Autor/a
MariaIn
Categoria
Relat lliure
Última parada
El último metro de la L3 llegaba con un suspiro cansado. Subí en Passeig de Gracia a las 23:58. El vagón estaba casi vacío: una pareja discutiendo, un hombre con auriculares y una mujer mayor sentada al fondo con un bolso negro sobre las rodillas.
Me senté. Cuando arrancamos, las luces parpadearon. En Diagonal bajó la pareja; en Fontana, el hombre. Solo quedábamos la mujer y yo.
De pronto, el tren se detuvo entre estaciones y las luces se apagaron. Oscuridad total. Busqué el móvil: sin batería. Oí un roce, un tac… tac… tac… pasos descalzos. Las luces de emergencia rojizas dibujaron apenas sombras: el asiento estaba vacío. Solo el bolso permanecía allí.
Un frío húmedo me recorrió la nuca. El bolso se inclinó y cayó, dejando salir un agua espesa y oscura que avanzaba hacia mí con lentitud imposible. Retrocedí hasta chocar con la puerta y el goteo cesó.
Entonces la vi reflejada en el cristal: la mujer estaba detrás de mí. Sus ojos completamente blancos, la boca entreabierta y gotas de su pelo cayendo sin tocar el suelo.
Esta no es tu parada susurró, sin mover los labios.
Me giré: nadie. Solo su reflejo.
El tren arrancó bruscamente, las luces volvieron, el pasillo estaba seco y el bolso había desaparecido. Llegamos a la siguiente estación: el andén vacío, un letrero con un nombre desconocido. Las puertas se cerraban cuando, al otro lado del cristal, la mujer estaba inmóvil. Sonrió. El tren arrancó de nuevo.
El panel sobre la puerta marcaba: “Servicio fuera de línea”. Desde entonces, cada noche a las 23:58, el último metro pasa… pero nunca vuelve al depósito.
Me senté. Cuando arrancamos, las luces parpadearon. En Diagonal bajó la pareja; en Fontana, el hombre. Solo quedábamos la mujer y yo.
De pronto, el tren se detuvo entre estaciones y las luces se apagaron. Oscuridad total. Busqué el móvil: sin batería. Oí un roce, un tac… tac… tac… pasos descalzos. Las luces de emergencia rojizas dibujaron apenas sombras: el asiento estaba vacío. Solo el bolso permanecía allí.
Un frío húmedo me recorrió la nuca. El bolso se inclinó y cayó, dejando salir un agua espesa y oscura que avanzaba hacia mí con lentitud imposible. Retrocedí hasta chocar con la puerta y el goteo cesó.
Entonces la vi reflejada en el cristal: la mujer estaba detrás de mí. Sus ojos completamente blancos, la boca entreabierta y gotas de su pelo cayendo sin tocar el suelo.
Esta no es tu parada susurró, sin mover los labios.
Me giré: nadie. Solo su reflejo.
El tren arrancó bruscamente, las luces volvieron, el pasillo estaba seco y el bolso había desaparecido. Llegamos a la siguiente estación: el andén vacío, un letrero con un nombre desconocido. Las puertas se cerraban cuando, al otro lado del cristal, la mujer estaba inmóvil. Sonrió. El tren arrancó de nuevo.
El panel sobre la puerta marcaba: “Servicio fuera de línea”. Desde entonces, cada noche a las 23:58, el último metro pasa… pero nunca vuelve al depósito.