Autor/a
Vernot Van Arcken
Categoria
Relat lliure
Urquinaona, bajo la geometría
El tren de la Linea 4 se detuvo donde no había estación. Entre la oscuridad y los ecos del tunel las puertas se abrieron y revelaron una forma irreconocible de andén curvo, sin aristas, como el interior de una concha gigantesca. Conformada de extraños mosaicos que sigilosamente palpitaban de forma algo organica y tenebrosa. Bajamos cinco pasajeros, no por voluntad, sino porque el suelo parecía inclinarse suavemente hacia fuera, invitándonos a caer en él.
El nombre Urquinaona se deformaba derritiendose sutilmente pero sin lograr caer, como si alli no existiera la fuerza de la gravedad, incrustado en la pared, parecia escrito con letras líquidas, como si la piedra aún no hubiera decidido solidificarse del todo.
Cuando el tren se marchó, comprendimos que aquel lugar no pertenecía al tiempo.
Los pasillos descendían en espirales amplias, orgánicas, sostenidas por columnas que parecian árboles girando sus troncos sobre su propio eje en una torcion imposible, exprimidos por una fuerza sobrenatural, el organico de sus formas era como los huesos de criaturas imposibles. Todo ondulaba con una lentitud hipnótica, como si la estación respirara en ciclos largos, ajenos al ritmo temporal humano. En nigun caso parecia arquitectura de una estacion: era anatomía.
Entonces lo sentimos.
No apareció de golpe. Se manifestó.
El espacio comenzó a reorganizarse, y de esa reconfiguración emergió una forma inmensa, compuesta de arcos parabólicos, cúpulas carnosas y superficies de trencadís que no reflejaban la luz, sino pensamientos antiguos de victimas atrapadas de otras incursiones. Su cuerpo no tenía centro definido; se extendía como una idea mal soñada, plegándose sobre sí mismo. En general todo se parecia a esa estetica comun en la superficie de la ciudad un aire a aquellas creaciones de Gaudí, pero desprovistas de su humanidad, algo cosmico pero organico fuera de la realidad, sin fe, sin propósito. Solo crecimiento.
No tenía rostro. Tenía curvaturas conscientes.
Al movernos, el ser respondía, no con persecución, sino con adaptación. Los pasillos se estrechaban, las escaleras se volvían blandas, los bancos crecían como apéndices. Comprendimos depronto por como trataba de comunicarse telepaticamente con todos nosotros, que el monstruo no cazaba cuerpos: asimilaba percepciones y se alimentaba de ellas.
Uno de los pasajeros tocó una columna. Gritó. La columna onduló y adquirió la textura de su piel.
Corrí, sintiendo cómo la noción de “salida” se disolvía en mi mente. Las señales eran símbolos imposibles, geometrías que insinuaban destinos no espaciales. La criatura emitió una vibración profunda, un canto estructural que resonó en mis huesos. No era hostil. Era indiferente, como una ciudad soñando sola.
Caí.
Desperté en la Urquinaona conocida. los pasajeros que me acompañaron seguian alli esperando, todos ellos entre ensoñaciones mirando al infinito esperando que el tiempo pasara para subir al proximo tren en Hora punta. Todo volvia, el Ruido. Las formas Rectas y los Ángulos.
Pero al levantar la mirada vi algo que nadie más parecía notar: una nueva ondulación en el muro, una curva suave que no estaba allí ayer.
A veces, al pasar, juraría que late.
Y temo el día en que la estación vuelva a soñar…
y decida completarse.
El nombre Urquinaona se deformaba derritiendose sutilmente pero sin lograr caer, como si alli no existiera la fuerza de la gravedad, incrustado en la pared, parecia escrito con letras líquidas, como si la piedra aún no hubiera decidido solidificarse del todo.
Cuando el tren se marchó, comprendimos que aquel lugar no pertenecía al tiempo.
Los pasillos descendían en espirales amplias, orgánicas, sostenidas por columnas que parecian árboles girando sus troncos sobre su propio eje en una torcion imposible, exprimidos por una fuerza sobrenatural, el organico de sus formas era como los huesos de criaturas imposibles. Todo ondulaba con una lentitud hipnótica, como si la estación respirara en ciclos largos, ajenos al ritmo temporal humano. En nigun caso parecia arquitectura de una estacion: era anatomía.
Entonces lo sentimos.
No apareció de golpe. Se manifestó.
El espacio comenzó a reorganizarse, y de esa reconfiguración emergió una forma inmensa, compuesta de arcos parabólicos, cúpulas carnosas y superficies de trencadís que no reflejaban la luz, sino pensamientos antiguos de victimas atrapadas de otras incursiones. Su cuerpo no tenía centro definido; se extendía como una idea mal soñada, plegándose sobre sí mismo. En general todo se parecia a esa estetica comun en la superficie de la ciudad un aire a aquellas creaciones de Gaudí, pero desprovistas de su humanidad, algo cosmico pero organico fuera de la realidad, sin fe, sin propósito. Solo crecimiento.
No tenía rostro. Tenía curvaturas conscientes.
Al movernos, el ser respondía, no con persecución, sino con adaptación. Los pasillos se estrechaban, las escaleras se volvían blandas, los bancos crecían como apéndices. Comprendimos depronto por como trataba de comunicarse telepaticamente con todos nosotros, que el monstruo no cazaba cuerpos: asimilaba percepciones y se alimentaba de ellas.
Uno de los pasajeros tocó una columna. Gritó. La columna onduló y adquirió la textura de su piel.
Corrí, sintiendo cómo la noción de “salida” se disolvía en mi mente. Las señales eran símbolos imposibles, geometrías que insinuaban destinos no espaciales. La criatura emitió una vibración profunda, un canto estructural que resonó en mis huesos. No era hostil. Era indiferente, como una ciudad soñando sola.
Caí.
Desperté en la Urquinaona conocida. los pasajeros que me acompañaron seguian alli esperando, todos ellos entre ensoñaciones mirando al infinito esperando que el tiempo pasara para subir al proximo tren en Hora punta. Todo volvia, el Ruido. Las formas Rectas y los Ángulos.
Pero al levantar la mirada vi algo que nadie más parecía notar: una nueva ondulación en el muro, una curva suave que no estaba allí ayer.
A veces, al pasar, juraría que late.
Y temo el día en que la estación vuelva a soñar…
y decida completarse.