Autor/a
Nuri Bernabé
Categoria
Relat lliure
El pellizco de la luna
Bernabé había cumplido los setenta hacía apenas unas semanas, y desde que su Nuri faltó, las noches de luna llena se habían convertido en una brújula. Salía de su piso en la Verneda mucho antes que la luz redondav empezase a asomar y emprendía su pequeña peregrinación: tranvía hasta Glòries, de allí en metro hasta Paral·lel para tomar el funicular que trepa por la falda de Montjuïc y, finalmente, el teleférico volando sobre los árboles hasta el castillo.
Había trayectos más directos, podia coger un taxi, subir andando el último tramo... pero disfrutaba con el ritual y todo para capturar una sola fotografía: la luna coronando Barcelona.
En esos trayectos solitarios había encontrado consuelo. El funicular, en particular, se había convertido en un santuario donde nadie le exigía hablar y donde podía sostener la cámara como si fuera una mano amiga. Pero cinco lunas llenas atrás, apareció ella.
Lourdes subía siempre en la misma estación, con una mochila ligera y una expresión libre, casi juvenil, a pesar de sus cabellos ya plateados. Vivía en el Poble Sec, lo supo por los saludos que a veces recibía de los vecinos al pasar. Bernabé la observaba discretamente, fruto de su timidez. Nunca intercambiaron palabra, pero cada mes coincidían como si una coreografía secreta los dirigiera.
Aquel atardecer de abril, el funicular estaba inusualment vacío y la cabina avanzaba con un murmullo suave. Bernabé sintió algo parecido a un empujón en el pecho —quizá la memoria de Nuria, quizá simple soledad— y se decidió.
—Parece que hoy tendremos buena toma —dijo, sin mirarla del todo.
Lourdes giró la cabeza y sonrió, sorprendida pero no incómoda.
—Sí. La ciudad brilla más cuando hay luna llena. ¿Usted también sube a fotografiarla?
Bernabé asintió. Ella le sostuvo la mirada un instante, uno de esos instantes que dejan un pequeño temblor.
—Cinco meses coincidiendo… ya tocaba saludarse, ¿no? —añadió ella con un guiño suave.
Él rió, más tímido que de costumbre.
Durante el resto del ascenso hablaron de cámaras, de rutas, de rincones favoritos del castillo. Lourdes tenía una voz cálida, de las que saben contar historias sin adornos.
Al llegar arriba, caminaron juntos hasta el mirador. La ciudad rebosante de primavera iba apagando sus colores y se engalanaba para una noche adornándose con una luna enorme, que se había posado sobre ella como una moneda brillante.
Bernabé enfocó su cámara; Lourdes, la suya. Pero antes de disparar, ella murmuró:
—Hoy la foto no es lo mejor que me llevo.
Él sintió de nuevo aquel pellizquito extraño, una mezcla de sorpresa y esperanza, tan inesperada que tuvo que respirar hondo.
Quizá la luna llena no solo ilumina la ciudad, pensó, sino también los caminos que uno creía apagados para siempre.
Había trayectos más directos, podia coger un taxi, subir andando el último tramo... pero disfrutaba con el ritual y todo para capturar una sola fotografía: la luna coronando Barcelona.
En esos trayectos solitarios había encontrado consuelo. El funicular, en particular, se había convertido en un santuario donde nadie le exigía hablar y donde podía sostener la cámara como si fuera una mano amiga. Pero cinco lunas llenas atrás, apareció ella.
Lourdes subía siempre en la misma estación, con una mochila ligera y una expresión libre, casi juvenil, a pesar de sus cabellos ya plateados. Vivía en el Poble Sec, lo supo por los saludos que a veces recibía de los vecinos al pasar. Bernabé la observaba discretamente, fruto de su timidez. Nunca intercambiaron palabra, pero cada mes coincidían como si una coreografía secreta los dirigiera.
Aquel atardecer de abril, el funicular estaba inusualment vacío y la cabina avanzaba con un murmullo suave. Bernabé sintió algo parecido a un empujón en el pecho —quizá la memoria de Nuria, quizá simple soledad— y se decidió.
—Parece que hoy tendremos buena toma —dijo, sin mirarla del todo.
Lourdes giró la cabeza y sonrió, sorprendida pero no incómoda.
—Sí. La ciudad brilla más cuando hay luna llena. ¿Usted también sube a fotografiarla?
Bernabé asintió. Ella le sostuvo la mirada un instante, uno de esos instantes que dejan un pequeño temblor.
—Cinco meses coincidiendo… ya tocaba saludarse, ¿no? —añadió ella con un guiño suave.
Él rió, más tímido que de costumbre.
Durante el resto del ascenso hablaron de cámaras, de rutas, de rincones favoritos del castillo. Lourdes tenía una voz cálida, de las que saben contar historias sin adornos.
Al llegar arriba, caminaron juntos hasta el mirador. La ciudad rebosante de primavera iba apagando sus colores y se engalanaba para una noche adornándose con una luna enorme, que se había posado sobre ella como una moneda brillante.
Bernabé enfocó su cámara; Lourdes, la suya. Pero antes de disparar, ella murmuró:
—Hoy la foto no es lo mejor que me llevo.
Él sintió de nuevo aquel pellizquito extraño, una mezcla de sorpresa y esperanza, tan inesperada que tuvo que respirar hondo.
Quizá la luna llena no solo ilumina la ciudad, pensó, sino también los caminos que uno creía apagados para siempre.