Autor/a
Lana
Categoria
Relat lliure
La corona de marte
La señora Angeles estaba esperando sentada en la parada de autobús del V21 para ir a la playa a dar un paseo, había dejado su bolso a su lado derecho, nunca salía de casa sin él. Sus pelos canosos y los surcos que habían dejado los años en su rostro delataban su edad avanzada. Desde hacía una década se había jubilado, y como le quedaba mucho tiempo libre, el médico le había aconsejado estirar las piernas a diario para mejorar la salud cardiovascular. Su estado físico era óptimo, no se podía quejar, a diferencia de otras personas de su edad, no se pasaba todo el día en la asistencia primaria padeciendo múltiples dolencias. Aquel amanecer, los rayos oblicuos del astro rey castigaban con fuerza los cuerpos, no hacía ni un poco de brisa; estaba empapada de sudor, se secó la frente con un clínex, bebió un poco de agua de una botella y durante un momento cerró los parpados para relajarse.
Brotó el autobús del asfalto, subió en él y enfiló por la calle Marina hacía abajo, a la Vil·la Olímpica. Estaba abarrotado, era primera hora de la mañana, la gente iba a trabajar, pero había conseguido un asiento. Justo antes de llegar a su destino, sin previo aviso, por arte de magia, el vehículo fue despegándose en sentido vertical del pavimento, al igual que un transbordador espacial, hasta llegar a la línea del firmamento y salir al espacio exterior en un mar tapizado de estrellas. Todos los pasajeros estaban asombrados, boquiabiertos, sujetándose aterrados con fuerza a los asientos y a las barras, el conductor hacia gestos para que guardasen la calma, pero no conseguía su propósito.
El vehículo se dirigió a Marte a la velocidad de la luz y cuando llegó a su objetivo aterrizó en el planeta del dios de la guerra. Angeles estaba asustada, pero como un gato, su curiosidad era más fuerte, le pidió al conductor que abriera las puertas y bajó hasta el suelo, los demás pasajeros muertos de miedo no se atrevieron y permanecieron dentro apilados. A los pocos minutos, delante del autobús apareció una comitiva de seres con forma holográfica y humanoide que resplandecían con un brillo azul. Cabeza en forma de bombilla y cuerpo delgado, como de alambre, sus ojos eran almendrados y su boca chata. El que encabezaba el grupo, llevaba una almohadilla con una corona dorada de seis puntas en las manos; se adelantó, se puso de rodillas, se la ofreció y empezó a hablar: “Según la profecía milenaria, vendrá del planeta Tierra, la escogida para ser emperatriz de Marte. Esa eres tú Angeles, su magnificencia, te ofrecemos el planeta rojo para que lo gobiernes con acierto y lo lleves a la prosperidad,”
Angeles abrió los ojos, aún estaba en la parada de autobús sentada, no se había movido de allí, rodeada de personas desconocidas que la observaban examinándola. Un guardia urbano le preguntó si estaba bien, parece ser que se había transpuesto con el calor y había perdido el conocimiento durante un tiempo, ella dijo que estaba perfectamente, que no había pasado nada. La gente, al poco rato, se fue dispersando. Cogió su bolso que parecía una roca pesada, lo abrió y dentro encontró sorprendida una corona dorada de seis puntas.
Brotó el autobús del asfalto, subió en él y enfiló por la calle Marina hacía abajo, a la Vil·la Olímpica. Estaba abarrotado, era primera hora de la mañana, la gente iba a trabajar, pero había conseguido un asiento. Justo antes de llegar a su destino, sin previo aviso, por arte de magia, el vehículo fue despegándose en sentido vertical del pavimento, al igual que un transbordador espacial, hasta llegar a la línea del firmamento y salir al espacio exterior en un mar tapizado de estrellas. Todos los pasajeros estaban asombrados, boquiabiertos, sujetándose aterrados con fuerza a los asientos y a las barras, el conductor hacia gestos para que guardasen la calma, pero no conseguía su propósito.
El vehículo se dirigió a Marte a la velocidad de la luz y cuando llegó a su objetivo aterrizó en el planeta del dios de la guerra. Angeles estaba asustada, pero como un gato, su curiosidad era más fuerte, le pidió al conductor que abriera las puertas y bajó hasta el suelo, los demás pasajeros muertos de miedo no se atrevieron y permanecieron dentro apilados. A los pocos minutos, delante del autobús apareció una comitiva de seres con forma holográfica y humanoide que resplandecían con un brillo azul. Cabeza en forma de bombilla y cuerpo delgado, como de alambre, sus ojos eran almendrados y su boca chata. El que encabezaba el grupo, llevaba una almohadilla con una corona dorada de seis puntas en las manos; se adelantó, se puso de rodillas, se la ofreció y empezó a hablar: “Según la profecía milenaria, vendrá del planeta Tierra, la escogida para ser emperatriz de Marte. Esa eres tú Angeles, su magnificencia, te ofrecemos el planeta rojo para que lo gobiernes con acierto y lo lleves a la prosperidad,”
Angeles abrió los ojos, aún estaba en la parada de autobús sentada, no se había movido de allí, rodeada de personas desconocidas que la observaban examinándola. Un guardia urbano le preguntó si estaba bien, parece ser que se había transpuesto con el calor y había perdido el conocimiento durante un tiempo, ella dijo que estaba perfectamente, que no había pasado nada. La gente, al poco rato, se fue dispersando. Cogió su bolso que parecía una roca pesada, lo abrió y dentro encontró sorprendida una corona dorada de seis puntas.