Autor/a
Luna
Categoria
Relat lliure
¿Qué nos queda?
El metro traqueteaba emitiendo un sonido monótono mientras pasaba por túneles y estaciones. La multitud se aglomeraba en puertas y pasillos, acechando ansiosamente los movimientos de los demás para tomar el lugar de quien se bajara en la siguiente parada. La falta de cobertura obligaba a mirar.
Una chica en particular llamaba la atención. Estaba de lado en un asiento cerca de la puerta. Su abundante pelo rizado y sus ojos, brillantes e inquietos, le daban un aspecto extrañamente silvestre. Evocaba la imagen de un gato callejero en una ciudad, hostigado por el miedo constante de ser enjaulado.
Hablaba con el chico a su lado, probablemente su pareja. La manera en que se dirigía a él (desasosegadamente, como si aquella conversación fuera lo último a lo que podía aferrarse) invitaba a prestar atención.
—No puedo, simplemente no puedo creer en Dios. Entiéndelo.
Él respondía con cierta desgana.
—A ver, una cosa es la religión y otra la gente religiosa. La gente religiosa no sé, pero la fe en Dios como tal es algo bonito. Que Dios exista, digo.
—Sí, pero no puedo forzarme a creer algo solo porque sería bonito. Las cosas son lo que son, y ya está, hay mucha mierda y debajo hay pequeñas cosas bonitas que a veces descubrimos. Y esas cosas están ahí para descubrirlas y vivirlas y disfrutarlas… Pero hay que… excavar… en la mierda para eso, ¿sabes?
Gesticulaba exageradamente, como si quisiera implicar al universo entero en lo que decía.
El chico frunció el ceño.
—Vale, eso dices ahora, pero ¿y si estuvieras por morirte? ¿No crees que, en el último momento, te pondrías a rezar?
—¡Pero sería falso! No sería que creo de verdad, ¿no? Sería como… “Por si acaso”.
—Sí, claro.
—Pues eso.
El tren se detuvo en una estación. El sonido de las puertas al abrirse pareció despertar momentáneamente a la chica de su alienación.
El chico emitió un hipo.
—¿Aún sigues con resaca?
—Sí, me encuentro fatal. Pero no es nada.
Volvió a hipar.
—¿Estás bien? ¿Seguro?
—Sí, sí. No es nada.
Un pitido anunció el cierre de puertas y el metro se puso en marcha.
La chica fijó la mirada en la ventana de enfrente. El cristal oscurecido por el fondo en movimiento reflejaba a los pasajeros, testigos sordos.
—Igual Dios sí que existe —murmuró—, pero es malo. Hay tanto dolor… que lo mejor que podemos hacer es rebelarnos contra él.
—Hay dolor porque la gente no cree en Dios.
La chica se volvió hacia él.
—Al contrario. Es que todo se justifica en nombre de Dios. Todas las guerras y todas las mierdas son en nombre de Dios. De una idea.
—Antiguamente sí, pero…
—No, y ahora igual. El dinero es una idea también, es una religión el capitalismo: producir para ganar, y ganar más…
—Pero no es una religión. No es espiritual.
—¡Todo es espiritual!
Silencio.
La chica suspiró.
Él le tomó la mano, sonriendo.
—La fe es de las cosas más sencillas y bonitas que hay. No sé por qué no puedes pensar más en cosas así.
Se miraron brevemente.
—No importa —dijo ella—. Nunca nos entenderemos. Pero yo seguiré diciéndote lo que pienso, y tú… Me mirarás con condescendencia o admiración. Y si no estamos de acuerdo… pues…
Se inclinó hacia él y se besaron intensa y prolongadamente. Un par de pasajeros que, por accidente o curiosidad, escuchaban la conversación, apartaron la mirada, incómodas.
El momento fue interrumpido por otro ataque de hipo.
—Me cuesta respirar, ¿eh?
—¡No!
—Me duele el pecho. Tendré que tomarme algo.
—Ay, tío, es raro… ¿Vamos al hospi?
—No, no. Estoy bastante bien, en verdad.
—Sí hombre.
Una chica en particular llamaba la atención. Estaba de lado en un asiento cerca de la puerta. Su abundante pelo rizado y sus ojos, brillantes e inquietos, le daban un aspecto extrañamente silvestre. Evocaba la imagen de un gato callejero en una ciudad, hostigado por el miedo constante de ser enjaulado.
Hablaba con el chico a su lado, probablemente su pareja. La manera en que se dirigía a él (desasosegadamente, como si aquella conversación fuera lo último a lo que podía aferrarse) invitaba a prestar atención.
—No puedo, simplemente no puedo creer en Dios. Entiéndelo.
Él respondía con cierta desgana.
—A ver, una cosa es la religión y otra la gente religiosa. La gente religiosa no sé, pero la fe en Dios como tal es algo bonito. Que Dios exista, digo.
—Sí, pero no puedo forzarme a creer algo solo porque sería bonito. Las cosas son lo que son, y ya está, hay mucha mierda y debajo hay pequeñas cosas bonitas que a veces descubrimos. Y esas cosas están ahí para descubrirlas y vivirlas y disfrutarlas… Pero hay que… excavar… en la mierda para eso, ¿sabes?
Gesticulaba exageradamente, como si quisiera implicar al universo entero en lo que decía.
El chico frunció el ceño.
—Vale, eso dices ahora, pero ¿y si estuvieras por morirte? ¿No crees que, en el último momento, te pondrías a rezar?
—¡Pero sería falso! No sería que creo de verdad, ¿no? Sería como… “Por si acaso”.
—Sí, claro.
—Pues eso.
El tren se detuvo en una estación. El sonido de las puertas al abrirse pareció despertar momentáneamente a la chica de su alienación.
El chico emitió un hipo.
—¿Aún sigues con resaca?
—Sí, me encuentro fatal. Pero no es nada.
Volvió a hipar.
—¿Estás bien? ¿Seguro?
—Sí, sí. No es nada.
Un pitido anunció el cierre de puertas y el metro se puso en marcha.
La chica fijó la mirada en la ventana de enfrente. El cristal oscurecido por el fondo en movimiento reflejaba a los pasajeros, testigos sordos.
—Igual Dios sí que existe —murmuró—, pero es malo. Hay tanto dolor… que lo mejor que podemos hacer es rebelarnos contra él.
—Hay dolor porque la gente no cree en Dios.
La chica se volvió hacia él.
—Al contrario. Es que todo se justifica en nombre de Dios. Todas las guerras y todas las mierdas son en nombre de Dios. De una idea.
—Antiguamente sí, pero…
—No, y ahora igual. El dinero es una idea también, es una religión el capitalismo: producir para ganar, y ganar más…
—Pero no es una religión. No es espiritual.
—¡Todo es espiritual!
Silencio.
La chica suspiró.
Él le tomó la mano, sonriendo.
—La fe es de las cosas más sencillas y bonitas que hay. No sé por qué no puedes pensar más en cosas así.
Se miraron brevemente.
—No importa —dijo ella—. Nunca nos entenderemos. Pero yo seguiré diciéndote lo que pienso, y tú… Me mirarás con condescendencia o admiración. Y si no estamos de acuerdo… pues…
Se inclinó hacia él y se besaron intensa y prolongadamente. Un par de pasajeros que, por accidente o curiosidad, escuchaban la conversación, apartaron la mirada, incómodas.
El momento fue interrumpido por otro ataque de hipo.
—Me cuesta respirar, ¿eh?
—¡No!
—Me duele el pecho. Tendré que tomarme algo.
—Ay, tío, es raro… ¿Vamos al hospi?
—No, no. Estoy bastante bien, en verdad.
—Sí hombre.