Autor/a
Llop astut
Categoria
Relat lliure
Relat lliure

RECONOCIMIENTO

Ella está sentada delante de él, mira al móvil y teclea un mensaje. Alza un momento la cabeza y le mira, como de pasada, absorta, mientras recorre el vagón repleto de gente en la hora punta de la mañana. De golpe hace un respingo y se fija en él más atentamente. ¿Lo conozco?, se pregunta. ¿De qué me suena?

Él la mira con atención, y se incorpora en el asiento, como si de pronto se sintiera incómodo.

¿Puede ser ella? ¿Cuánto hacía?, ¿diez años?

La observa: el pelo diferente, ahora es corto. Pero los ojos son los mismos.
Duda. Ya sería casualidad, después de tanto tiempo.

Fue en una verbena de San Juan. Bailaba moviendo las caderas, los brazos levantados, ladeando la cabeza, mientras el cabello brillaba bajo los focos. No pudo apartar la mirada de ella. Escuchaba a sus amigos como con sordina, la mirada hipnotizada, hasta que decidió acercarse a ella.

Se abrió paso a codazos por la pista pisando las serpentinas hasta ponerse a su lado.

Vuelve a estremecerle la alegría que sintió en aquel momento, el placer de verse aceptado, de oír su risa y sentir la delicadeza de su cintura al rodearla para dar un pase de baile.

Sus amigos le llamaron, sintió rabia, pero no podía dejarlos. Cogió las manos de ella y la miró con desesperanza. Los dedos de ella temblaron al escurrirse de sus manos mientras él se levantaba, arrastrado por un amigo que reclamaba que se fueran.
Se marchó triste. Su verbena terminó en aquellos ojos verdes que le dijeron adiós, incrédulos.

Esos mismos ojos que ahora se escurren, resbaladizos, como él entonces.

El metro sigue su marcha. La gente lee sus novelas, escucha música en los auriculares. Cada uno a lo suyo.

Pero para él es como si se hubiera vaciado de pronto.

Solo la ve a ella, destacando de un fondo anodino que se ha vuelto borroso.

Ella frunce el ceño. El pelo rizado y negro, la barba de pocos días, que parecería desarreglada si no fuera tan bien vestido.

No obstante, es como si lo hubiera visto antes.

Un aleteo en el pecho.

Él se levanta, llega a la parada en que debe apearse. El tren reduce la velocidad y entra en la estación iluminada.

No sabe qué hacer, si decirle algo o marcharse.

Ella levanta la cara, le mira. Parece que vaya a decir algo, pero calla.

Él se acerca hacia las puertas, que acaban de abrirse, con pasos cortos, vacilantes.

Ese segundo en que sus miradas se han cruzado los ojos marrones canela de él han vuelto a estremecerla, el pelo rizado sobre su mejilla cuando le habló al oído, el olor penetrante de loción de afeitado, aquel andar cansino caminando ahora hacia las puertas, la caída de los mismos hombros de entonces.

Como la mira ahora antes de abandonar el vagón.

Él duda en el umbral. Ve en la cara de ella ese asombro que provoca el reconocimiento.
La alarma que avisa del cierre de las puertas le sobresalta. Mira al andén, la mira a ella que se inclina hacia adelante. Como si fuera a levantarse.

Las puertas comienzan a cerrarse. Debe bajar de inmediato.

Tiene que irse, otra vez…

No se baja, las puertas se cierran.

Se apoya en la pared.

La ve acercarse, decidida. La sonrisa. Los hoyuelos.

El convoy avanza.

Le tiende las manos.