Autor/a
Anne Shirley
Categoria
Relat lliure
El metro danza
En la parada de Poble Sec, la que cojo diariamente para poder vivir un día más por la amplia Barcelona, sube junto a mí un aparente pasajero más. Digo aparente porque lleva a sus espaldas un pequeño violín que le hace algo interesante y que me hace preguntarme lo obvio; debe ser su compañero, con el que habla en sus largos pero nunca aburridos viajes.
Yo tomo asiento, mientras él permanece de pie al lado de la puerta. Parece que hace el intento de salir una vez el metro está en marcha. En sus ojos se refleja una abrumadora sensación de incomodidad y, además, parece una estatua al estar paralizado por todos sus pensamientos, que deduzco que van a mil por hora.
Alejo la mirada de él, aunque diría que soy la única que se ha percatado de su disimulada presencia. De repente, se empieza a escuchar una dulce melodía. Sin aún levantar la mirada, deseo que no sea la simple música procedente del móvil del pasajero sentado a mi lado.
Afortunadamente, no lo era. Al subir la mirada, me quedé sorprendida al ver cómo el violinista se había decidido a dejarse llevar con el movimiento del vagón. Quedé totalmente embobada al ver la delicadeza con la que se dedicaba a frotar sus cuerdas, haciendo sonar la melodía más bonita y que desearía que fuera banda sonora de todos mis viajes.
El metro baila, y con su vaivén hacía danzar también al violinista. Para muchos se debía tratar de un ruido más irrumpiendo en su ajetreada rutina, pero aquellos que dedicaran su tiempo, a no solo escuchar, sino a observar, descubrirían arte. El violinista tocaba, aun con los ojos cerrados. Sentía cada nota que desprendía como si aquella melodía le fuera a salvar de su propia vida. Tocaba y tocaba sin cesar, y yo me limitaba a admirar su pasión.
Una vez acabó, pude volver a mí, dándome cuenta de que me había pasado de parada. Me daba igual; de hecho, me hubiera movido de vagón solo por escucharlo una vez más. Me ofreció su sombrero amablemente, en el cual lancé el solitario euro que se encontraba en lo más profundo de mi bolsillo.
Él seguiría su curso, seguiría haciendo danzar al metro un día más. Pero para mí, me había brindado un trozo de él con su música, me había abierto el corazón con su melodía.
Yo tomo asiento, mientras él permanece de pie al lado de la puerta. Parece que hace el intento de salir una vez el metro está en marcha. En sus ojos se refleja una abrumadora sensación de incomodidad y, además, parece una estatua al estar paralizado por todos sus pensamientos, que deduzco que van a mil por hora.
Alejo la mirada de él, aunque diría que soy la única que se ha percatado de su disimulada presencia. De repente, se empieza a escuchar una dulce melodía. Sin aún levantar la mirada, deseo que no sea la simple música procedente del móvil del pasajero sentado a mi lado.
Afortunadamente, no lo era. Al subir la mirada, me quedé sorprendida al ver cómo el violinista se había decidido a dejarse llevar con el movimiento del vagón. Quedé totalmente embobada al ver la delicadeza con la que se dedicaba a frotar sus cuerdas, haciendo sonar la melodía más bonita y que desearía que fuera banda sonora de todos mis viajes.
El metro baila, y con su vaivén hacía danzar también al violinista. Para muchos se debía tratar de un ruido más irrumpiendo en su ajetreada rutina, pero aquellos que dedicaran su tiempo, a no solo escuchar, sino a observar, descubrirían arte. El violinista tocaba, aun con los ojos cerrados. Sentía cada nota que desprendía como si aquella melodía le fuera a salvar de su propia vida. Tocaba y tocaba sin cesar, y yo me limitaba a admirar su pasión.
Una vez acabó, pude volver a mí, dándome cuenta de que me había pasado de parada. Me daba igual; de hecho, me hubiera movido de vagón solo por escucharlo una vez más. Me ofreció su sombrero amablemente, en el cual lancé el solitario euro que se encontraba en lo más profundo de mi bolsillo.
Él seguiría su curso, seguiría haciendo danzar al metro un día más. Pero para mí, me había brindado un trozo de él con su música, me había abierto el corazón con su melodía.