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Relat lliure
Suspendidos en el cielo
El Funicular de Montjuïc se puso en marcha de un tirón leve y se sintió un ruido grave, como de engranajes que despiertan. El suelo vibró en nuestros pies y el vidrio, frío al tacto, comenzó a llenarse de luz. Mis hijos corrieron hacia la ventana poniendo sus manos en el vidrio y dejaron sus pequeñas huellas mientras buscaban la ciudad como un juguete que recién habían abierto.
Mis padres permanecieron sentados. Mi madre ajustó el bolso sobre las rodillas; mi padre se llevó instintivamente la mano al pasamanos. No miraban afuera todavía, miraban a sus nietos, como recordando otro viaje, en 2019, cuando vinieron a conocer a un bebé que cabía entero en el antebrazo del abuelo, pero esa es otra historia.
Ahora el funicular se movía y la ciudad se desplegaba desde lo alto. El puerto aparecía ordenado; los barcos inmóviles, y el mar calmado. Al pasar junto a la ladera, entró por una rendija el olor tibio de vegetación. Mi padre sonrió. “Desde aquí no asusta tanto”, dijo, y no supe si hablaba de la altura, del tiempo o de la vida.
Mis hijos señalaban el castillo, las calles diminutas, el puerto, lo señalaban todo. Reían cuando el funicular crujía, convencidos de que el sonido era parte del juego. No sabían que ese trayecto se quedaría en nuestro recuerdo, intacto, como una fotografía sin papel.
De pronto, una mujer mayor con bastón entró al vagón. Los asientos estaban casi todos ocupados, pero mi hijo mayor se levantó sin pensarlo. “Abuela, siéntate aquí”, dijo, sonriendo. La mujer aceptó, y mi esposo le guiñó un ojo. Otros pasajeros, viendo el gesto, cedieron sus lugares a quienes subían detrás. En ese pequeño vagón, entre curvas y risas, todos parecíamos entender algo sin palabras: Barcelona se mira desde arriba.
Cuando llegamos arriba, las puertas tardaron segundos en abrirse. Nadie se movió, nos quedamos suspendidos, escuchando cómo la maquinaria crujía. En ese momento entendí que algunos viajes no sirven para llegar a un sitio, existen para elevarnos lo justo, para enseñarnos que hay momentos en los que una familia entera cabe dentro de una cabina, y una ciudad se deja mirar desde el cielo.
Y mientras mis hijos tiraban de nuestras manos para salir corriendo hacia la luz, miré a mis padres. Sus pasos eran más lentos que antes, pero estaban allí, presentes, compartiendo la misma altura, el mismo aire. Sentí una gratitud silenciosa, casi frágil, como si ese instante pudiera romperse si hablábamos demasiado fuerte. Comprendí que no era la ciudad la que estaba suspendida, sino nosotros: entre el pasado y el futuro, entre quienes fuimos y quienes están creciendo frente a nuestros ojos. Y deseé, con una intensidad serena, que la cabina se quedara detenida un segundo más, sosteniéndonos a todos en ese pequeño cielo compartido.
Mis padres permanecieron sentados. Mi madre ajustó el bolso sobre las rodillas; mi padre se llevó instintivamente la mano al pasamanos. No miraban afuera todavía, miraban a sus nietos, como recordando otro viaje, en 2019, cuando vinieron a conocer a un bebé que cabía entero en el antebrazo del abuelo, pero esa es otra historia.
Ahora el funicular se movía y la ciudad se desplegaba desde lo alto. El puerto aparecía ordenado; los barcos inmóviles, y el mar calmado. Al pasar junto a la ladera, entró por una rendija el olor tibio de vegetación. Mi padre sonrió. “Desde aquí no asusta tanto”, dijo, y no supe si hablaba de la altura, del tiempo o de la vida.
Mis hijos señalaban el castillo, las calles diminutas, el puerto, lo señalaban todo. Reían cuando el funicular crujía, convencidos de que el sonido era parte del juego. No sabían que ese trayecto se quedaría en nuestro recuerdo, intacto, como una fotografía sin papel.
De pronto, una mujer mayor con bastón entró al vagón. Los asientos estaban casi todos ocupados, pero mi hijo mayor se levantó sin pensarlo. “Abuela, siéntate aquí”, dijo, sonriendo. La mujer aceptó, y mi esposo le guiñó un ojo. Otros pasajeros, viendo el gesto, cedieron sus lugares a quienes subían detrás. En ese pequeño vagón, entre curvas y risas, todos parecíamos entender algo sin palabras: Barcelona se mira desde arriba.
Cuando llegamos arriba, las puertas tardaron segundos en abrirse. Nadie se movió, nos quedamos suspendidos, escuchando cómo la maquinaria crujía. En ese momento entendí que algunos viajes no sirven para llegar a un sitio, existen para elevarnos lo justo, para enseñarnos que hay momentos en los que una familia entera cabe dentro de una cabina, y una ciudad se deja mirar desde el cielo.
Y mientras mis hijos tiraban de nuestras manos para salir corriendo hacia la luz, miré a mis padres. Sus pasos eran más lentos que antes, pero estaban allí, presentes, compartiendo la misma altura, el mismo aire. Sentí una gratitud silenciosa, casi frágil, como si ese instante pudiera romperse si hablábamos demasiado fuerte. Comprendí que no era la ciudad la que estaba suspendida, sino nosotros: entre el pasado y el futuro, entre quienes fuimos y quienes están creciendo frente a nuestros ojos. Y deseé, con una intensidad serena, que la cabina se quedara detenida un segundo más, sosteniéndonos a todos en ese pequeño cielo compartido.