Autor/a
Marisa Mullor
Categoria
Relat lliure
Relat lliure

Segundos suspendidos

A veces creo que el metro es el único lugar donde la ciudad respira al mismo ritmo. Cada mañana bajo las escaleras de la L2 con y con el almuerzo en el bolso las ideas revueltas por el trabajo. Ser funcionaria debería darme tranquilidad, me digo a veces, pero la verdad es que también cargo mis propias incertidumbres: un sueldo que no llega, decisiones que pesan mucho, cansancio que no siempre sé dónde colocar.
A las ocho menos cuarto el convoy se detiene en Gorg, observo cómo entran al vagon vidas enteras en apenas unos segundos.
Un joven estudiante, con la mochila medio abierta y los apuntes en la mano. Detrás una mujer de la limpieza con las manos ásperas y la espalda cansada; la he visto otras veces, siempre con su cansancio antiguo. También entra una chica mirando el móvil, revisando anuncios de alquiler que descarta antes de leer. Más allá, una abuela arrastra a dos niños medio dormidos. Y, al fondo, un hombre extranjero sostiene un papel doblado con nervios: quizá una oportunidad, quizá una promesa de futuro.
Cuando el metro paró de golpe, los apuntes del estudiante se escurrieron de sus manos. Él murmuró una disculpa. La mujer de la limpieza fue la primera en agacharse. Su espalda protestó, pero aun así recogió los folios. Yo me incliné a sujetarle la mochila. -Gracias- susurró, sin atreverse a mirarnos a ninguna.
La abuela aprovechó la pausa para quitarle los mocos al más pequeño,
- No t’espantis, carinyo. Només ha frenat una mica fort- dijo acariciándole la frente.
Un papel se cayó del bolso de la chica que buscaba piso: un folio con horarios y visitas tachadas en rojo. El inmigrante lo atrapó -Creo que es tuyo- le dijo con su acento.
Ella sonrió resignada. –Gracias, Aunque encontrar algo asequible es imposible.
El metro siguió avanzando. Nos quedamos en silencio, respirando el mismo aire espeso del vagón. Yo pensé en los expedientes acumulados en mi mesa, en lo que cuesta mover el mundo cuando está atascado.
El hombre extranjero miró su arrugada citación para una entrevista; le temblaban las manos. La mujer de la limpieza lo notó: -Tranquilo. Tú ve y explica bien lo que sabes hacer. Eso ya es mucho
-¿De qué es?- preguntó el estudiante
-Para cargar camiones. Es poco, pero es un comienzo- respondió bajando la mirada.
-Un comienzo siempre es mucho. Yo mataría por uno en un piso que no se me trague el sueldo- añadió la chica
Uno de los niños señaló el papel del estudiante.
-Mira, àvia, té molts colors. -Son subrayados- explicó él-. Para recordar lo importante.
Yo pensé en las cosas importantes que subrayamos cada día sin darnos cuenta, miedos, carencias…
En Clot, las puertas se abrieron. El estudiante bajó con los apuntes desordenados. La abuela con los niños saltando detrás. La chica del piso se bajó respirando hondo, quizá rumbo a otra visita inútil, quizá a una pequeña sorpresa. La mujer de limpieza se despidió con la mano. El inmigrante se quedó un par de paradas más, repasando sus frases en silencio.
Yo seguí dentro, rumbo a mi oficina, con la sensación de haber compartido algo que no tenía nombre. Un instante suspendido. Un pequeño acuerdo tácito para sostenernos sin conocernos. Pensé en mi propia rutina: los informes, correos y expedients amontonados. Pero también en lo que realmente importa: cómo cada uno, con su esfuerzo y sus miedos, sostiene a otros sin saberlo. Quizá eso sea lo que nos salva todos los días: esos instantes diminutos donde, por segundos, no estamos solos, y el viaje nos recuerda que cada vida cuenta.