Autor/a
emeceo
Categoria
Relat lliure
Relat lliure

Estación equivocada

Fue en el andén donde traicioné a mi mejor amiga y me enamoré del amor de mi vida.
Éramos mejores amigos, nos lo contábamos todo, o eso creía yo... Él se enrollaba con mi mejor amiga, y yo escuchaba los detalles como si no me importara, hasta que todo cambió, como nos mirábamos cuando volvíamos en metro, como nos acercábamos. Y un día me besó, con el ruido de las puertas cerrándose, me acordé de ella, pensé en nuestra amistad. Pero aun así no me aparté de él. No se lo contamos.
Ahí empezó todo, el distanciamiento con ella, mensajes sin contestar, miradas cómplices entre nosotros, secretos... Él me dijo que dejaría de verse con ella, que no significaba nada, quise creerlo, mentía. No podía aceptar que perdería a mi mejor amiga por alguien que no sabía si me elegiría a mi.
Hasta que un día llegué a casa y me los encontré a los dos en mi sofá.
No se que pasó, fue muy rápido, solo recuerdo la ira, la tristeza y humillación que sentí, y como le dije a ella que se fuera de mi casa. No discutimos, solo se fue. Y con ella una amistad que nunca más recuperaríamos.
Desde ese día dejamos de ser amigas, y él y yo empezamos a tener algo. Pensé que al empezar, con el amor que nos teníamos, se solucionaría todo. Pero cuando algo empieza mal, arrasa con todo.
Durante un tiempo pensé que éramos felices, que lo difícil para mí había sido romper la relación con mi amiga, que ahora ya nada se interponía entre él y yo.  Pero la confianza no se construye de un día para otro, se construye con hechos, y los hechos empezaban a tambalearse.
Una noche tuvimos una pelea absurda, pero que terminó siendo realmente importante. Gritamos y nos dijimos cosas que no debíamos. Él se fue dando un portazo, y yo me quedé esperando que me mandara un mensaje o algo, hasta que lo llamé, y la escuché a ella de fondo. Descubrí que se había ido a casa de ella, así que cogí una AMBici y me planté en su puerta. Cuando llegué, llamé al timbre y ella me abrió la puerta, se sorprendió.
-Está durmiendo, si quieres entra- dijo.
Pero, ¿Cómo iba a entrar? Claro que quería comprobarlo, pero no iba a darle el poder de verme pequeña. Me fui en el último metro, repasando cada mentira, cada mensaje borrado, cada duda que ya vivía conmigo.
Al día siguiente vino a pedirme perdón y lo perdone, pero algo dentro de mí se volvió oscuro: revisaba silencios, buscaba pruebas, imaginaba traiciones incluso cuando no las había. Me convertí en alguien que no me gustaba.
Durante mucho tiempo pensé que lo valiente o ideal era dejarlo. Hasta que un día decidí hacerlo.
Quedamos en la misma estación donde empezó todo. El tren llegó, y mientras las puertas se abrían, lo observaba salir. Le dije que no podíamos seguir así, que el amor no puede construirse sobre ruinas. Llegó otro metro y pensé que ese era el final, dos personas que se quisieron mal por no saber hacerlo mejor.
El tren arrancó.
Eso fue hace siete años.
No lo dejé. No subió, nos quedamos. Nos equivocamos muchas veces más, pero empezamos a decirnos la verdad, a dejar de escondernos, crecimos.
Perdí una amiga y aprendí que el amor no justifica todo, que la culpa pesa, la desconfianza desgasta y que nadie merece convertirse en su peor versión por miedo a perder a alguien. Él cambió, yo también.
Hoy seguimos cogiendo el metro juntos, hablamos de hipotecas y de amueblar un piso que todavía no tenemos. A veces pasamos por la estación y nos acordamos de quienes éramos.
No estoy orgullosa de como empezó, pero sí de en quién nos convertimos después.
Fin.