Autor/a
Salix
Categoria
Relat lliure
Relat lliure

¿Y si...?

Ocurrió durante la pandemia. Antes del confinamiento, cuando la gente desconfiaba de la gente detrás de sus mascarillas. Volver a casa en el metro era la pelea de siempre por un hueco, ya no digo por un asiento. Aquella noche, entre empujones conseguí hacerme un sitio contra las puertas de enfrente a las de acceso al vagón. El silencio era casi absoluto solo se oía el ruido del tren y la tos reprimida de algún viajero que rezaba por pasar desapercibido.
Parada Universidad. Al abrirse las puertas, en el intercambio de pasajeros, subieron dos hombres, de unos cuarenta años, fuertes, charlando animadamente, casi a voces y sin llevar mascarilla. Desde mi puesto observé las reacciones del pasaje. Gente negando con la cabeza, personas que no se conocían de nada hablando entre ellas con la mirada, ceños fruncidos. Desaprobación general. Y mientras tanto los recién llegados reían a carcajadas ignorantes del malestar que provocaba su conducta.
Un joven de gafas, con cara de niño reunió el valor para decir lo que el resto del personal estábamos pensando:
-Perdón. Hay que ponerse la mascarilla lo están diciendo todo el tiempo por megafonía.
La respuesta de los hombres fue un estallido en carcajadas al principio y una progresiva subida de tono muy desagradable que acabó rayando la chulería más absoluta. La gente del vagón se revolvía en los asientos como preparándose para intervenir ante lo desigual del enfrentamiento, un chaval educado contra dos maromos que se jactaban de hacer lo que les daba la gana.
-¿Y si no me sale de los cojones ponerse la mascarilla?
La pregunta resonó en todo el vagón. Todos se quedaron inmóviles pero las miradas se cruzaron inquietas como esperando una señal. Las luces del metro parpadearon y, en ese intervalo, la voz del muchacho sonó dura pero a la vez divertida:
-¿Y si nos la quitamos todos?
Esa era la señal. La luz se apagó por completo y comenzó el caos de golpes, gritos y risas histéricas. Me agaché junto al reposabrazos del asiento y doblé las piernas para protegerme del infierno que se había desatado. Ojos rojos brillaban en la oscuridad, colmillos largos centelleaban antes de clavarse en los cuerpos de los hombres que ya habían dejado de gritar. Las luces del metro que circulaba en sentido contrario iluminaron por unos segundos la escena. Eran vampiros. Había sangre por todas partes y como no puedo verla sin desmayarme perdí el conocimiento.
No sé cuánto tiempo pasó. Alguien me sacudió el hombro. Era una mujer con chaqueta granate y pantalón gris. La maquinista, supongo. Me dijo que habíamos llegado al final de la linea, que tenía que bajar del tren. Me preguntó si me encontraba bien y me ayudó a ponerme en pie.
No había nadie. Ni rastro de la carnicería. Sólo dos marcas en mi cuello y una extraña sensación de sed que todavía hoy experimento en la linea dos del metro.