Autor/a
Janel
Categoria
Relat lliure
Decisiones entre paradas
El metro serpenteaba lento, por el túnel. Las luces parpadeaban, transformando Barcelona en un mosaico de sombras danzando sobre los asientos. Me senté delante de la puerta, la mochila entre mis pies, sintiendo el frío del suelo y la vibración perpetua del vagón. No solo recorría la ciudad; tambien navegaba por mis pensamientos.
Dos opciones me abarcaban: bajar en la parada usual, seguir la rutina, o aguantar dos estaciones más y atreverme a algo diferente. No era solo un cambio de ruta, era la chance de modificar el destino de mi vida.
El móvil vibró en mi bolsillo, un mensaje de mi jefe: “Tenemos que hablar”. No lo abrí. Sabia que implicaba. Hablar conllevaba tomar decisiones, y decidir me forzaba a reconocer que el tiempo seguía su curso, incluso si yo intentaba resistirme.
En la siguiente parada, una mujer y su hijo abordaron el tren. El niño interrogaba sobre las luces, el ruido, el túnel obscuro. Ella respondía con calma, sonriendo.
Mirándolos, se me ocurrió que a veces el instinto es muchisimo más valiente que la lógica. La calma de esa madre chocaba con mi propia indecisión.
Eché un vistazo. Un señor dormitaba, recostado contra el cristal. Un par de enamorados discutían susurrando. Un chico, ensimismado tras sus cascos, parecía ajeno, ¿sabes? Todos íbamos en el mismo viaje, pero cada uno a su aire, con sus rollos internos. Me preguntaba cuánto control real tenia sobre mi destino.
– Próxima parada, tuya – cantó la voz del sistema.
Me puse en pie. Las puertas se abrieron, y el aire de la estación entró, casi invitando. Podría bajar y seguir con la rutina diaria. O... podria quedarme y dejar que algo cambiara.
Dudé, unos segundos que paecieron siglos. Luego moví mi cabeza con delicadeza, y me senté otra vez. Las puertas se cerraron y el tren volvió a empezar su marcha.
Mientras avanzabamos, una tranquilidad inesperada me envolvió. Quizá, el no decidir en seguida, también era una decisión: darme un respiro, escucharme, no actuar por el miedo.
Eché un vistazo por la ventana, mis ojos captaron detalles que antes se me escapaban. Una librería, aún con luz, seguía ahí, un grupo de chavales soltando risas bajo la lluvia y, cual pensamientos liberados, palomas desplegaban sus alas.
Nadie notó ese insignificante movimiento mio, aún así me bastó. Comprendí, vaya, que la vida no cambia solo con giros drásticos, sino con ligeras rebeliones contra la rutina.
Barcelona, no me abandonaba, vibraba bajo mis pies, como si intuyera que algunas determinaciones solo se hacen entre estaciones, en esos breves e intímos momentos donde el tiempo se detiene un poco, y finalmente uno aprende a oírse a sí mismo.
Dos opciones me abarcaban: bajar en la parada usual, seguir la rutina, o aguantar dos estaciones más y atreverme a algo diferente. No era solo un cambio de ruta, era la chance de modificar el destino de mi vida.
El móvil vibró en mi bolsillo, un mensaje de mi jefe: “Tenemos que hablar”. No lo abrí. Sabia que implicaba. Hablar conllevaba tomar decisiones, y decidir me forzaba a reconocer que el tiempo seguía su curso, incluso si yo intentaba resistirme.
En la siguiente parada, una mujer y su hijo abordaron el tren. El niño interrogaba sobre las luces, el ruido, el túnel obscuro. Ella respondía con calma, sonriendo.
Mirándolos, se me ocurrió que a veces el instinto es muchisimo más valiente que la lógica. La calma de esa madre chocaba con mi propia indecisión.
Eché un vistazo. Un señor dormitaba, recostado contra el cristal. Un par de enamorados discutían susurrando. Un chico, ensimismado tras sus cascos, parecía ajeno, ¿sabes? Todos íbamos en el mismo viaje, pero cada uno a su aire, con sus rollos internos. Me preguntaba cuánto control real tenia sobre mi destino.
– Próxima parada, tuya – cantó la voz del sistema.
Me puse en pie. Las puertas se abrieron, y el aire de la estación entró, casi invitando. Podría bajar y seguir con la rutina diaria. O... podria quedarme y dejar que algo cambiara.
Dudé, unos segundos que paecieron siglos. Luego moví mi cabeza con delicadeza, y me senté otra vez. Las puertas se cerraron y el tren volvió a empezar su marcha.
Mientras avanzabamos, una tranquilidad inesperada me envolvió. Quizá, el no decidir en seguida, también era una decisión: darme un respiro, escucharme, no actuar por el miedo.
Eché un vistazo por la ventana, mis ojos captaron detalles que antes se me escapaban. Una librería, aún con luz, seguía ahí, un grupo de chavales soltando risas bajo la lluvia y, cual pensamientos liberados, palomas desplegaban sus alas.
Nadie notó ese insignificante movimiento mio, aún así me bastó. Comprendí, vaya, que la vida no cambia solo con giros drásticos, sino con ligeras rebeliones contra la rutina.
Barcelona, no me abandonaba, vibraba bajo mis pies, como si intuyera que algunas determinaciones solo se hacen entre estaciones, en esos breves e intímos momentos donde el tiempo se detiene un poco, y finalmente uno aprende a oírse a sí mismo.