Autor/a
Clarisa Miller
Categoria
Relat lliure
Relat lliure

Se vende

Al salir del bloque de edificios, miró hacia arriba. El cartel colgado de su balcón, le devolvió una realidad poco amable. Solo dos palabras: “SE VENDE”. Tenía que empezar de nuevo: volver a vivir sola, probablemente mudarse a otra ciudad... Se preguntaba si en un espacio de unos pocos metros podría ordenar su vida. En el mueble de la izquierda, los CD’s con la banda sonora de sus recuerdos; en el de la derecha la ropa de invierno para estar al abrigo del frío y encontrar el refugio que necesitaba en los días grises; en las estanterías colocaría la calma de algunas tardes; y debajo, en la cajonera con llave que quedaba casi escondida en la esquina, todas las lágrimas, para evitar que se desbordasen a cada momento.
Descendió apresuradamente las escaleras del metro, esquivó a los viajeros que se agolpaban en el andén y entró en el vagón, como cada mañana, para llegar a tiempo a la oficina.

Una vez allí, apatía, estrés, comida recalentada, reunión, nervios, más estrés... La carga de las jornadas se le hace insoportable.

En el vagón de metro, desandando el camino de la mañana, coincide, como cada tarde, con el chico de Horta –así le llama por la parada en la que se encuentran cada mañana–. Le gustan su pelo alborotado y sus ojos verde esmeralda cuando la miran descaradamente, como si la conociese. Sin embargo, hoy parece otro: distraído, cabizbajo y... ¿Qué lleva bajo el brazo? ¿Es el mismo cartel de “SE VENDE” que colgó esta mañana ella en su balcón?
Aturdida, cuando llega a su estación no es capaz ni de pulsar el botón que abre la puerta del vagón para bajar. Por fin reacciona e intenta alcanzarle para preguntarle cómo ha conseguido el cartel, pero él parece haberse esfumado.
Al llegar a su portal, mira hacia arriba y comprueba que el rótulo de “SE VENDE” sigue en su sitio. En ese momento, el chico de Horta se asoma al balcón que hay justo al lado del suyo y cuelga el cartel que llevaba bajo el brazo. Dos rótulos idénticos cubren ahora los dos balcones del primer piso. Han vivido puerta con puerta quién sabe cuánto tiempo.