Autor/a
Tiabeanie
Categoria
Relat lliure
Relat lliure

Todo

Bajo las escaleras esquivando a la gente que corre corre corre, siempre con prisas, siempre sin mirar ni pensar, o pensando cosas lejos de ahí. Me escabullo y entro. Las puertas se cierran tras de mí con un suave clack que solo yo oigo porque el que no va con cascos va mirando el móvil. Ah no, mira, ahí una chica con un libro. Vaya, solo una.

Me pego a la ventana e intento mirar por el huequecito. Trac trac trac.

Hay un libro. No, una hoja. Una hoja de un libro de poesía que se escapó y salió volando, corriendo hacia la próxima parada antes de que su propietario llegara a ella, antes incluso de que advirtiera de que se había ido. Versos libres flotando con la brisa del túnel.

También hay un peluche de un niño. La abuela lo llevaba ese día y andaba distraída con la poca costumbre, carrito arriba y carrito abajo. El osito cayó al suelo. El niño lo miró, pero no lloró, porque sabía que iba a correr grandes aventuras. Te veo más tarde, pensó.
Y una rata. Una bien gorda que come las migas que se va encontrando. Se enamoró del peluche hasta que se dio cuenta de que no, que no era amor verdadero porque ella lo que necesitaba era otra cosa. ¿Qué cosa? No lo sabía, pero otra.

Y un cuscurro de pan que acabará en la tripa de la rata gorda.

Una cuchara antigua, de hojalata. Está escondida tras una baldosa que baila, de cuando la gente gritaba ¡A los refugios! y corría a esconderse aquí abajo, como me dijo mi abuela que hacía en Plaça Universitat.

Ah, y justo ahí en la pared hay un cartel antiguo de unos dibujos japoneses. Los conozco, aunque a mí no me los dejaban ver cuando era pequeña. No por nada, simplemente porque era la menor de la casa y eso te convertía en el mando a distancia familiar, pero no te permitía escoger canal.

Y una zapatilla. Una de esas caras que la gente ya no lleva para correr, sino para ir guapos. La llevaba un chico con un flequillo largo y lustroso el primer día que salió de fiesta, pero de fiesta de verdad, de cuando por fin le dejaron volver tarde a casa. El alcohol, la diversión y la juventud hizo que se le escapara y ni se enteró hasta que su madre no le despertó con la luz de la persiana y lo vio durmiendo vestido, todo él tendido en la cama y con un pie al fresco.

Y algún fantasma. Todo lo que vale la pena tiene fantasmas. Esos no los veo, pero los siento.

¿Hombres topo? No, no, esos no existen, no digas tonterías.

Pero todo lo otro sí. Todo esto está.

¿Tantas cosas?

Claro, aquí cabe una ciudad entera.