Autor/a
Sisel
Categoria
Relat lliure
ÚLTIMA PARADA
La cabina olía a metal tibio y a café vencido. Julián apoyó la mano en la palanca con la naturalidad con la que otros apoyan la mano en el hombro de alguien querido. Era su último turno. Treinta y seis años entrando y saliendo de túneles, midiendo la ciudad en estaciones, aprendiéndola por el pulso. Arrancó.
A esa hora, Barcelona aún parecía contener la respiración. En el andén, las caras de siempre: la chica de la mochila azul que estudiaba de pie, el hombre que leía el periódico doblándolo con precisión obstinada, la mujer que se maquillaba en el reflejo oscuro de la ventana, dibujándose un rostro para el día.
Nunca supo sus nombres. Pero los habría reconocido en cualquier sitio.
Entre estación y estación, la ciudad pasaba como una película sin sonido: muros húmedos, cables tensos, destellos breves de luz. Pensó en inviernos de abrigo mojado y aliento blanco, en veranos donde el aire sabía a hierro y piel cansada, en madrugadas de huelga, en noches de fiesta en que el metro latía como un corazón bajo la ciudad despierta.
Había llevado médicos, estudiantes, limpiadoras, músicos con fundas gastadas, abuelas con carros demasiado pesados, niños que miraban el túnel como si fuera la boca de un animal antiguo.Había llevado vidas enteras sin saberlo.
En la penúltima parada subió un anciano. Se sentó despacio, contando estaciones con los dedos, como hacía siempre. Julián sonrió. Durante años había frenado un poco más suave al llegar allí, apenas un suspiro menos de velocidad.
Rutinas invisibles. Cuidados que nadie pide y sostienen el mundo.
La megafonía crepitó al anunciar la última estación. Sintió un nudo extraño, como si algo se quedara atrás y no fuera el tren, como si una parte de sí mismo siguiera viviendo para siempre entre dos paradas.
Frenó.
Puertas abiertas.
El protocolo decía que debía despedirse con la fórmula habitual. Dudó. Miró el andén: mochilas, pasos rápidos, alguien bostezando, alguien riendo por un auricular. Vida ocurriendo sin él.
Pulsó el botón.
—Fin de trayecto. Gracias por viajar con nosotros.
Iba a soltar el micrófono cuando volvió a apretarlo, casi sin pensar.
—…y gracias por viajar conmigo todos estos años.
Silencio. Luego el murmullo normal de pasos y cremalleras. La ciudad recolocándose.
Apagó sistemas. Salió de la cabina. Pasó la mano por el lateral del tren, despacio, como quien se despide de un animal fiel.
Subió hacia el vestíbulo y, por primera vez en décadas, no tenía prisa. En la boca del metro, un soplo de aire con sal y pan recién hecho subía desde la calle.
En el andén contrario, un convoy acababa de llegar. Las puertas seguían abiertas. Dudó un segundo y entró.
Buscó un asiento libre. Se dejó caer, notando el balanceo suave al arrancar. Miró su reflejo en la ventana oscura y apenas se reconoció sin la cabina de por medio.
En la siguiente parada subió una mujer joven con un niño dormido en brazos. Miró alrededor, insegura.
Antes de que dijera nada, el chico de la mochila azul se levantó.
—Siéntate.
La mujer sonrió con un cansancio antiguo. El niño acomodó la cabeza en su hombro. El tren siguió avanzando bajo la ciudad, atravesando capas de historias que nadie contará nunca. Julián observó la escena con una calma nueva.
Por primera vez, no llevaba a nadie. Por primera vez, iba con todos.
Apoyó la cabeza en el cristal. Sintió la vibración del tren como un latido lento, compartido,Y entendió que la ciudad nunca se había movido sin él. Pero tampoco sin los demás.
Cerró los ojos y dejó que lo llevaran.
A esa hora, Barcelona aún parecía contener la respiración. En el andén, las caras de siempre: la chica de la mochila azul que estudiaba de pie, el hombre que leía el periódico doblándolo con precisión obstinada, la mujer que se maquillaba en el reflejo oscuro de la ventana, dibujándose un rostro para el día.
Nunca supo sus nombres. Pero los habría reconocido en cualquier sitio.
Entre estación y estación, la ciudad pasaba como una película sin sonido: muros húmedos, cables tensos, destellos breves de luz. Pensó en inviernos de abrigo mojado y aliento blanco, en veranos donde el aire sabía a hierro y piel cansada, en madrugadas de huelga, en noches de fiesta en que el metro latía como un corazón bajo la ciudad despierta.
Había llevado médicos, estudiantes, limpiadoras, músicos con fundas gastadas, abuelas con carros demasiado pesados, niños que miraban el túnel como si fuera la boca de un animal antiguo.Había llevado vidas enteras sin saberlo.
En la penúltima parada subió un anciano. Se sentó despacio, contando estaciones con los dedos, como hacía siempre. Julián sonrió. Durante años había frenado un poco más suave al llegar allí, apenas un suspiro menos de velocidad.
Rutinas invisibles. Cuidados que nadie pide y sostienen el mundo.
La megafonía crepitó al anunciar la última estación. Sintió un nudo extraño, como si algo se quedara atrás y no fuera el tren, como si una parte de sí mismo siguiera viviendo para siempre entre dos paradas.
Frenó.
Puertas abiertas.
El protocolo decía que debía despedirse con la fórmula habitual. Dudó. Miró el andén: mochilas, pasos rápidos, alguien bostezando, alguien riendo por un auricular. Vida ocurriendo sin él.
Pulsó el botón.
—Fin de trayecto. Gracias por viajar con nosotros.
Iba a soltar el micrófono cuando volvió a apretarlo, casi sin pensar.
—…y gracias por viajar conmigo todos estos años.
Silencio. Luego el murmullo normal de pasos y cremalleras. La ciudad recolocándose.
Apagó sistemas. Salió de la cabina. Pasó la mano por el lateral del tren, despacio, como quien se despide de un animal fiel.
Subió hacia el vestíbulo y, por primera vez en décadas, no tenía prisa. En la boca del metro, un soplo de aire con sal y pan recién hecho subía desde la calle.
En el andén contrario, un convoy acababa de llegar. Las puertas seguían abiertas. Dudó un segundo y entró.
Buscó un asiento libre. Se dejó caer, notando el balanceo suave al arrancar. Miró su reflejo en la ventana oscura y apenas se reconoció sin la cabina de por medio.
En la siguiente parada subió una mujer joven con un niño dormido en brazos. Miró alrededor, insegura.
Antes de que dijera nada, el chico de la mochila azul se levantó.
—Siéntate.
La mujer sonrió con un cansancio antiguo. El niño acomodó la cabeza en su hombro. El tren siguió avanzando bajo la ciudad, atravesando capas de historias que nadie contará nunca. Julián observó la escena con una calma nueva.
Por primera vez, no llevaba a nadie. Por primera vez, iba con todos.
Apoyó la cabeza en el cristal. Sintió la vibración del tren como un latido lento, compartido,Y entendió que la ciudad nunca se había movido sin él. Pero tampoco sin los demás.
Cerró los ojos y dejó que lo llevaran.