Autor/a
Franrojo
Categoria
Relat lliure
Relat lliure

En tránsito

El metro avanza bajo tierra con la constancia de quien sabe que llegar es una promesa. Yo también avanzo. Desde hace años vivo así, en tránsito, aunque ahora mi viaje tenga paradas claras, nombres precisos y horarios que se cumplen.

Vine desde Latinoamérica con una maleta ligera y una memoria pesada. Crucé océanos sin raíles, fronteras sin mapas claros. Hoy cruzo Barcelona en metro, en bus, en tranvía. Los trayectos son breves, casi cotidianos, pero algo de aquel primer viaje sigue latiendo en cada desplazamiento.

Como vecino de la Vila de Gràcia, uso la estación Fontana, línea verde. Allí, me coloco siempre en el mismo punto del andén. Sé desde dónde saldré más rápido, qué puerta se abre antes, hacia dónde caminar sin dudar. Mi cuerpo aprendió el trayecto antes que yo. A veces me pregunto en qué momento dejé de ser visitante para convertirme en alguien que sabe dónde pararse.

Esta mañana, una mujer con acento del Este pregunta por Diagonal. Le señalo la línea en el mapa y ella asiente, su sonrisa me dice gracias en un idioma que no necesita palabras. Reconozco en su mirada esa mezcla de agradecimiento y desorientación que yo también llevé durante meses. El metro se detiene, las puertas se abren. Ella baja, yo sigo. Pienso que migrar se parece a eso, un aprendizaje continuo de despedidas y llegadas.

En el bus —mi medio favorito— Barcelona se despliega entera como un álbum en movimiento. Ya no la miro como turista, ahora la habito. Veo a quienes llegan por unos días, a quienes pasan por trabajo, a quienes, como yo, intentan quedarse. La ciudad es una torre de Babel con ruedas, donde cada quien traduce al otro con la mirada.

En el panel informativo se anuncia la próxima parada y agradezco, en silencio, que alguien me diga dónde estoy. Durante mucho tiempo eso fue una incógnita.

El tranvía se desliza con suavidad, como si entendiera que llegar también puede hacerse sin prisa. Me gusta pensar que mi vida aquí empieza a parecerse a un desplazamiento firme, sin sobresaltos, con la certeza de que pertenecer no siempre es inmediato, pero sí posible.

Con frecuencia llego a Plaza Cataluña. Todos llegan alguna vez. Pero casi nunca me quedo. Es un centro que no detiene, un corazón que late para expulsarnos de nuevo a las líneas. Salgo a la superficie y la luz de la ciudad me recibe sin promesas ni despedidas.
Estoy aquí. No huyendo, pero no del todo llegado.

Mientras Barcelona respira a mi alrededor, entiendo que llegar no era encontrar un destino fijo. Era aprender a habitar el movimiento, a reconocer en cada trayecto no un destino, sino la confirmación de que mientras siga andando, ya estoy en casa.