Autor/a
castorcillo25
Categoria
Relat lliure
Otra vez lunes
Empieza mal el lunes, no me he podido levantar con la primera alarma del despertador, y tengo la moto en el taller. Me estresa pensar que tengo que bajar dos calles y coger el metro en Joanic para llegar a Passeig de Gràcia antes de las 9, subir a la oficina, saludar a unos compañeros que me caen mal, y cruzar los dedos para que el jefe no haya llegado antes que yo. Cuatro paradas de metro que intuyo se me van a hacer eternas, viendo zombies mirando el móvil, escuchando música, leyendo, hablando y riendo en voz alta… una experiencia nada atractiva para mi estado de ánimo de lunes por la mañana, llegando tarde y sin moto.
Bajo las escaleras del metro, y nada más poner un pie en el andén, llega el convoy. Por lo menos no he tenido que esperar, odio esperar… Llego a la estación de Passeig de Gràcia a las 8:50, y me siento optimista pensando que he llegado antes que con la moto, igual no empieza tan mal el lunes…, y se me dibuja una sonrisa en la cara por tener un pensamiento tan absurdo.
El conserje del edificio es como si no existiera. “Buenos días” le digo, como cada día, y hoy, extrañamente, me contesta con un “Buenos días, ¿qué tal el finde?”. He tenido que dar un paso atrás, salir del portal, revisar el número de la fachada y comprobar que ciertamente es el edificio donde trabajo, ya que normalmente solo recibo algún gruñido a mi saludo de cortesía de cada mañana. Cuando entro en la oficina, la compañera de recepción me recibe con una sonrisa de oreja a oreja y me comunica que se ha cerrado un contrato muy importante con un cliente supermegavip y que el jefe nos va a invitar a desayunar a toda la planta… es mi oportunidad de preguntar si ha llegado ya, y me dice “¡Qué va! Si hoy va a estar todo el día fuera con este cliente”. Sigo sin poder creer que esto pase un lunes, así que me voy hasta mi sitio arrastrando los pies, enciendo mi ordenador, y reviso correos de gente que no soporto.
Pasa el día sin mayor novedad que cualquier otro lunes, aunque bien mirado, algo no encaja del todo. Desayunamos con el catering que ha encargado el jefe y me encuentro hablando con un tipo con el que hacía tiempo que no coincidía, más tarde empezamos a recibir felicitaciones por el nuevo contrato con el cliente supermegavip…, y ya el colmo… las horas de después de comer pasan plácidas cual atardecer de verano en una cala de la Costa Brava. ¿Día perfecto? No lo creo, aún tengo que salir de la oficina, volver a coger el metro con el sentimiento de desazón que ello comporta, ver si llego a recoger la moto al taller, hacer algo de cena e intentar ir a dormir más o menos a una hora decente para que mañana no me vuelva a quedar dormido. Cuál es mi sorpresa cuando pongo otra vez el pie en el andén y veo que el tren está llegando, y pienso, ¿cuántas veces me ha pasado esto? no muchas, y si encima introducimos la variable de que es lunes, el número de veces disminuye considerablemente.
Llego a tiempo de recoger la moto, de comprar algo para cenar que no necesite mucha preparación, y de sentarme un momento en el sofá a mirar el móvil. Estupefacción total, todo mi círculo social está comentando lo mismo, que han pasado un lunes tranquilo, apacible, e incluso agradable. Alguno dice que es posible que haya sido algún fenómeno atmosférico que ha influido en el carácter de las personas, pero yo soy muy escéptico con estas cosas, y prefiero pensar que ha sido algo que he provocado yo mismo, con mis decisiones, así que mañana voy a volver a coger el metro en Joanic.
Bajo las escaleras del metro, y nada más poner un pie en el andén, llega el convoy. Por lo menos no he tenido que esperar, odio esperar… Llego a la estación de Passeig de Gràcia a las 8:50, y me siento optimista pensando que he llegado antes que con la moto, igual no empieza tan mal el lunes…, y se me dibuja una sonrisa en la cara por tener un pensamiento tan absurdo.
El conserje del edificio es como si no existiera. “Buenos días” le digo, como cada día, y hoy, extrañamente, me contesta con un “Buenos días, ¿qué tal el finde?”. He tenido que dar un paso atrás, salir del portal, revisar el número de la fachada y comprobar que ciertamente es el edificio donde trabajo, ya que normalmente solo recibo algún gruñido a mi saludo de cortesía de cada mañana. Cuando entro en la oficina, la compañera de recepción me recibe con una sonrisa de oreja a oreja y me comunica que se ha cerrado un contrato muy importante con un cliente supermegavip y que el jefe nos va a invitar a desayunar a toda la planta… es mi oportunidad de preguntar si ha llegado ya, y me dice “¡Qué va! Si hoy va a estar todo el día fuera con este cliente”. Sigo sin poder creer que esto pase un lunes, así que me voy hasta mi sitio arrastrando los pies, enciendo mi ordenador, y reviso correos de gente que no soporto.
Pasa el día sin mayor novedad que cualquier otro lunes, aunque bien mirado, algo no encaja del todo. Desayunamos con el catering que ha encargado el jefe y me encuentro hablando con un tipo con el que hacía tiempo que no coincidía, más tarde empezamos a recibir felicitaciones por el nuevo contrato con el cliente supermegavip…, y ya el colmo… las horas de después de comer pasan plácidas cual atardecer de verano en una cala de la Costa Brava. ¿Día perfecto? No lo creo, aún tengo que salir de la oficina, volver a coger el metro con el sentimiento de desazón que ello comporta, ver si llego a recoger la moto al taller, hacer algo de cena e intentar ir a dormir más o menos a una hora decente para que mañana no me vuelva a quedar dormido. Cuál es mi sorpresa cuando pongo otra vez el pie en el andén y veo que el tren está llegando, y pienso, ¿cuántas veces me ha pasado esto? no muchas, y si encima introducimos la variable de que es lunes, el número de veces disminuye considerablemente.
Llego a tiempo de recoger la moto, de comprar algo para cenar que no necesite mucha preparación, y de sentarme un momento en el sofá a mirar el móvil. Estupefacción total, todo mi círculo social está comentando lo mismo, que han pasado un lunes tranquilo, apacible, e incluso agradable. Alguno dice que es posible que haya sido algún fenómeno atmosférico que ha influido en el carácter de las personas, pero yo soy muy escéptico con estas cosas, y prefiero pensar que ha sido algo que he provocado yo mismo, con mis decisiones, así que mañana voy a volver a coger el metro en Joanic.