas del bolso y echó a correr. Intentó sortear a quienes se le cruzaban, pero no pudo evitar chocarse con varias personas. No se detuvo; no podía perderle. El pulso se le disparó al verlo doblar la esquina y volvió a gritar. De nuevo, nadie movió ni un dedo. ¿Es que nadie iba a ayudarla? El ladrón llegó a las escaleras mecánicas de salida y las enfiló de dos en dos. Carlota hizo lo propio, pero con el pecho ardiendo y la zancada más corta.
Al llegar a la calle, el frío le golpeó la cara. También la certeza de que ese tipo estaría ya bien lejos. Agotada, dejó que el bolso le resbalara por el brazo e inspiró para recuperar fuerzas, pero empezó a toser al sentir el aire helado quemándole los pulmones.
Y tú pensando que le gustabas… Estupendo.
Bajo sus pies, el suelo vibraba con la llegada de otro tren. Otro micromundo en el que otras realidades —tal vez mejores— estarían teniendo lugar.
—¿Estás bien? —preguntó una anciana que, aferrándose a la barandilla para bajar las escaleras, se había detenido para hablarle.
—Sí —sonrió Carlota—. Gracias por preocuparse. ¿Quiere que la acompañe? Quizá vayamos al mismo andén.
Juntas emprendieron un nuevo viaje y, con él, un nuevo comienzo del día.
Resignada, guardó el libro en el bolso y, levantando la mirada, dejó escapar un suspiro cansado. Ese día también parecía poco prometedor. En el cristal de enfrente se fijó en las paredes del túnel en movimiento, que le recordaban que el mundo seguía girando a su alrededor. Enfocando la vista, se topó con su propio reflejo, y también con el del chico sentado a su lado. Tras observarlo durante un par de paradas, se dio cuenta de que la miraba de reojo. Qué gracioso. ¿Y si le gustaba? En otro momento de su vida le habría parecido atractivo, pero ahora solo podía fijarse en que llevaba una chaqueta muy chillona. Además, ahora que le prestaba atención, percibía una colonia un tanto invasiva para su gusto. De haber tenido energía, incluso se habría cambiado de sitio.
Cerró los ojos para intentar evadirse y encontrar refugio en su propia mente, pero incluso allí dentro todo le pesaba mucho. Apagar el ruido externo solo le servía para hacer más evidente el que vivía dentro de ella.
De repente, sintió un movimiento a su lado y abrió los ojos. El chico se había levantado para ponerse frente a la puerta: debía bajar allí. Mirándolo de refilón, tomó consciencia de lo alto que era. Muy guapo, también. Suspirando, metió la mano izquierda en el bolsillo buscando su móvil para distraerse un rato y se extrañó al no encontrarlo. Escarbó en el otro bolsillo, pero tampoco dio con él. El tren fue reduciendo la velocidad conforme se acercaba a la siguiente estación, y Carlota se incorporó, ya un poco alarmada. Se fijó en que el chico volvía a mirarla por el rabillo del ojo y, cuando las puertas del vagón se abrieron, lo entendió todo. Antes de que pudiera gritarle, él ya había echado a correr.
Carlota salió disparada tras él y tropezó con una pareja que entraba en el vagón.
—Perdón, perdón —dijo sin mirarles—. ¡Eh! ¡Ese tío me ha robado! —gritó a la gente del andén.
Nadie hizo nada y él se escabulló entre la multitud. Carlota se arremangó las asas del bolso y echó a correr. Intentó sortear a quienes se le cruzaban, pero no pudo evitar chocarse con varias personas. No se detuvo; no podía perderle. El pulso se le disparó al verlo doblar la esquina y volvió a gritar. De nuevo, nadie movió ni un dedo. ¿Es que nadie iba a ayudarla? El ladrón llegó a las escaleras mecánicas de salida y las enfiló de dos en dos. Carlota hizo lo propio, pero con el pecho ardiendo y la zancada más corta.
Al llegar a la calle, el frío le golpeó la cara. También la certeza de que ese tipo estaría ya bien lejos. Agotada, dejó que el bolso le resbalara por el brazo e inspiró para recuperar fuerzas, pero empezó a toser al sentir el aire helado quemándole los pulmones.
Y tú pensando que le gustabas… Estupendo.
Bajo sus pies, el suelo vibraba con la llegada de otro tren. Otro micromundo en el que otras realidades —tal vez mejores— estarían teniendo lugar.
—¿Estás bien? —preguntó una anciana que, aferrándose a la barandilla para bajar las escaleras, se había detenido para hablarle.
—Sí —sonrió Carlota—. Gracias por preocuparse. ¿Quiere que la acompañe? Quizá vayamos al mismo andén.
Juntas emprendieron un nuevo viaje y, con él, un nuevo comienzo del día.