Autor/a
Grace Valentine
Categoria
Relat lliure
Relat lliure

Último lastre

Lo tenía claro. Después de tanto tiempo cargando con aquello, por fin iba a soltar. Nada más salir lo haría.

El metro estaba a punto de reventar. Había tanta gente que apenas se podía respirar sin inhalar hedores ajenos.
Para. Se abren las puertas. Una marabunta de gente se baja, pero no toda.
Una chica permanece en el vagón.
El metro reanuda la marcha. Un negro túnel lo devora. Y, ahí mismo, vuelve a parar. En medio de la nada.
A pesar de esto, ella permanece en el asiento.
Los minutos pasan.
“¿Hola?”, dice mientras se levanta. Ni un ruido.
Saca el móvil, pero no hay cobertura.
Se asoma a las ventanas. Todo oscuro.
Desiste. Y vuelve a sentarse.
Pasan lo que le parecen horas, y ella sigue pegada al asiento, sus pensamientos en otro sitio.
Su mano descansa en su bolsillo.

Nadie viene. Ni siquiera hay un comunicado.
Las luces del vagón se apagan.
Un sonido más bajo que un susurro hace una pregunta. Quizá la corriente en los túneles. Podría haber sido cualquier cosa, pero ella está convencida de haber oído “¿Estás segura?”.
No reacciona, y pese a ahogarse en un mar de negrura, ella sigue ensimismada. Hasta que algo en ella se enciende y el vagón ahora está iluminado por la linterna de su teléfono. Está pulsando el botón de la puerta, en vano. Sus ojos van al pequeño martillo de al lado. Se hace con él y revienta una de las ventanas grandes.

La débil luz del teléfono alumbra a duras penas el túnel mientras camina hacia el vagón de cabecera. En su otra mano aún el martillo. Y en su bolsillo algo hace que la gravedad parezca más pesada.

Sus pies pisan cristales rotos. Se ha colado por la ventana, haciendo una entrada improvisada con la herramienta que ahora deja en uno de los asientos.
La puerta del piloto está cerrada. Cuando está a punto de tocar la manilla una voz nace.

-Perdón por las molestias. En nada arrancaremos –se oye tras la puerta.
-Oh. Perdón por las ventanas –dice ella.
-¿Está asustada?

Pausa.

-No mucho, la oscuridad no me importa.
-No lo digo por la oscuridad.

De alguna manera, lo que hay en su bolsillo la hunde en el suelo. El subsuelo la traga. Ni siquiera se molesta en mofarse escupiéndola entre graves carcajadas. Solo la consume. La aísla de todo y todos mientras le abrasa los pulmones y cada bocanada de aire que intenta inhalar bombea pus y sangre infecta.
Algo la saca de ahí. Un murmullo lejano.

-¿Señorita? -dice la voz tras la puerta.
-¿Sí?
-¿Por qué no toma asiento?
-Claro.

La chica obedece.

-¿Se va a deshacer de ella o no?
-¿Cómo?

No está ni segura de a quién se lo pregunta, y de cualquier manera, nadie contesta.
Las luces vuelven. El motor se pone en marcha. El metro vuelve a funcionar, y reanuda su ruta.
Ella sigue sentada, los pensamientos corriendo salvajes de aquí a allá, algunos inmóviles, sí, pero los demás molestamente activos.

El metro se detiene en la siguiente parada. El andén lleno de gente. Cuando las puertas se abren, la chica sale, su puño cerrado en su bolsillo. Choca contra la gente y la gente choca contra ella. Hasta que por fin han entrado todos. Vuelve a estar sola.
Saca la mano del bolsillo y observa lo que su palma le muestra. Lo mira hipnotizada, con párpados caídos.
Es la pulsera que le regaló su abuela. Algo que lleva custodiando años.
La mujer falleció hace tiempo, pero aquello no hizo más fácil su conflicto con la anciana.
No quiere revivir nada de lo vivido. La pulsera es lo único que le queda de ella.

Lo que hizo después con la pulsera, solo ella lo sabe.