Autor/a
Lumartz
Categoria
Relat lliure
Relat lliure

Pequeño héroe mecánico

Subí al Funicular de Montjuïc una mañana luminosa, con esa mezcla de turista y vecino agradecido que se siente cuando Barcelona decide regalar cielo azul. La estación inferior, discreta, parecía la puerta secreta a otra ciudad. Al cerrarse las puertas, el vagón respiró hondo y comenzó a trepar la colina como quien escala un recuerdo.

El traqueteo suave marcaba el ritmo de mi expectativa. A mi lado, una pareja hablaba en susurros; frente a mí, un niño pegaba la nariz al cristal intentando atrapar el perfil de la ciudad. Yo también quise hacerlo. A medida que ascendíamos, las calles se ordenaban como un tablero de ajedrez, y el mar —sereno, casi tímido— empezaba a insinuarse entre edificios. Sentí que Barcelona se desplegaba como un mapa íntimo, uno de esos que no se consultan con los ojos sino con la memoria.
El funicular avanzaba firme, sin prisa pero sin pausa. No era solo un medio de transporte; era una invitación a cambiar de perspectiva. Cada metro ganado parecía decirme: “Mira de nuevo”. Y miré. Vi azoteas que nunca había notado, patios interiores con ropa tendida ondeando como banderas domésticas, y la silueta de la Sagrada Família dibujando su oración de piedra en el horizonte.

Al llegar a la estación superior, el aire tenía otra textura. Más limpio, más ligero. Caminé hacia los jardines, dejando que el sol me guiara entre senderos y miradores. Desde allí, la ciudad no imponía; conversaba. Me habló del puerto y de las historias que llegan en barco, de los barrios que laten con acentos diversos, de las montañas que la abrazan como un anfiteatro natural.

Decidí continuar la aventura y tomé el teleférico que cruza el cielo como un hilo tendido entre nubes. Suspendido sobre la pendiente, comprendí que la verdadera aventura no estaba en la altura, sino en el permiso que me di para detenerme. Para observar. Para agradecer. A veces, subir es una forma elegante de ordenar lo que llevamos dentro.

En lo alto de Montjuïc, mientras el viento jugaba con las hojas y la ciudad se extendía bajo mis pies, pensé que todos necesitamos un funicular en la vida: algo que nos eleve sin violencia, que nos recuerde que el mundo cambia cuando cambiamos el ángulo. Bajé horas después con la sensación de haber viajado lejos sin salir de casa.
Aquella mañana entendí que Barcelona no se conquista a ras de suelo. Se descubre ascendiendo, aceptando la invitación de la colina. Y el funicular, paciente y constante, fue mi cómplice: un pequeño héroe mecánico que me enseñó que las mejores aventuras empiezan cuando decidimos mirar desde más arriba.