Autor/a
joven Gabriel
Categoria
Relat lliure
Un paso y luego otro
Un paso.
Un paso y luego el siguiente.
Para avanzar, un paso y luego el siguiente. Y tras este, otro paso y luego el siguiente.
«Qué porquería».
La secuencia clásica para que uno pueda desplazarse, la disposición histórica del movimiento humano y la composición lógica del traslado bípedo. La sucesión ética que une un deseo con su propósito; el individuo pasa a ser, inconsciente, el instrumento que acorta la distancia entre un lugar y otro mediate la sucesión, a veces interrumpida, de un paso y luego el siguiente. Y tras este, otro paso y luego el siguiente.
«Qué ridiculez», pensaba a gritos el joven Gabriel.
El ser humano, único bípedo verdadero, domina, arrasa los continentes, los mares y la Luna gracias a su perseverante inclinación a andar erguido y propagar su andar paso tras paso. La presencia de pulgares oponibles y un cerebro proporcionalmente voluminoso son de gran ayuda, sí, no lo negará nadie, pero es la capacidad de andar, no trotar, ni saltar, sino andar, y no otra, la que nos distingue de cualquier otro ser que puebla este mundo. De África a Eurasia y luego a las Américas, todos los rincones que podían habitarse se habitaron de pie, erguidos, dando un paso y luego otro.
«Ya no se puede dar un paso y luego otro para avanzar, hoy ya no». El joven, jovencísimo Gabriel se quejaba mientras, de hecho, daba un paso tras otro y se disponía decidido, con paso seguro, a descender hacia las profundidades del metro.
Desde la concepción misma del hombre, este se distingue por su verticalidad. Que no os engañen las jirafas con su desgarbada estatura y su languidez estructural. Mienten. Y mienten por trotar a cuatro patas, por no tener hombros; por tener la espalda paralela al suelo que caminan. No caigáis en la tentación de sentaros, no perdáis contra el influjo gravitatorio. Ni se os ocurra dejar que la máquina trabaje por vosotros. ¿No veis que las vías ya tienen el camino fijado, que no sois dueños de vuestras riendas?
Era hora punta y el andén de la estación de Entenza estaba hasta los topes. El avanzar sombrío del joven, jovencísimo Gabriel no lograba esquivar el obstáculo que suponían los innombrables hombres y mujeres que esperaban pacientes el próximo tren. Hubo quien gritó e incluso hizo ademán de detenerle, pero en última instancia nadie hizo realmente nada para evitar que, con un patoso salto, el joven, jovencísimo Gabriel descendiera y se sentara sobre la mediatriz de las vías. Un rápido vistazo al reloj electrónico le indicó que todavía faltaba más de un minuto hasta que el siguiente tren le pasara por encima.
Al final, o tal vez al principio del túnel se veían un par de luces que, como dos pequeños, diminutos ojos le miraban de frente. Entre gritos de desesperación ajenos, Gabriel, que por un instante dejó de ser joven, jovencísimo, alcanzó la edad de todo hombre y con un amargo delirio anunció:
«Todavía no quiero detenerme».
Primero se detuvo el tren y luego el tiempo. O tal vez fuera el tiempo quien se detuvo primero y luego cesó el avanzar de la locomotora.
En cualquier caso, una pausa y una mano sobre el hombro del joven, jovencísimo Gabriel, y unos pequeños, diminutos ojos que inspiraban salvación susurraron gritos de la más dulce mentira:
«Siempre se puede seguir avanzando. Levanta, anda».
Invisible, el joven, jovencísimo Gabriel escaló el desnivel y, derrotado, dio un paso y luego el siguiente; para dejar las vías y tomar las riendas de nuevo.
Y tras este, otro paso y luego el siguiente.
Un paso y luego el siguiente.
Para avanzar, un paso y luego el siguiente. Y tras este, otro paso y luego el siguiente.
«Qué porquería».
La secuencia clásica para que uno pueda desplazarse, la disposición histórica del movimiento humano y la composición lógica del traslado bípedo. La sucesión ética que une un deseo con su propósito; el individuo pasa a ser, inconsciente, el instrumento que acorta la distancia entre un lugar y otro mediate la sucesión, a veces interrumpida, de un paso y luego el siguiente. Y tras este, otro paso y luego el siguiente.
«Qué ridiculez», pensaba a gritos el joven Gabriel.
El ser humano, único bípedo verdadero, domina, arrasa los continentes, los mares y la Luna gracias a su perseverante inclinación a andar erguido y propagar su andar paso tras paso. La presencia de pulgares oponibles y un cerebro proporcionalmente voluminoso son de gran ayuda, sí, no lo negará nadie, pero es la capacidad de andar, no trotar, ni saltar, sino andar, y no otra, la que nos distingue de cualquier otro ser que puebla este mundo. De África a Eurasia y luego a las Américas, todos los rincones que podían habitarse se habitaron de pie, erguidos, dando un paso y luego otro.
«Ya no se puede dar un paso y luego otro para avanzar, hoy ya no». El joven, jovencísimo Gabriel se quejaba mientras, de hecho, daba un paso tras otro y se disponía decidido, con paso seguro, a descender hacia las profundidades del metro.
Desde la concepción misma del hombre, este se distingue por su verticalidad. Que no os engañen las jirafas con su desgarbada estatura y su languidez estructural. Mienten. Y mienten por trotar a cuatro patas, por no tener hombros; por tener la espalda paralela al suelo que caminan. No caigáis en la tentación de sentaros, no perdáis contra el influjo gravitatorio. Ni se os ocurra dejar que la máquina trabaje por vosotros. ¿No veis que las vías ya tienen el camino fijado, que no sois dueños de vuestras riendas?
Era hora punta y el andén de la estación de Entenza estaba hasta los topes. El avanzar sombrío del joven, jovencísimo Gabriel no lograba esquivar el obstáculo que suponían los innombrables hombres y mujeres que esperaban pacientes el próximo tren. Hubo quien gritó e incluso hizo ademán de detenerle, pero en última instancia nadie hizo realmente nada para evitar que, con un patoso salto, el joven, jovencísimo Gabriel descendiera y se sentara sobre la mediatriz de las vías. Un rápido vistazo al reloj electrónico le indicó que todavía faltaba más de un minuto hasta que el siguiente tren le pasara por encima.
Al final, o tal vez al principio del túnel se veían un par de luces que, como dos pequeños, diminutos ojos le miraban de frente. Entre gritos de desesperación ajenos, Gabriel, que por un instante dejó de ser joven, jovencísimo, alcanzó la edad de todo hombre y con un amargo delirio anunció:
«Todavía no quiero detenerme».
Primero se detuvo el tren y luego el tiempo. O tal vez fuera el tiempo quien se detuvo primero y luego cesó el avanzar de la locomotora.
En cualquier caso, una pausa y una mano sobre el hombro del joven, jovencísimo Gabriel, y unos pequeños, diminutos ojos que inspiraban salvación susurraron gritos de la más dulce mentira:
«Siempre se puede seguir avanzando. Levanta, anda».
Invisible, el joven, jovencísimo Gabriel escaló el desnivel y, derrotado, dio un paso y luego el siguiente; para dejar las vías y tomar las riendas de nuevo.
Y tras este, otro paso y luego el siguiente.