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Vedija
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Relat lliure
Destino a la carta
El conductor abrió las puertas del H2. Aún no había terminado su tiempo de descanso, pero hacía tanto frío que le sabía mal que la gente estuviera fuera esperando.
El último en subir fue Mikel, un niño de trece años que, como cada día, se despidió de su madre con un beso y subió solo al autobús para ir al colegio.
—¡Buenos días! —dijo el niño.
—¡Buenos días, joven! —contestó el conductor.
—¿Hasta dónde te lleva este autobús? —preguntó, curioso.
El conductor, tirándole de la lengua, le contestó:
—Este autobús te puede llevar a donde tú quieras.
El niño sonrió y dijo:
—¿Qué dices? ¿Cómo que dónde yo quiera?
—Pues eso, donde tú quieras. ¿Adónde te gustaría ir?
—¡Jajaja, venga ya! ¡Estás bromeando! —exclamó el niño.
—No no, no es broma. Prueba y verás. Pide por esa boquita.
—Pues me gustaría ir… ¡A la Luna!
—¡No no no, espera espera! ¡Llévame a Hollywood! —añadió—. Y también quiero ir… ¡Al hospital más grande del mundo!
—Bueno bueno, para para para —interrumpió el hombre—. Me vas a volver loco. Tienes que decidir a cuál de ellos quieres ir primero.
—Pero antes quiero que me cuentes: ¿Por qué quieres ir tú a todos esos sitios?
—Pues porque quiero viajar muy muy lejos, y la luna está muy lejos ¿no?
—Ya lo creo que está lejos. ¿Y después?
—Después… no, después no. También quiero ir a Hollywood, pero para hacer una película de superhéroes. Mi madre dice que mi abuelo era un superhéroe.
—¡Anda, no me digas! —dijo el conductor, haciéndose el sorprendido.
—Pero primero, quiero ir al hospital más grande del mundo —terminó diciendo el niño.
—¿Y eso?
—Porque de mayor quiero ser de los que arreglan las cosas.
—Ah, ¿quieres ser médico?
—Sí, eso: médico. Médico del hospital más grande del mundo. Para que nadie se quede solo esperando.
—Pues claro, qué bien, no había pensado nunca en eso. Pues nada…¡Vamos allá! —exclamó el hombre al tiempo que arrancaba el autobús.
—¡Comienza el viaje! Agárrate bien y no te muevas de mi lado. Yo te avisaré cuando lleguemos —le dijo el conductor.
El niño se quedó allí, sin moverse y sin decir ni una palabra. Sabía que no debía hablar con el conductor mientras conducía. Pero su esfuerzo le costaba estar callado.
Emocionado y soñador, permaneció allí, junto al conductor, pensativo. Sin darse cuenta de que el autobús seguía la misma ruta, invariable, de cada mañana.
Al llegar a la parada cercana al colegio, el conductor le avisó:
—¡Su parada, joven!
—¿Cómo que mi parada? ¿Y el hospital?
—Esta es la primera parada de ese gran viaje, muchacho. Todos esos sitios a los que quieres ir, empiezan aquí, en tu colegio —dijo el hombre.
—Pero…
—Ya sé que no me crees, pero es así —insistió el conductor—. Tienes que creerme: estudia con ganas y llegarás a donde tú quieras. Piénsalo.
El niño se quedó parado, sin saber qué decir. Por su cabeza pasaron pensamientos de todo tipo. Se sentía desilusionado, engañado… Pero, por otro lado, sentía que sí, que podía ser verdad, y quería hacerlo.
—¡Vamos! ¿A qué esperas? ¡Que es para hoy!
El niño lo miró un instante a los ojos, muy serio. Se giró y, sin decir nada, bajó todos los escalones de un salto.
Y antes de cerrar las puertas, el viejo conductor le gritó diciendo:
—¡Joven!
—¿Qué? —contestó girándose, el chaval.
—¡Disfruta del viaje!
El último en subir fue Mikel, un niño de trece años que, como cada día, se despidió de su madre con un beso y subió solo al autobús para ir al colegio.
—¡Buenos días! —dijo el niño.
—¡Buenos días, joven! —contestó el conductor.
—¿Hasta dónde te lleva este autobús? —preguntó, curioso.
El conductor, tirándole de la lengua, le contestó:
—Este autobús te puede llevar a donde tú quieras.
El niño sonrió y dijo:
—¿Qué dices? ¿Cómo que dónde yo quiera?
—Pues eso, donde tú quieras. ¿Adónde te gustaría ir?
—¡Jajaja, venga ya! ¡Estás bromeando! —exclamó el niño.
—No no, no es broma. Prueba y verás. Pide por esa boquita.
—Pues me gustaría ir… ¡A la Luna!
—¡No no no, espera espera! ¡Llévame a Hollywood! —añadió—. Y también quiero ir… ¡Al hospital más grande del mundo!
—Bueno bueno, para para para —interrumpió el hombre—. Me vas a volver loco. Tienes que decidir a cuál de ellos quieres ir primero.
—Pero antes quiero que me cuentes: ¿Por qué quieres ir tú a todos esos sitios?
—Pues porque quiero viajar muy muy lejos, y la luna está muy lejos ¿no?
—Ya lo creo que está lejos. ¿Y después?
—Después… no, después no. También quiero ir a Hollywood, pero para hacer una película de superhéroes. Mi madre dice que mi abuelo era un superhéroe.
—¡Anda, no me digas! —dijo el conductor, haciéndose el sorprendido.
—Pero primero, quiero ir al hospital más grande del mundo —terminó diciendo el niño.
—¿Y eso?
—Porque de mayor quiero ser de los que arreglan las cosas.
—Ah, ¿quieres ser médico?
—Sí, eso: médico. Médico del hospital más grande del mundo. Para que nadie se quede solo esperando.
—Pues claro, qué bien, no había pensado nunca en eso. Pues nada…¡Vamos allá! —exclamó el hombre al tiempo que arrancaba el autobús.
—¡Comienza el viaje! Agárrate bien y no te muevas de mi lado. Yo te avisaré cuando lleguemos —le dijo el conductor.
El niño se quedó allí, sin moverse y sin decir ni una palabra. Sabía que no debía hablar con el conductor mientras conducía. Pero su esfuerzo le costaba estar callado.
Emocionado y soñador, permaneció allí, junto al conductor, pensativo. Sin darse cuenta de que el autobús seguía la misma ruta, invariable, de cada mañana.
Al llegar a la parada cercana al colegio, el conductor le avisó:
—¡Su parada, joven!
—¿Cómo que mi parada? ¿Y el hospital?
—Esta es la primera parada de ese gran viaje, muchacho. Todos esos sitios a los que quieres ir, empiezan aquí, en tu colegio —dijo el hombre.
—Pero…
—Ya sé que no me crees, pero es así —insistió el conductor—. Tienes que creerme: estudia con ganas y llegarás a donde tú quieras. Piénsalo.
El niño se quedó parado, sin saber qué decir. Por su cabeza pasaron pensamientos de todo tipo. Se sentía desilusionado, engañado… Pero, por otro lado, sentía que sí, que podía ser verdad, y quería hacerlo.
—¡Vamos! ¿A qué esperas? ¡Que es para hoy!
El niño lo miró un instante a los ojos, muy serio. Se giró y, sin decir nada, bajó todos los escalones de un salto.
Y antes de cerrar las puertas, el viejo conductor le gritó diciendo:
—¡Joven!
—¿Qué? —contestó girándose, el chaval.
—¡Disfruta del viaje!