Autor/a
MariaIn
Categoria
Relat lliure
Un minuto bajo tierra
El metro se detuvo justo entre Diagonal y Fontana, y por un instante sentí que el tiempo también había decidido quedarse quieto. Subí en Passeig de Gracia con el café aún caliente y la mochila medio abierta, como cada mañana. La L3 olía a prisas, mochilas rebosantes y periódicos que alguien hojeaba con fruición. Entre los pasajeros se percibía la rutina: un hombre con periódico fruncía el ceño en la sección de economía; la chica con auriculares movía los labios como ensayando palabras que no salían; una madre sujetaba a su hijo medio dormido, intentando que no se apoyara demasiado en su hombro.
En Fontana subió una mujer. Pelo blanco recogido en un moño pequeño y firme, bolso de tela con flores bordadas y una sonrisa tranquila que parecía conocer algún secreto del vagón. No sé cómo se llama en realidad; yo le puse Carmen porque necesitaba llamarla de algún modo en mi cabeza. Se sentó frente a mí y empezó a organizar su bolso con la calma de quien dirige una pequeña orquesta subterránea.
Hoy, entre Diagonal y Fontana, el tren se detuvo. La megafonía murmuró “incidencia técnica” y el vagón quedó en un silencio inesperado. Suspiros, miradas al reloj, dedos desbloqueando móviles. Todos percibimos que el tiempo se había estirado un poco más de lo normal.
Bueno, esto nos da un minuto para respirar dijo Carmen.
Su voz era clara y natural, y aunque todos éramos desconocidos, nos encontramos sonriendo. El niño gimió suavemente, la madre sonrió con complicidad, el hombre del periódico frunció menos el ceño. Incluso la chica de los auriculares bajó uno de ellos para escuchar mejor.
Durante ese minuto, el vagón dejó de ser un simple vehículo de transporte. Se sintió como un pequeño refugio subterráneo, un lugar donde incluso los más serios podían soltar un suspiro y compartir un instante de humanidad. El traqueteo del tren parecía más suave, y el aroma a café se mezclaba con un frescor casi imperceptible que hacía que el mundo exterior se sintiera más lejano.
Cuando el tren arrancó de nuevo y Carmen bajó en Fontana, su sonrisa quedó flotando en el aire. Nadie dijo nada, pero todos sentimos que algo había cambiado: un pequeño instante, compartido y un poco extraño, había hecho que el metro se sintiera más humano, menos rutinario.
Yo continué mi viaje hasta Lesseps, pensando que esos minutos detenidos entre estaciones, esos pequeños paréntesis, podían ser milagros en la ciudad que nunca se detiene. Cada vez que el tren se detiene unos segundos de más, miro a los pasajeros a mi alrededor y pienso en Carmen, la mujer a la que yo le puse un nombre solo para sentir que, aunque fugazmente, compartimos algo más que un viaje.
Y me pregunto si ella también recuerda esos segundos, o si simplemente, como todos nosotros, sigue corriendo hacia su próxima parada, mientras el metro nos lleva a toda velocidad por la ciudad subterránea que no duerme.
En Fontana subió una mujer. Pelo blanco recogido en un moño pequeño y firme, bolso de tela con flores bordadas y una sonrisa tranquila que parecía conocer algún secreto del vagón. No sé cómo se llama en realidad; yo le puse Carmen porque necesitaba llamarla de algún modo en mi cabeza. Se sentó frente a mí y empezó a organizar su bolso con la calma de quien dirige una pequeña orquesta subterránea.
Hoy, entre Diagonal y Fontana, el tren se detuvo. La megafonía murmuró “incidencia técnica” y el vagón quedó en un silencio inesperado. Suspiros, miradas al reloj, dedos desbloqueando móviles. Todos percibimos que el tiempo se había estirado un poco más de lo normal.
Bueno, esto nos da un minuto para respirar dijo Carmen.
Su voz era clara y natural, y aunque todos éramos desconocidos, nos encontramos sonriendo. El niño gimió suavemente, la madre sonrió con complicidad, el hombre del periódico frunció menos el ceño. Incluso la chica de los auriculares bajó uno de ellos para escuchar mejor.
Durante ese minuto, el vagón dejó de ser un simple vehículo de transporte. Se sintió como un pequeño refugio subterráneo, un lugar donde incluso los más serios podían soltar un suspiro y compartir un instante de humanidad. El traqueteo del tren parecía más suave, y el aroma a café se mezclaba con un frescor casi imperceptible que hacía que el mundo exterior se sintiera más lejano.
Cuando el tren arrancó de nuevo y Carmen bajó en Fontana, su sonrisa quedó flotando en el aire. Nadie dijo nada, pero todos sentimos que algo había cambiado: un pequeño instante, compartido y un poco extraño, había hecho que el metro se sintiera más humano, menos rutinario.
Yo continué mi viaje hasta Lesseps, pensando que esos minutos detenidos entre estaciones, esos pequeños paréntesis, podían ser milagros en la ciudad que nunca se detiene. Cada vez que el tren se detiene unos segundos de más, miro a los pasajeros a mi alrededor y pienso en Carmen, la mujer a la que yo le puse un nombre solo para sentir que, aunque fugazmente, compartimos algo más que un viaje.
Y me pregunto si ella también recuerda esos segundos, o si simplemente, como todos nosotros, sigue corriendo hacia su próxima parada, mientras el metro nos lleva a toda velocidad por la ciudad subterránea que no duerme.