Autor/a
Fontana
Categoria
Relat lliure
Valérie
Descendió del taxi y observó el barrio de Gracia. No era París, no era su casa, pero algo en aquellas calles le pertenecía desde antes de haberlas pisado.
Podría haber llegado directamente al destino en metro, pero sabía que debía hacerlo así. Entró en la parada de Fontana ajustando el bolso y cogiendo con más fuerza el libro que llevaba en la mano derecha.
Era una hermosa mujer de pelo rubio. Al entrar en la estación reveló la belleza de sus ojos azules que hasta entonces tapaba con unas gafas de sol. Hermosa, sí, pero no frágil. Había en su determinación algo especial.
Y, sin embargo, empezó a temblar. No era cobardía ni inseguridad. Una emoción contenida que, al fin, reclamaba su lugar en el cuerpo. La respiración se cortaba, unos temblores conquistaban brazos y piernas y una opresión buscaba hogar en su pecho.
Buscó la tarjeta de metro en el bolso y tardó una eternidad en hallarla. «Ce n’est pas possible! Il était ici!» Se decía una y otra vez hasta que la encontró.
Cruzó el torno y se dirigió hacia las escaleras leyendo las direcciones prácticamente sin verlas: «Zona Universaria» o «Trinitat Nova». Daba igual el rumbo. Estaba allí por otra razón.
Bajó las escaleras hacia el andén con paso tembloroso y emocionado. Un escalón, otro y otro… descendía lentamente mirando a su alrededor. Estudiando cada paso, deseando retener cada imagen en su retina.
Cuando llegó al andén observó la estación con otros ojos. No era una viajera más. No era una turista más. Observó los antiguos azulejos en una de las entradas del túnel. Azules y amarillos se unían en motivos florales y el logotipo del Gran Metro en la parte de arriba.
Era allí. Sin duda fue allí.
El metro irrumpió con su rugido metálico. Puertas que se abren, gente que sube y baja… rutina anónima de la ciudad. Nada nuevo, todo corriente. Las puertas se cerraron y el convoy arrancó dejando el andén en silencio.
Ella continuaba inmóvil.
Se sentó y sacó unos enormes auriculares. Necesitaba silencio. Necesitaba aislarse. Abrió el libro de hojas amarillentas y letra manuscrita. Se esforzó por leer de nuevo aquella letra antigua y una lágrima descendió por su mejilla hasta caer sobre una de las páginas.
Recuerdos de vida, de guerra y de muerte.
Valérie leyó de nuevo aquellos recuerdos y cerró los ojos. Su bisabuela regresó a su mente con su sonrisa luminosa y sus comidas españolas. El recuerdo del amor familiar y de una muerte que la había sumido en tristeza. Recordó el día que, rebuscando en la habitación de aquella anciana a quien tanto había querido encontró el diario en un cajón, como quien descubre un arma cargada de pasado.
Otro tren entró bramando en la estación, pero Valérie ya no estaba allí. Estaba en otra vida, en otra historia.
Su vida, su historia.
1937.
«¡Bum!, ¡bum!, ¡bum!».
Las bombas caen fuera. La estación está llena de gente, de miedo, de llantos de niños y de los nervios de quienes no saben qué encontrarán al salir. Falsa serenidad y un mundo que contiene el aliento. Bajo tierra una mujer y un hombre se miran por primera vez. Incluso bajo las bombas el amor encuentra su sitio, siempre más fuerte que la guerra. Luego vendrá el exilio, el noviazgo, la vida común, hijos, nietos… y Valérie.
La joven francesa cerró el diario y apoyó la mano sobre el banco frío. No había venido a Barcelona buscando una estación. Había venido a encontrarse con su propia historia.
El recuerdo de un amor bajo las bombas, un amor bajo las entrañas de la tierra.
Un amor nacido en los túneles del metro.
Podría haber llegado directamente al destino en metro, pero sabía que debía hacerlo así. Entró en la parada de Fontana ajustando el bolso y cogiendo con más fuerza el libro que llevaba en la mano derecha.
Era una hermosa mujer de pelo rubio. Al entrar en la estación reveló la belleza de sus ojos azules que hasta entonces tapaba con unas gafas de sol. Hermosa, sí, pero no frágil. Había en su determinación algo especial.
Y, sin embargo, empezó a temblar. No era cobardía ni inseguridad. Una emoción contenida que, al fin, reclamaba su lugar en el cuerpo. La respiración se cortaba, unos temblores conquistaban brazos y piernas y una opresión buscaba hogar en su pecho.
Buscó la tarjeta de metro en el bolso y tardó una eternidad en hallarla. «Ce n’est pas possible! Il était ici!» Se decía una y otra vez hasta que la encontró.
Cruzó el torno y se dirigió hacia las escaleras leyendo las direcciones prácticamente sin verlas: «Zona Universaria» o «Trinitat Nova». Daba igual el rumbo. Estaba allí por otra razón.
Bajó las escaleras hacia el andén con paso tembloroso y emocionado. Un escalón, otro y otro… descendía lentamente mirando a su alrededor. Estudiando cada paso, deseando retener cada imagen en su retina.
Cuando llegó al andén observó la estación con otros ojos. No era una viajera más. No era una turista más. Observó los antiguos azulejos en una de las entradas del túnel. Azules y amarillos se unían en motivos florales y el logotipo del Gran Metro en la parte de arriba.
Era allí. Sin duda fue allí.
El metro irrumpió con su rugido metálico. Puertas que se abren, gente que sube y baja… rutina anónima de la ciudad. Nada nuevo, todo corriente. Las puertas se cerraron y el convoy arrancó dejando el andén en silencio.
Ella continuaba inmóvil.
Se sentó y sacó unos enormes auriculares. Necesitaba silencio. Necesitaba aislarse. Abrió el libro de hojas amarillentas y letra manuscrita. Se esforzó por leer de nuevo aquella letra antigua y una lágrima descendió por su mejilla hasta caer sobre una de las páginas.
Recuerdos de vida, de guerra y de muerte.
Valérie leyó de nuevo aquellos recuerdos y cerró los ojos. Su bisabuela regresó a su mente con su sonrisa luminosa y sus comidas españolas. El recuerdo del amor familiar y de una muerte que la había sumido en tristeza. Recordó el día que, rebuscando en la habitación de aquella anciana a quien tanto había querido encontró el diario en un cajón, como quien descubre un arma cargada de pasado.
Otro tren entró bramando en la estación, pero Valérie ya no estaba allí. Estaba en otra vida, en otra historia.
Su vida, su historia.
1937.
«¡Bum!, ¡bum!, ¡bum!».
Las bombas caen fuera. La estación está llena de gente, de miedo, de llantos de niños y de los nervios de quienes no saben qué encontrarán al salir. Falsa serenidad y un mundo que contiene el aliento. Bajo tierra una mujer y un hombre se miran por primera vez. Incluso bajo las bombas el amor encuentra su sitio, siempre más fuerte que la guerra. Luego vendrá el exilio, el noviazgo, la vida común, hijos, nietos… y Valérie.
La joven francesa cerró el diario y apoyó la mano sobre el banco frío. No había venido a Barcelona buscando una estación. Había venido a encontrarse con su propia historia.
El recuerdo de un amor bajo las bombas, un amor bajo las entrañas de la tierra.
Un amor nacido en los túneles del metro.