Autor/a
Ama Lean
Categoria
Relat lliure
Relat lliure

Reencuentro

El anciano de setenta y seis años viajaba sentado en el metro de la línea tres, la misma que había tomado desde niño, con las manos manchadas por el tiempo apoyadas sobre el bastón. El convoy avanzaba bajo la ciudad, ajeno a lo que sucedía en la superficie, con su traqueteo constante, ese vaivén suave que acaba por vencer incluso a quienes no quieren dormir.

A su alrededor, los pasajeros miraban pantallas que él ya no necesitaba, se recolocaban, se levantaban antes de tiempo, buscando la puerta más cercana a la salida de su próxima parada. Cerró los ojos.

Había tenido una buena vida. No perfecta. Una vida hecha de esfuerzo, de renuncias silenciosas, de decisiones tomadas cuando no había otra opción. Había amado, había perdido, había seguido adelante incluso cuando hacerlo dolía. Durante años arrastró un resentimiento sordo, una sensación de haberle quedado cosas por decir a la vida. Y, aun así, había llegado hasta allí con una serenidad que años atrás le habría parecido imposible.

El ruido del vagón se fue apagando poco a poco y, sin darse cuenta, comenzó a soñar.
Se encontraba en el hogar de su juventud, bañado por una luz dorada y tranquila, una de esas luces que solo existen cuando todo parece aún posible. Todo estaba exactamente como lo recordaba. Entonces la vio a ella. Verónica, su mujer, se acercó despacio, con la misma mirada cálida de siempre, y le sonrió.

—Alguien ha venido a verte —le dijo.

Intrigado, la siguió hasta la entrada de la casa. Allí estaba un niño de unos doce años, delgado, con el pelo revuelto y unos ojos azules idénticos a los suyos, lo único que el tiempo no le había arrebatado. Tardó apenas un instante en reconocerlo.

Era él.

No hicieron falta palabras. Ambos lo supieron. El anciano sintió cómo el pecho se le oprimía mientras abría los brazos. El niño corrió hacia él y se fundieron en un abrazo largo, profundo, como si el tiempo hubiera decidido plegarse sobre sí mismo.
El anciano lloró. Sabía todo lo que aquel niño tendría que enfrentar: las pérdidas, las dudas, las noches interminables en las que pensaría que no valía la pena seguir. Sabía del miedo, del sacrificio, de la soledad. Pero también sabía algo más: que resistiría. Que, a pesar de todo, llegaría a construir una vida hermosa.

El niño también lloraba. Sin comprenderlo del todo, sin saber por qué, sentía el peso de lo que vendría, pero también la calma que emanaba de aquel hombre en el que algún día se convertiría.

Se miraron. No hubo palabras. No hacían falta. En la mirada del anciano había un mensaje claro: aguanta. Todo valdrá la pena.

El niño asintió levemente. Sonrió. Luego se desvaneció, y la luz del sueño comenzó a diluirse.

El tren se detuvo. Las puertas se abrieron y los pasajeros salieron a toda prisa, empujados por esa urgencia que parecía no dar tregua.

Él permaneció sentado unos segundos más, con los ojos húmedos y una leve sonrisa en los labios.

Por primera vez en mucho tiempo, había hecho las paces con su pasado.