Autor/a
Hammet
Categoria
Relat lliure
Relat lliure

Ulises

Vagabundeo por la noche estrellada iluminada por la luna llena, al igual que Ulises en la Odisea, con un fuerte dolor de cabeza y el estómago revuelto. ¿por qué bebo tanto alcohol sí sé que me sienta mal? Es pasada la medianoche, bajo por las escaleras del metro hasta el andén de la estación, me encamino al centro y tomo asiento en un banco. Está vacía, a mi derecha una pareja besándose en la boca y haciendo manitas; a mi izquierda, uno jóvenes haciendo tufo a marihuana. Miro al fondo del túnel donde se ven unas luces y se oye el chirrido de las ruedas sobre los raíles. Me levanto somnoliento, con las sienes martilleando la cabeza; el tren entra a poco a poco en la estación rasgando la cortina del silencio y se detiene. Me encamino a la puerta, la abro apretando el pulsador, entro, miro a la derecha e izquierda y el vagón está desierto. Hace olor a rancio, las paredes están garabateadas. Tomo asiento, quedan bastantes paradas para llegar a mi destino, sea cual sea.
El metro arranca y fluye con parsimonia por las grutas excavadas en el subsuelo, llegamos a la primera estación y entra Laura. Hace olor a lavanda, con su melena negra recogida en una coleta, pantalones vaqueros y blusa roja. Abismos de tiempo nos han separado. Nos miramos directamente a los ojos, se dirige a mí, y se sienta lánguidamente a mi lado.
- ¿Por qué te fuiste? ¡Maldita sea! –La miro entrecerrando los ojos, lleno de nervios.
- ¿Por qué me fui? tuve que hacerlo, lo que sentías por mí era muy fuerte. Me sentía prisionera, quería ser yo, y vivir mi propia vida.
- ¿Tu vida? ¿Alguna vez llegaste a quererme? – Contemplo con fuerza las pupilas de sus ojos intentado atravesarla y ver en la penumbra de su interior.
- ¿Quererte? ¿Quizás? Yo te amé como supe, de la misma manera que hiciste tú – Responde ahora firme y relajada.
Llegamos a la siguiente parada, me pone una mano en la rodilla, la retira, se levanta, pone rumbo hacia la puerta, se gira un momento hacia mí y dice:
- Adiós. Te llevo dentro de mi corazón – Sale por la puerta y sonríe, sus ojos color ébano centellean como un relámpago.
Me levanto para detenerla y pedirle que no se vaya, pero es demasiado tarde, las puertas se cierran y el metro emprende la marcha, ahora más rápido, ha aumentado la velocidad, miro cuantas paradas me quedan y veo que tan sólo he iniciado el trayecto. ¿Sé a dónde voy?
De repente, sin previo aviso, el tren pega un frenazo y se para en una estación desconocida, casi caigo del impulso. Reina el silencio, se abre las puertas y entra mi madre, los ojos rojos de tanto llorar, se encamina a mí y se sienta a mi lado. Se echa las manos a la cara y se saca un clínex del bolso.
- ¿Madre, porque lloras? – Se me hace un nudo en la garganta de verla en ese estado.
- ¿Porque lloro? yo solo quería que mi hijo fuese feliz – Con voz entrecortada por el llanto, sujetándose la cabeza con la mano derecha en la mejilla.
- ¿Feliz? ¡Maldita sea! He sido feliz a mí manera, como todo el mundo, no tienes por qué llorar – Le paso el brazo por la espalda para consolarla.
Me mira a los ojos, sonríe y me da dos besos en la mejilla, se levanta con otra cara, y ya sin llorar, abre la puerta, sale del vagón y se pierde en una nebulosa. El tren inicia otra vez la marcha, ahora al igual que un caballo desbocado, ya no se detiene en las estaciones que pasan como fantasmas. No me preocupa cojo aire con la nariz lo suelto por la boca y un pensamiento cruza mi mente como un cohete: “¡Estoy vivo y no tengo miedo!”.