Autor/a
Erik Oz
Categoria
Relat persones traballadores de TMB
Piel de Lenteja
Mi abuela siempre decía que tenemos el color de la tierra fértil. Aquí abajo todos nos despojamos de la identidad y nos convertimos en una primera impresión, y la mía siempre pierde.
Entro en el vagón. Está abarrotado, huele a humedad y a colonias mezcladas con sudor de invierno. A mi alrededor se crea ese vacío, esa burbuja de seguridad que nadie cruza. La señora del abrigo camel aprieta el bolso contra su pecho. Yo hago lo de siempre. Auriculares puestos sin música, mirada clavada en el suelo, hombros encogidos. Ocupar el mínimo espacio posible. Desaparecer. Hasta mi sombra aquí abajo parece más densa, de color lenteja.
Un chaval de mi edad me mira de arriba abajo. Se queda anclado en mis deportivas. Parecen buenas, dan el pego, pero yo sé que no lo son. Son de las que otros «piel de lenteja» venden. Me muerdo la lengua para no gritarle que no se las he robado a nadie, que nací en la calle Manso y que mi madre me las compra en un mercadillo.
Un tipo de azul se acerca. Es un movimiento hipnótico, orgánico como el de un mago. Dos dedos, pinza, extracción. Un teléfono desaparece dentro de la chaqueta azul en menos de un segundo. Él no tiene piel de lenteja, es invisible de verdad.
Mis músculos se tensan, una descarga me recorre la espalda. Quiero dar un paso al frente, señalar, agarrar al hombre por el brazo y ser el «piel de lenteja» que sale en los periódicos porque ha parado un robo, el ciudadano ejemplar, la excepción estadística. Relajo los hombros. Vuelvo a mirar mis zapatillas. Me trago la rabia, que tiene un sabor metálico, como chupar una moneda.
Él baja con paso tranquilo, se mezcla con una marea de gente que no conozco ni conoceré. Frente a mí, la mirada de una mujer joven me taladra. Directa a mis ojos, como si me disparara con sus iris verdes. Abre la boca, leo sus labios en cámara lenta. «Yo también lo he visto». Ella no tiene la piel de lenteja y tampoco ha sido una heroína. Me siento mejor. Mal de muchos, consuelo de tontos, pero consuelo al fin y al cabo.
El metro arranca y algo ocurre. No es una avería mecánica. Las luces fluorescentes parpadean con una violencia epiléptica, estroboscópica. El chirrido de las ruedas contra los raíles de la L1 sube de tono hasta convertirse en un zumbido, una frecuencia que solo yo puedo oír.
Mi abuela hablaba de tierra fértil, pero no sabía nada de los isótopos que se acumulan bajo el Eixample, de la radiación que emanan las catenarias de la línea roja. Siento cómo esa energía, esos "rayos gamma", entran por mis poros de lenteja, hierven en mi sangre y reescriben mi ADN. Me falta el aire. Agarro a la barra y dejo la marca de mis dedos en el acero.
Ya no soy el figurante. Me enderezo y siento una espalda nueva, ancha, indestructible, una coraza. Me siento como Clark Kent en una cabina telefónica. Ya no soy el chaval que baja la cabeza. Soy el Batman del subsuelo, el justiciero de la T-casual.
Me concentro. Siento el nuevo músculo en mi cerebro, el gatillo del poder. Miro a la chica. Su piel rosada, perfecta, normativa. Apunto con mi mente. Disparo una ráfaga de melanina concentrada. Es instantáneo. Un fogonazo que nadie ve.
La chica parpadea, se mira las manos: ahora de color lenteja. La señora del abrigo camel grita al ver sus muñecas oscuras: piel de lenteja. El ejecutivo, el turista, el estudiante: todos mutan bajo mi poder igualitario. He democratizado el vagón.
Miro mi reflejo en el cristal. Sigo siendo piel de lenteja, pero miro a mi alrededor y sonrío: los demás también.
Entro en el vagón. Está abarrotado, huele a humedad y a colonias mezcladas con sudor de invierno. A mi alrededor se crea ese vacío, esa burbuja de seguridad que nadie cruza. La señora del abrigo camel aprieta el bolso contra su pecho. Yo hago lo de siempre. Auriculares puestos sin música, mirada clavada en el suelo, hombros encogidos. Ocupar el mínimo espacio posible. Desaparecer. Hasta mi sombra aquí abajo parece más densa, de color lenteja.
Un chaval de mi edad me mira de arriba abajo. Se queda anclado en mis deportivas. Parecen buenas, dan el pego, pero yo sé que no lo son. Son de las que otros «piel de lenteja» venden. Me muerdo la lengua para no gritarle que no se las he robado a nadie, que nací en la calle Manso y que mi madre me las compra en un mercadillo.
Un tipo de azul se acerca. Es un movimiento hipnótico, orgánico como el de un mago. Dos dedos, pinza, extracción. Un teléfono desaparece dentro de la chaqueta azul en menos de un segundo. Él no tiene piel de lenteja, es invisible de verdad.
Mis músculos se tensan, una descarga me recorre la espalda. Quiero dar un paso al frente, señalar, agarrar al hombre por el brazo y ser el «piel de lenteja» que sale en los periódicos porque ha parado un robo, el ciudadano ejemplar, la excepción estadística. Relajo los hombros. Vuelvo a mirar mis zapatillas. Me trago la rabia, que tiene un sabor metálico, como chupar una moneda.
Él baja con paso tranquilo, se mezcla con una marea de gente que no conozco ni conoceré. Frente a mí, la mirada de una mujer joven me taladra. Directa a mis ojos, como si me disparara con sus iris verdes. Abre la boca, leo sus labios en cámara lenta. «Yo también lo he visto». Ella no tiene la piel de lenteja y tampoco ha sido una heroína. Me siento mejor. Mal de muchos, consuelo de tontos, pero consuelo al fin y al cabo.
El metro arranca y algo ocurre. No es una avería mecánica. Las luces fluorescentes parpadean con una violencia epiléptica, estroboscópica. El chirrido de las ruedas contra los raíles de la L1 sube de tono hasta convertirse en un zumbido, una frecuencia que solo yo puedo oír.
Mi abuela hablaba de tierra fértil, pero no sabía nada de los isótopos que se acumulan bajo el Eixample, de la radiación que emanan las catenarias de la línea roja. Siento cómo esa energía, esos "rayos gamma", entran por mis poros de lenteja, hierven en mi sangre y reescriben mi ADN. Me falta el aire. Agarro a la barra y dejo la marca de mis dedos en el acero.
Ya no soy el figurante. Me enderezo y siento una espalda nueva, ancha, indestructible, una coraza. Me siento como Clark Kent en una cabina telefónica. Ya no soy el chaval que baja la cabeza. Soy el Batman del subsuelo, el justiciero de la T-casual.
Me concentro. Siento el nuevo músculo en mi cerebro, el gatillo del poder. Miro a la chica. Su piel rosada, perfecta, normativa. Apunto con mi mente. Disparo una ráfaga de melanina concentrada. Es instantáneo. Un fogonazo que nadie ve.
La chica parpadea, se mira las manos: ahora de color lenteja. La señora del abrigo camel grita al ver sus muñecas oscuras: piel de lenteja. El ejecutivo, el turista, el estudiante: todos mutan bajo mi poder igualitario. He democratizado el vagón.
Miro mi reflejo en el cristal. Sigo siendo piel de lenteja, pero miro a mi alrededor y sonrío: los demás también.