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memo
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Relat lliure
Última parada
La voz metálica anunció “Próxima estación: Universitat” justo cuando decidí que todavía no estaba listo.
Había ensayado ese momento durante semanas. Subiría al vagón, me sentaría frente a ella, le diría la verdad antes de que el tren cruzara el túnel largo entre Passeig de Gràcia y Urquinaona. Tenía exactamente tres minutos sin cobertura, sin distracciones, sin escapatoria.
Pero cuando entré en la L4, ella ya estaba allí.
Mismo abrigo gris. Mismo gesto de apartarse el pelo detrás de la oreja. Tres años después, y seguía moviendo el pie con impaciencia cuando estaba nerviosa. No me había visto.
El vagón arrancó.
Podría haber bajado en la siguiente parada. Podría haber esperado otro tren. Pero me quedé de pie, agarrado a la barra, mirando el reflejo de los dos en el cristal oscuro. Parecíamos desconocidos compartiendo espacio, no un pasado.
En Passeig de Gràcia subió más gente. Una pareja riendo. Un turista mirando el plano como si fuera un jeroglífico. La megafonía volvió a sonar. “Correspondencia con L3.”
Ella levantó la vista.
Durante un segundo, nuestros ojos se cruzaron. No hubo sorpresa. Solo reconocimiento. Como si hubiera sabido que tarde o temprano ese trayecto nos volvería a sentar en el mismo vagón.
Me acerqué.
—Tenemos que hablar.
El tren entró en el túnel. Sin cobertura. Sin ruido exterior. Solo el traqueteo sordo bajo los pies.
—Ya lo sé —dijo.
Su voz no tembló. La mía sí.
Le conté lo que no fui capaz de decir hace tres años. Que no me fui por falta de amor. Que me fui porque el diagnóstico me cayó como un muro y no supe cómo quedarme sin romperla también a ella. Que elegí desaparecer antes que verla despedirse.
Ella escuchó sin interrumpir. Como si ya hubiera escuchado esa versión en su cabeza mil veces.
Cuando terminé, el tren empezó a frenar.
“Próxima estación: Urquinaona.”
La cobertura volvió. Los móviles vibraron alrededor. La vida siguió como si nada.
Ella se levantó.
—Siempre supe que no era por mí —dijo, ajustándose el abrigo—. Pero necesitaba oírtelo decir.