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Relat lliure
Próxima estación: Berta
Sentada frente al ordenador, Berta, con pijama blanco estampado de dibujos infantiles y con las piernas cruzadas, va quemando un cigarrillo tras otro. Con esa parsimonia que tienen algunas mujeres para entrar en el lado oscuro de la cotidianeidad, pasa con el ratón las fotos de la pantalla con la misma sonrisa de una niña dando vueltas al corro de la patata. Se muerde los labios soñando con su primer pecado. Las fotos de los perfiles entran y salen como aparecen y desaparecen las frutas en una máquina tragaperras. Lleva tres días así: en un baile selectivo que podría ser un fin en sí mismo. Alguna tarde, cuando está con el período, le da por pensar que está sembrando en terreno baldío. Le entran ganas de cambiar su foto del perfil y poner otra más ajustada a su verdad, de no ser tan mentirosilla. Luego, a solas, retoma su personaje sin perder la ilusión, bebiéndose su insatisfacción y su vergüenza.
De pronto, una expresión que le llama la atención le obliga a detener la espiral interminable de candidatos. Su intuición nunca le falla. Mira unos segundos la foto antes de leer el perfil, estudia el lenguaje no verbal de la pose, los dientes, la sonrisa y el corte de pelo. Solo busca sinceridad y sabe cómo encontrarla. Le gustan los hombres de profundo pensamiento, pero de sencilla apariencia. Que cuiden su imagen, sin resultar presumidos. No acepta los genios sumidos en su propio mundo que no saben salir a la calle con la ropa combinada. Luego lee en el perfil: “Francisco Carracedo, 35 años, separado, empleado de TMB, concretamente maquinista en el metro de Barcelona. Tal vez te he llevado a ti; aún te puedo llevar. En mi cabina puedes recorrer largos túneles bajo la ciudad.”
No supo por qué, pero lo de los túneles le gustó. Ya estaba harta de estar expuesta a los ojos de todo el mundo, pensó. No estaría mal convertirse por un ratito en insignificante hormiga, paseando por laberintos subterráneos donde la oscuridad sería su cómplice. En ningún sitio podría encontrar un refugio como ese, a salvo de las miradas que la pudieran reconocer.
Antes de entrarle, decidió prepararse un té de rooibos para esquivar la publicidad algorítmica y puso en Spotify una lista de canciones de Miles Davis. Se reconocía excitada por el paso que iba a dar, como el ladrón de bancos que antes de dar el golpe sueña cómo se va a gastar el dinero. Tardó un largo minuto en tomar la decisión, pero al fin lo hizo.
Ya eran las siete de la tarde cuando sonó el teléfono como cada día, a la misma hora. Sabía quién era.
—Hola, cariño —dijo Berta, intentando disimular el temblor en la voz.
—Hola, amor. Hoy llegaré antes a casa —contestó Julián—. Puedo preparar algo rápido para cenar.
—Me parece bien. Yo llegaré tarde. No me puedo mover de aquí hasta acabar este informe. Lo quieren para mañana.
—Tranquila, te esperaré con la mesa puesta. Oye... ¿te acuerdas de qué día es hoy?
—Claro que sí, amor. Es nuestro aniversario. Intentaré acabar pronto.
Otro aniversario. ¿Cuántos eran ya? No se detuvo a contar. Qué tedio. Inmediatamente después de colgar, escribió en el chat: “Hola Francisco, soy Berta. Necesito cambiar de oscuridad. Acabo de separarme de mi marido y me iría bien subir y bajar en nuevos andenes.”
Y ahora a esperar.
Estiró los brazos hacia arriba, inspiró y los bajó para encenderse un cigarrillo. Luego se dedicó una sonrisa, como si celebrara un aniversario distinto, uno que por fin le pertenecía.
De pronto, una expresión que le llama la atención le obliga a detener la espiral interminable de candidatos. Su intuición nunca le falla. Mira unos segundos la foto antes de leer el perfil, estudia el lenguaje no verbal de la pose, los dientes, la sonrisa y el corte de pelo. Solo busca sinceridad y sabe cómo encontrarla. Le gustan los hombres de profundo pensamiento, pero de sencilla apariencia. Que cuiden su imagen, sin resultar presumidos. No acepta los genios sumidos en su propio mundo que no saben salir a la calle con la ropa combinada. Luego lee en el perfil: “Francisco Carracedo, 35 años, separado, empleado de TMB, concretamente maquinista en el metro de Barcelona. Tal vez te he llevado a ti; aún te puedo llevar. En mi cabina puedes recorrer largos túneles bajo la ciudad.”
No supo por qué, pero lo de los túneles le gustó. Ya estaba harta de estar expuesta a los ojos de todo el mundo, pensó. No estaría mal convertirse por un ratito en insignificante hormiga, paseando por laberintos subterráneos donde la oscuridad sería su cómplice. En ningún sitio podría encontrar un refugio como ese, a salvo de las miradas que la pudieran reconocer.
Antes de entrarle, decidió prepararse un té de rooibos para esquivar la publicidad algorítmica y puso en Spotify una lista de canciones de Miles Davis. Se reconocía excitada por el paso que iba a dar, como el ladrón de bancos que antes de dar el golpe sueña cómo se va a gastar el dinero. Tardó un largo minuto en tomar la decisión, pero al fin lo hizo.
Ya eran las siete de la tarde cuando sonó el teléfono como cada día, a la misma hora. Sabía quién era.
—Hola, cariño —dijo Berta, intentando disimular el temblor en la voz.
—Hola, amor. Hoy llegaré antes a casa —contestó Julián—. Puedo preparar algo rápido para cenar.
—Me parece bien. Yo llegaré tarde. No me puedo mover de aquí hasta acabar este informe. Lo quieren para mañana.
—Tranquila, te esperaré con la mesa puesta. Oye... ¿te acuerdas de qué día es hoy?
—Claro que sí, amor. Es nuestro aniversario. Intentaré acabar pronto.
Otro aniversario. ¿Cuántos eran ya? No se detuvo a contar. Qué tedio. Inmediatamente después de colgar, escribió en el chat: “Hola Francisco, soy Berta. Necesito cambiar de oscuridad. Acabo de separarme de mi marido y me iría bien subir y bajar en nuevos andenes.”
Y ahora a esperar.
Estiró los brazos hacia arriba, inspiró y los bajó para encenderse un cigarrillo. Luego se dedicó una sonrisa, como si celebrara un aniversario distinto, uno que por fin le pertenecía.