Autor/a
Andy
Categoria
Relat lliure
Relat lliure

El andén del recuerdo

El último metro de la noche llegó a la estación de Passeig de Gràcia con un susurro metálico, como si dudara de entrar. Apenas había pasajeros: una mujer dormida abrazando un bolso, un chico con auriculares y Arnau, que esperaba apoyado en una columna de azulejos blancos.

Cuando las puertas se abrieron, Arnau sintió algo extraño, una vibración bajo los pies, distinta al temblor habitual de los trenes. Aun así, subió. El vagón parecía normal, pero al sentarse notó que los mapas del metro no marcaban solo líneas y estaciones: entre Diagonal y Verdaguer aparecía un símbolo que nunca había visto, una espiral dorada.

El tren arrancó. Las luces parpadearon y, por un instante, los túneles dejaron de ser de hormigón. Arnau vio piedra antigua, raíces gigantes atravesando las paredes, inscripciones que brillaban en un idioma imposible. Nadie más parecía notarlo.

—No deberías haberlo visto —dijo una voz.

Frente a él estaba el conductor, aunque no llevaba uniforme. Sus ojos reflejaban la misma espiral del mapa.

—¿Visto qué? —preguntó Arnau, con el corazón acelerado.

—La estación oculta. Barcelona se construyó sobre capas de historias. Algunas… siguen vivas.

El tren se detuvo donde no había estación. Las puertas se abrieron y revelaron una caverna inmensa, iluminada por faroles antiguos. En el centro, un lago subterráneo reflejaba el techo como un cielo nocturno. Criaturas hechas de sombra caminaban en silencio, y figuras humanas con capas custodiaban el lugar.

—Este es el Andén del Recuerdo —explicó el conductor—. Aquí llegan las historias que la ciudad olvida.

Arnau bajó sin saber por qué. Sintió que algo lo llamaba. Al tocar el agua del lago, imágenes inundaron su mente: la fundación romana de Barcino, la guerra, las manifestaciones, los besos robados en estaciones abarrotadas. Todo convivía allí, esperando no desaparecer.

—¿Por qué yo? —susurró.

—Porque aún escuchas —respondió el conductor—. Y alguien debe recordar.

Un pitido lejano resonó. El metro llamaba de nuevo. Arnau parpadeó y se encontró otra vez en el vagón, detenido en Verdaguer. Los pasajeros bajaron con normalidad. El mapa era el de siempre.

Al salir a la calle, el ruido de la ciudad lo envolvió. Pensó que todo había sido un sueño… hasta que en su bolsillo encontró un pequeño billete antiguo, dorado, con una espiral grabada.

Desde entonces, cada noche, Arnau toma el último metro. Escucha. Observa. Porque sabe que, bajo Barcelona, la magia sigue viajando en silencio, estación tras estación.