Autor/a
Némesis
Categoria
Relat lliure
Relat lliure

Mi parada

Cada mañana, a las 8:17, el tren de la L3 llegaba con su quejido metálico y Marcos sentía que el día empezaba siempre igual. Tenía veinticinco años, un trabajo que no le disgustaba y la vaga sensación de que algo extraordinario estaba por ocurrir, o al menos eso quería creer para iniciar su rutina.

Lo supo el martes en que la vió.

Ella subió en Diagonal. Auriculares blancos, pelo oscuro recogido en un moño de esos que parecen apresurados, espontáneos, y un libro abrazado contra el pecho. No era solo guapa; había en su manera de mirar hacia el túnel una especie de horizonte invisible, de ilusión esperanzada.

Marcos la miró demasiado tiempo. Lo suficiente para sentirse como perdido y quizás vulnerable.

Al día siguiente volvió a verla. Y al otro. Y así durante casi un mes en que coincidieron en el mismo tren, en el mismo vagón, a la misma hora. Hubo algo de planificación por parte de Marcos, que cómo no, tenía claro en qué vagón debía realizar su trayecto. Él empezó a medir sus mañanas con precisión milimétrica para situarse cerca, aunque no demasiado. No se atrevía a preguntarse si ella se había percatado de su presencia, de su habitual presencia. Marcos se aprendió sus gestos y se deleitaba con ellos: cómo fruncía el ceño al leer, cómo sonreía apenas al recibir un mensaje, cómo apartaba un mechón rebelde cuando el vagón se llenaba.

Ensayó mil veces qué decirle.

“Hola, creo que coincidimos cada día…”

“Me gusta el libro que estás leyendo…”

Pero cuando el momento parecía perfecto, el valor se le deshacía en la garganta, le faltaban las palabras. Le sobraban las excusas. Siempre había demasiado ruido, demasiada gente, demasiado miedo. Demasiada procrastinación.

El último lunes del mes decidió que sería distinto. Apenas durmió. Frente al espejo repitió: “Hola, soy Marcos. ¿Te apetece un café?”.

Llegó temprano. El tren entró en la estación. Miró primero con el corazón desbocado, y retocándose la vestimenta y el cabello, aunque no era algo habitual en él.

Ella no estaba.

Pensó que sería casualidad. Esperó al siguiente tren. Tampoco. Durante toda la semana cambió de vagón, de horario, recorrió andenes enteros buscando aquel moño oscuro y aquel libro abrazado al pecho. Nada.

La ciudad se volvió más fría. El asiento vacío frente a él le devolvía una verdad dolorosa: se había enamorado sin haber pronunciado una sola palabra.

Pasaron 15 días, monótonos, interminables. Pero, el viernes, agotado y a punto de rendirse, permanecía de pie en el andén mirando sin ver. Un tren entró en la vía contraria con un soplo de aire caliente. Levantó la vista… y la vió.

No en el vagón.

En la cabina.

Uniforme azul marino, el cabello recogido con pulcritud, las manos firmes sobre los mandos. El tren se detuvo. Ella salió un instante para comprobar algo en el andén, habló con un compañero y sonrió. No era una sonrisa distraída: era la de quien ha conquistado un sueño.

Había obtenido su plaza como conductora de metro.

Antes de volver a la cabina, sus miradas se cruzaron. Esta vez no fue un cruce accidental. Ella sostuvo sus ojos un segundo más de lo necesario. Y sonrió.

El tren arrancó suavemente.

Marcos se quedó inmóvil, ya no triste. Comprendió que las historias no desaparecen; simplemente cambian de dirección.

Al día siguiente volvería. Y cuando la viera bajar de la cabina al finalizar su turno, caminaría hacia ella.

No para hablarle del mes en silencio.

Solo para decirle:

—Hola. Soy Marcos. Y creo que, por fin, he llegado a mi parada.