Autor/a
Alejo
Categoria
Relat lliure
Relat lliure

Universos bajo Barcelona.

Vivo solo en Barcelona.

La ciudad es enorme, pero a veces el silencio dentro de casa pesa más que todos sus edificios. Mi cuerpo sube y baja como un ascensor sin botones: mareas invisibles que llaman diabetes. La gente cree que basta con consejos rápidos. “Sal más, piensa positivo”. Nadie se pregunta por las heridas que arrastro desde niño.

Cuando el tiempo lo permite, escapo.

Me subo al metro.

La última vez fue en Vall d’Hebron. Línea azul. Me senté junto a la ventana sin prisa. Dejé que el tren siguiera hasta Cornellà… y otra vez… y otra.

Después de unas estaciones ocurrió lo de siempre.

El vagón dejó de ser un vagón. Las luces se convirtieron en estrellas. El túnel se abrió como la boca de un agujero negro y el metro se transformó en una nave atravesando galaxias. Cada estación era un planeta suspendido en la oscuridad. Los pasajeros ya no eran desconocidos: eran exploradores silenciosos que fingían mirar el móvil mientras cruzábamos constelaciones.

Nadie parecía darse cuenta. Pero yo sí.

Otra noche tomé la línea verde. Apenas arrancó el convoy, el suelo de Barcelona empezó a temblar en mi imaginación. El tren se convirtió en un gusano gigantesco perforando la Tierra, un taladro colosal que atravesaba océanos y montañas. En algún lugar lejano, dragones inmensos tiraban del convoy, como renos mitológicos arrastrando un trineo de acero.

Y la línea amarilla hacia la Barceloneta era distinta. El túnel se convirtió en un río del tiempo. Las estaciones pasaban hacia atrás y por unos minutos volví a tener ocho años. No existían las heridas, ni las noches largas, ni el peso invisible de la vida adulta. Solo la sensación de que el mundo era enorme y todavía no estaba roto.

Pero hay un trayecto que siempre me deja quieto, mirando la oscuridad del túnel: de la Sagrera a Hospitalet. Allí imagino un planeta que todavía no existe. Un lugar donde nadie se siente extraño entre millones de personas. Donde las ciudades son enormes, pero nadie camina realmente solo.

El tren frena. Las puertas se abren. La gente baja con normalidad, como si solo hubiera hecho un trayecto cualquiera.

Yo me levanto el último.

El conductor me mira desde la cabina.

¿Todo bien? pregunta.

Asiento. No le digo que acabo de cruzar galaxias, atravesar la Tierra y viajar al pasado.

Mientras subo las escaleras del andén entiendo algo extraño: quizá el metro no sirve para escapar de la realidad.

Quizá el metro existe para recordarnos que, incluso bajo toneladas de hormigón, todavía hay universos enteros esperando a que alguien los imagine.