Autor/a
BOLENA
Categoria
Relat lliure
"A mi querida Nati"
Todo iba muy rápido, los ir y venir de la gente con las chaquetas y sus corbatas tan bien anudadas. La visión general del paisaje estaba cubierta por los sombreros de los hombres que se cruzaban con la prisa que toca. Era la primera vez después de 3 años que el rey Alfonso XIII había inaugurado el primer metro que decidí subir a uno de esos. " Las cosas tan modernas no benefician a nadie, el progreso realmente va a hacer que nos perdamos como sociedad", me decía. Realmente no sé si fue por el buen día que hacía o el bullicio de gente que me acabó arrastrando hacia la boca de ese metro. "Las escaleras hacia el infierno, por supuesto no va a salir nada bueno de todo eso, pero supongo que alguien debe dar ese paso por lo demás y más por este gasto de 0.15 pesetas innecesarias"- refunfuñaba. Cuando entré, recuerdo ese olor de piedra y asfalto sumada a la idea de ver a esa bestia de metal roja, con una luz central moviéndose a través de cables. Era una creación imposible y seguro en el pueblo nadie me hubiese creído ni que lo explicara 100 veces. En medio del pánico que me causaba todo eso sujeté mi sombrero fuertemente, mientras nuevamente el bullicio me empujaba hacia dentro del vagón, todo tan rápido que ni siquiera fui capaz de quejarme. Ahí estaba yo, Indalecio Ortigosa, el primero de mi familia dentro de un vagón con revestimientos de madera barnizada y metales remachados. Asientos enfrentados que pretendían guardar el disimulo de no mirar al de al lado fijamente por decencia. Las bombillas de luz cálida empezaron a ser un punto focal que me llevó a tensarme demasiado a la vez que a sudar horrores. Ante ese estrés decidí salir corriendo y arranqué a correr. Salí del vagón, pero resultó que choqué con alguien fuertemente y tuve que parar saliendo así de mi shock mental. " Discúlpeme caballero, ¿está usted bien?" dijo una voz. De repente todo paró, todo paró porque te vi por primera vez y todo lo que nunca tuvo sentido de repente lo tuvo. Cualquier razonamiento que pudiera querer meter en ese balbuceo de palabras carecí de toda lógica. ¿Por qué el Sol estaba en ese túnel del infierno? ¿Acaso había perdonado dios esas creaciones y había permitido bajar algún ángel? No sé si aún sabes que después de tantos años sigo recordando tu sonrisa. Tu mano devolviéndome el sombrero que tan fuerte y ya deformado había quedado de tantos nervios que había pasado en esa aventura de entrar al metro, pero tú, como si nada, te ofreciste con tu calidez a ayudarme. Palomita blanca, de sonrisa cálida y ojos brillantes, aún recuerdo nuestra historia, una historia que se quedó en un silencio por mi parte porque tu voz era lo único que quería escuchar. Alguien te llamó y te despediste amablemente. Te giraste, con ojos tiernos, decidiste mirar atrás con una sonrisa. Te cuento hoy que ese momento valió la pena, porque entre tanta gente me viste y te vi, quedando grabada entre las vías y el hierro una historia, una historia que jamás contó nadie y que seguramente no tendría valor por lo efímera que fue, pero yo puedo asegurar y aquí en mis memorias de vida puedo decir que yo: Indalecio Ortigosa, un día bajé a un túnel y encontré el diamante más brillante. Es cierto que me casé y tuve una familia y una mujer bondadosa pero no quiero que esto quede en el olvido. Siempre recordé tu rostro, un rostro que no quiero que quede desdibujado en el olvido entre nuevas historias y construcciones más modernas, nosotros existimos y para mí eso fue suficiente. Siempre tuyo.