Autor/a
Yago
Categoria
Relat lliure
Relat lliure

A un metro de distancia

—Hola, papá.

—Bien, bien…

—Sí, voy al evento que te comenté.

—Bueno, la verdad es que no es que me apetezca mucho…

—Pues porque me tengo que encontrar con ella y será la primera vez que nos veamos desde…

—¡Claro! Me he puesto guapo e iré como si nada. La saludaré y me iré con el resto de la gente. Es puro trámite.

—Bueno, te dejo, que ya estoy delante y no quiero alargarlo más.


Las noches tienen mucha luz en las calles de Sant Antoni, en Barcelona, llenas de vida, risas e historias.


Y esta no era menos. Un evento que reunía amigos, desconocidos y, en este caso concreto, a dos personas que fueron desconocidos, amigos, mucho más que eso y ahora, nuevamente, desconocidos.


Él llegó con la barba arreglada, el pelo recién cortado y con aquella camisa que compró especialmente para su primera cita. Ella ya estaba allí, perdida entre un bullicio de conversaciones ajenas a la importancia de ese evento, llevando aquellos pantalones que, de tanto robárselos, él acabó regalándole.


Entre tantas caras era imposible diferenciar conocidos de simples transeúntes que encontraron en ese bar un lugar donde tomar una copa. Las conversaciones al unísono rompían la melodía de la música. Entre tanto caos, color y ruido, nada destacaba salvo una cosa: lo que no busca atención, lo que está en silencio, lo invisible.


Dos miradas se estrellaron como era inevitable y, en ese accidente, cualquier respuesta era posible. Sin embargo, fue la más amable.


—Hola, ¿cómo estás?

—Bien. Me alegro de verte, pensaba que no…

—Sí, bueno, no te voy a mentir: lo pensé, pero aquí estoy.

—Estamos.

—Sí, estamos… Solo venía a saludarte. Te dejo con tus amigos. No te vayas sin despedirte, ¿vale?

—¡Claro! No creo que me quede mucho… pero te aviso.


Algo cambió. Aquel nudo de garganta a estómago desapareció, permitiéndole dar un trago a la cerveza. Había imaginado tantos escenarios posibles que nunca esperó uno tan dulce, uno que le recordó a su primera cita, nervios que se disipan al ver delante a alguien igual de vulnerable.


Como una estrella que brilla intensamente antes de morir, el evento cerró dejando a los asistentes felices y, más importante, con ganas de más.


Dos manos se tocaron por una nueva primera vez.


—Me voy ya.

—¿Te acompaño al metro y hablamos un poco?

—Si quieres, sí.


Las calles de Barcelona desafían las leyes de la relatividad del tiempo: eternas si llegas tarde y el autobús ya está en la parada; un instante si las recorres con alguien de quien no quieres despedirte.


—Calla ya, ¡va! —reía ella.

—Vale, vale —cedía él con una sonrisa.

—Bueno, ya estamos.

—Sí… Te acompaño abajo.

—Esto es línea 3, a ti no te va bien.

—Ya, ya. Solo hasta las puertas y ya nos despedimos.


Barcelona no duerme, pero el metro sí. Entre semana es Cenicienta: a las doce sale el último tren y eso obliga a tomar decisiones, entre quienes dan la noche por terminada y quienes se dejan llevar por los cantos de sirena de la ciudad.


—¿Aún pasa el metro? —preguntó ella a una trabajadora de TMB.

—Estáis de suerte, ahora pasa el último. Venga, pasad, esta os invitamos.

—No, no, yo me despedía aquí.

—Ya está abierto, así la acompañas a casa.


Dos cómplices tomaron una decisión con solo una mirada y echaron a correr.


—¡Gracias! —exclamó ella mientras ambos se perdían por las escaleras hacia el andén.


Si esa mujer supiera lo que acaba de hacer…