Autor/a
Euge
Categoria
Relat escolar
Subcategoria
De 13 a 17 anys
Centre escolar
Col·legi Canigó de Barcelona
Relat escolar

A veces el viaje importa más.

“A veces el viaje importa más que el destino”
Hoy he subido al metro en Diagonal, en la línea verde, sin tener muy claro a dónde quería ir. Afuera llovía, y dentro olía a metal, a humedad y a gente cansada. El mapa de la L3 brillaba encima de mi cabeza: Zona Universitària, Passeig de Gràcia, Liceu, Catalunya… No tenía claro dónde quería bajar, solo sabía que necesitaba seguir un rato más bajo tierra. Llevaba el abrigo mojado, el pelo enredado y el móvil sin batería, así que solo me quedaba observar. Me gusta mirar a la gente cuando viajo en metro: cada rostro parece esconder una historia que nunca conoceré.
Frente a mí, unas niñas se reían por algo que seguramente solo ellas entendían. A mi lado, un hombre sostenía un ramo de flores marchitas envueltas en papel de periódico. Me pareció triste, aunque también bonito, como si intentara salvar algo antes de que se marchitara del todo.
Al irse el hombre de las flores, justo cuando el tren paraba en Passeig de Gràcia, murmuró:
—A veces el viaje importa más que el destino.
No sé si me hablaba a mí, pero esa frase se me quedó rondando en la cabeza. Tal vez tenía razón.
Sobre su asiento quedó un pétalo blanco. Lo recogí sin saber por qué, quizá porque me pareció bonito conservar algo fugaz.
Decidí no bajar todavía. Miré el mapa rojo de la línea y me pregunté qué pasaría si simplemente siguiera hasta el final. El tren se detuvo en la parada “Catalunya”. La gente entraba y salía del tren: turistas con mochilas, una señora mayor, un chico medio dormido… Me sentí parte de algo enorme y a la vez invisible, como si todos viajáramos juntos, pero cada uno dentro de su propio mundo.
El metro volvió a ponerse en marcha, pero algo cambió. Las estaciones pasaban demasiado rápido, las luces de los túneles parecían doradas, y de pronto me di cuenta de que el vagón estaba completamente vacío. Estaba demasiado asustada para gritar, me quedé ahí parada mirando extrañada la pantalla donde se ve el recorrido que estaba parpadeando y de repente mostró una única palabra: “Fin”.
El tren se detuvo en una estación que no había visto nunca. Todo era blanco, casi brillante. Las puertas se abrieron y, por impulso, bajé. Me quedé mirando el andén, silencioso y extraño.
Entonces, al otro lado de las puertas lo vi, era una niña que subía al vagón. Sentí un escalofrío. Era igual que yo, pero más pequeña.
Las puertas se cerraron, el tren se puso en marcha, y yo seguía incapaz de moverme, sosteniendo el pétalo entre los dedos. De pronto comprendí que quizá no era el final del viaje. Tal vez solo el comienzo de otro.