Autor/a
Alejandro
Categoria
Relat lliure
Trayecto corto
Por desgracia,siempre he sido un hombre de rutinas y más ahora en mi madurez, cuando el recorrido es de casa al trabajo y viceversa.
No suelo llegar tarde al trabajo, ya que cojo el metro siempre a la misma hora en la parada de Bon Pastor, línea nueve hasta Sagrera y en la línea cinco hasta Maragall. Rutina, rutina y más rutina.
Pero un treinta de marzo llegué tarde a mi cita con el metro, cogí el vagón apresurado, casi en carrera. Pero un dulce y embriagador aroma detuvieron mis piernas y agudizaron mis sentidos.
Irremediablemente me volví para ver de quien procedia aquel elegante y sutil aroma. Entonces la ví, una chica de mas o menos mi edad, de ojos castaño claro y un pelo moreno adornado elegantemente con mechas rubias.
Todo el trayecto me lo pasé fijándome sutilmente en ella. El pecho me ronroneaba y las manos me temblaban. Petrificado por el rubor la perdí entre el bullicio de la gente en el andén.
Me prometí hablarle el próximo día que la viera, si es que volvía a verla. Desde entonces mi rutina cambió; cambié mi horario de cogida del metro, entraba por un extremo del vagón y recorría de punta a punta, esperando cruzarme con ella y su sutil aroma.
Tardó mucho tiempo hasta que volviera a encontrarla, pero la encontré.Iva acompañada de otra chica, lo que retuvo en medida mi promesa de dirigirme a ella, pero al final conseguí encontrar el valor para dar los primeros pasos. Al acercarme, las dos chicas se abrazaron y besaron en los labios. El aire me faltaba, mi cabeza bloqueada y unas tímidas lágrimas recorrieron mis mejillas. La frustración y el desespero me inundaron, pero en perspectiva no me quedaba otra que asumir que ella sería feliz y yo seguiría enamorado.
No suelo llegar tarde al trabajo, ya que cojo el metro siempre a la misma hora en la parada de Bon Pastor, línea nueve hasta Sagrera y en la línea cinco hasta Maragall. Rutina, rutina y más rutina.
Pero un treinta de marzo llegué tarde a mi cita con el metro, cogí el vagón apresurado, casi en carrera. Pero un dulce y embriagador aroma detuvieron mis piernas y agudizaron mis sentidos.
Irremediablemente me volví para ver de quien procedia aquel elegante y sutil aroma. Entonces la ví, una chica de mas o menos mi edad, de ojos castaño claro y un pelo moreno adornado elegantemente con mechas rubias.
Todo el trayecto me lo pasé fijándome sutilmente en ella. El pecho me ronroneaba y las manos me temblaban. Petrificado por el rubor la perdí entre el bullicio de la gente en el andén.
Me prometí hablarle el próximo día que la viera, si es que volvía a verla. Desde entonces mi rutina cambió; cambié mi horario de cogida del metro, entraba por un extremo del vagón y recorría de punta a punta, esperando cruzarme con ella y su sutil aroma.
Tardó mucho tiempo hasta que volviera a encontrarla, pero la encontré.Iva acompañada de otra chica, lo que retuvo en medida mi promesa de dirigirme a ella, pero al final conseguí encontrar el valor para dar los primeros pasos. Al acercarme, las dos chicas se abrazaron y besaron en los labios. El aire me faltaba, mi cabeza bloqueada y unas tímidas lágrimas recorrieron mis mejillas. La frustración y el desespero me inundaron, pero en perspectiva no me quedaba otra que asumir que ella sería feliz y yo seguiría enamorado.