Autor/a
Lletres viatgeres
Categoria
Relat escolar
Subcategoria
De 8 a 12 anys
Centre escolar
Institució Igualada
Un atracador con un mal día
Me llamo Benito y el otro día me pasó una cosa muy rara, pero tan rara que fliparas.
Era un día como cualquier otro. Me desperté, desayuné, me duché, me cambié y me fui al tren. Tengo dos horas de trayecto, así que dormí un poco hasta que entró al tren un señor ruidoso y muy raro que me despertó y que justamente se sentó a mi lado. Estuvimos un rato bien pero de repente, cuando no había casi nadie en el vagón, empezó a decirme cosas raras que no entendía. Era como si hablara otro idioma. De pronto se levantó y dijo:
-¡Quieto todo el mundo!- gritó mientras sujetaba una pistola-.
Todo el mundo se calló y él se giro hacia mí me dijo:
-Dame tu cartera y el teléfono móvil, y no te olvides de decirme la contraseña-.Dijo amenazadoramente-.
Y yo le dije:
-¿Pero a ti qué te pasa?
-Nada, ¿por?-.preguntó con tono de tonto-.
-¿Pero te has visto? Tienes una mancha ahí, y llevas los zapatos desatados-.le dije-.
El señor se quedó paralizado, mirando sus pies con la boca abierta. La agresividad de la pistola desapareció por unos segundos, reemplazada por una confusión total. Miró el arma, luego su mancha en la camisa y, finalmente, soltó un suspiro de frustración.
-Es que… hoy he tenido un día fatal-.murmuró, bajando el brazo-. Primero el café, luego los cordones y ahora esto-.
Todo el vagón quedó en un silencio absoluto, pero la tensión se había
transformado en una situación ridícula. Aproveché su distracción para seña señalarle el asiento:
-Siéntese y átese los zapatos, que se va caer-.
le dije-.
Para mi sorpresa, el señor me hizo caso, se sentó y empezó a llorar bajito mientras peleaba con un un nudo ciego. Sus manos temblaban tanto que era incapaz de cruzar cada extremidad de los cordones. El arma, ahora olvidada sobre su regazo como un objeto fuera de lugar, parecía un juguete de plástico barato frente a la magnitud de su derrota emocional. Me incliné y, sin tocar el arma, le anudé los cordones con firmeza.
El hombre dejó de sollozar y me miró con ojos vacíos. -Gracias-.susurró-.Solo quería que alguien me escuchara.
El tren frenó en la estación. Me puse de pie y le toqué el hombro antes de salir.
-A veces la vida nos desata los zapatos a todos-.le dije-.Mañana intente caminar de nuevo.
Bajé al andén sin mirar atrás, entendiendo que todos estamos a un mal día de perder el equilibrio.
Era un día como cualquier otro. Me desperté, desayuné, me duché, me cambié y me fui al tren. Tengo dos horas de trayecto, así que dormí un poco hasta que entró al tren un señor ruidoso y muy raro que me despertó y que justamente se sentó a mi lado. Estuvimos un rato bien pero de repente, cuando no había casi nadie en el vagón, empezó a decirme cosas raras que no entendía. Era como si hablara otro idioma. De pronto se levantó y dijo:
-¡Quieto todo el mundo!- gritó mientras sujetaba una pistola-.
Todo el mundo se calló y él se giro hacia mí me dijo:
-Dame tu cartera y el teléfono móvil, y no te olvides de decirme la contraseña-.Dijo amenazadoramente-.
Y yo le dije:
-¿Pero a ti qué te pasa?
-Nada, ¿por?-.preguntó con tono de tonto-.
-¿Pero te has visto? Tienes una mancha ahí, y llevas los zapatos desatados-.le dije-.
El señor se quedó paralizado, mirando sus pies con la boca abierta. La agresividad de la pistola desapareció por unos segundos, reemplazada por una confusión total. Miró el arma, luego su mancha en la camisa y, finalmente, soltó un suspiro de frustración.
-Es que… hoy he tenido un día fatal-.murmuró, bajando el brazo-. Primero el café, luego los cordones y ahora esto-.
Todo el vagón quedó en un silencio absoluto, pero la tensión se había
transformado en una situación ridícula. Aproveché su distracción para seña señalarle el asiento:
-Siéntese y átese los zapatos, que se va caer-.
le dije-.
Para mi sorpresa, el señor me hizo caso, se sentó y empezó a llorar bajito mientras peleaba con un un nudo ciego. Sus manos temblaban tanto que era incapaz de cruzar cada extremidad de los cordones. El arma, ahora olvidada sobre su regazo como un objeto fuera de lugar, parecía un juguete de plástico barato frente a la magnitud de su derrota emocional. Me incliné y, sin tocar el arma, le anudé los cordones con firmeza.
El hombre dejó de sollozar y me miró con ojos vacíos. -Gracias-.susurró-.Solo quería que alguien me escuchara.
El tren frenó en la estación. Me puse de pie y le toqué el hombro antes de salir.
-A veces la vida nos desata los zapatos a todos-.le dije-.Mañana intente caminar de nuevo.
Bajé al andén sin mirar atrás, entendiendo que todos estamos a un mal día de perder el equilibrio.