Autor/a
Pepa
Categoria
Relat lliure
Relat lliure

Sant Roc

​Mientras la puerta avisaba de su próximo cierre, me imaginé atravesándola con agilidad. Hace años que la había perdido, pero las pasiones que llevaba dentro debían ser capaces de alimentar mis músculos con la fuerza y rapidez necesaria. Si no, ¿a dónde irían a parar?
​A mi izquierda, una señora seguía con su dedo la página de un libro demasiado grande para sostener con una sola mano; el índice que hacía de puntero se estiraba acrobáticamente para que los otros cuatro apoyaran a la mano izquierda y pudieran mantener abierto el grueso tomo. Al frente, dos jóvenes reían sin mirarse y con los ojos clavados en el móvil. Me digo que iban juntos por la similitud de edad y estilos, aunque no pienso lo mismo de otros grupos etarios; seguro que porque los jóvenes aún se encuentran a sí mismos a través de otros y algo los lleva a estar siempre acompañados entre sí. Creo que, hasta hoy, yo soy así. Aún cuando su presencia a mi lado me obliga a encogerme cada vez más en el asiento.
​Del grupo de pantalones, faldas, zapatillas, zapatos, botas y tacos que había en el resto del vagón no hay mucho que pueda decir. Alguna alerta asaltó mi mente cuando vi ponerse en la puerta al que llevaba una chaqueta colgada del brazo: demasiado delgada para necesitar sacársela a esta hora y lo suficientemente bultosa para esconder lo ajeno, pero creo que resultó no ser más que mi paranoia.
​La mayoría se afirmaba con una mano mientras con la otra usaban su celular. Algunos más osados, y con una superioridad palpable, surfeaban mientras el tren atravesaba túneles con el movimiento suficiente para hacerles caer; sin embargo, se mantenían en pie sin sostenerse de nada. Otros apoyaban su cuerpo contra las paredes para así tener mayor libertad. Todo esto miraba y en todo esto pensaba. Me repetía que no quería ser así. Leían, se informaban, hablaban con amigos y familia; se decían ir conectando con el resto. ¿Cómo van a conectar con la otra mitad del mundo si no se dan cuenta de lo que pasa a un metro de ellos?
​Sant Roc.
​Y entonces el dedo de la señora dejó de avanzar. Los jóvenes dejaron de reír con la vista perdida por las ventanas y, cual dibujo animado, se lanzaron una fugaz mirada lateral. El de la chaqueta no se inmutó, pero los pantalones y faldas, zapatillas, zapatos, botas y tacos hicieron un medio giro. Todos apuntaban hacia mí.
​—¡Te dije que era antes! ¿Por qué nunca escuchas? Veinte minutos hablándote para que no me mires y no hagas más que llorar mientras te intento hacer entender —gritó él mientras se abalanzaba hacia la salida.
​Mientras caminaba tras él, me toqué la cara: mis mejillas estaban frías y mojadas por las lágrimas. Ahí estaban las pasiones de las que hablaba antes; aunque no me permitieron correr con agilidad, ni saltar veloz para escapar de la vergüenza, me permitieron quedarme atrás para que solo él pudiera bajar antes del cierre de puertas. Viéndolo alzar las manos y gritar algo ininteligible desde el andén, me despedí a través del vidrio mientras el tren arrancaba. Entonces me di vuelta y, por primera vez, crucé miradas con cada uno de los que compartía vagón.