Autor/a
trufa
Categoria
Relat lliure
Fuera de servicio
El panel luminoso parpadeó:
“Incidencia técnica. Servicio detenido.”
El vagón se quedó parado en medio del túnel.
Al principio, nadie levantó la vista. Luego empezaron los suspiros, seguidos de quejas. Un hombre miró su reloj como si pudiera intimidarlo. Una chica abrió el chat familiar para avisar que llegaría tarde.
Yo no hice nada.
Sabía exactamente cuánto tiempo tardarían en evacuar.
Había calculado el punto exacto donde el tren se detendría si el sistema fallaba allí. Lo suficientemente lejos de la estación como para no poder caminar por el andén, pero lo suficientemente cerca como para que no cundiera el pánico.
La mujer frente a mí comenzó a hiperventilar.
—No me gustan los túneles —susurró.
Nadie la escuchó.
El aire se volvió más denso. No por falta de oxígeno, sino por la expectativa.
Un adolescente intentó forzar las puertas. Otro pasajero lo reprendió. El altavoz crujió sin ofrecer nada útil. El silencio técnico es peor que el ruido.
Miré el reloj.
Tres minutos.
La mujer respiraba cada vez más rápido.
—Tranquila —le dije—. En breve se reanudará.
No era un consuelo, era información.
Cuatro minutos.
El murmullo creció. Una señora comenzó a hablar de denuncias. Alguien mencionó “negligencia”. Otro dijo “esto pasa demasiado”.
Cinco minutos.
Finalmente, el altavoz habló:
“Disculpen las molestias. Estamos trabajando para restablecer el servicio.”
Mentira.
Yo había enviado el informe hacía semanas. El sistema necesitaba una actualización urgente. Nadie la aprobó. Demasiado cara. Demasiado compleja. “Riesgo bajo”, dijeron.
El tren tembló levemente.
La mujer frente a mí me miró como si yo pudiera arreglarlo.
Y en cierto modo, podía.
Saqué el móvil. Tenía acceso remoto. Una orden bastaba para reiniciar el módulo afectado.
Pero eso ocultaría el fallo otra vez.
Otro parche. Otro informe ignorado. Otro “riesgo bajo”.
El vagón volvió a sacudirse. Esta vez más fuerte. Algunos gritaron.
El adolescente dejó de intentar abrir las puertas.
“Incidencia técnica. Servicio detenido.”
El vagón se quedó parado en medio del túnel.
Al principio, nadie levantó la vista. Luego empezaron los suspiros, seguidos de quejas. Un hombre miró su reloj como si pudiera intimidarlo. Una chica abrió el chat familiar para avisar que llegaría tarde.
Yo no hice nada.
Sabía exactamente cuánto tiempo tardarían en evacuar.
Había calculado el punto exacto donde el tren se detendría si el sistema fallaba allí. Lo suficientemente lejos de la estación como para no poder caminar por el andén, pero lo suficientemente cerca como para que no cundiera el pánico.
La mujer frente a mí comenzó a hiperventilar.
—No me gustan los túneles —susurró.
Nadie la escuchó.
El aire se volvió más denso. No por falta de oxígeno, sino por la expectativa.
Un adolescente intentó forzar las puertas. Otro pasajero lo reprendió. El altavoz crujió sin ofrecer nada útil. El silencio técnico es peor que el ruido.
Miré el reloj.
Tres minutos.
La mujer respiraba cada vez más rápido.
—Tranquila —le dije—. En breve se reanudará.
No era un consuelo, era información.
Cuatro minutos.
El murmullo creció. Una señora comenzó a hablar de denuncias. Alguien mencionó “negligencia”. Otro dijo “esto pasa demasiado”.
Cinco minutos.
Finalmente, el altavoz habló:
“Disculpen las molestias. Estamos trabajando para restablecer el servicio.”
Mentira.
Yo había enviado el informe hacía semanas. El sistema necesitaba una actualización urgente. Nadie la aprobó. Demasiado cara. Demasiado compleja. “Riesgo bajo”, dijeron.
El tren tembló levemente.
La mujer frente a mí me miró como si yo pudiera arreglarlo.
Y en cierto modo, podía.
Saqué el móvil. Tenía acceso remoto. Una orden bastaba para reiniciar el módulo afectado.
Pero eso ocultaría el fallo otra vez.
Otro parche. Otro informe ignorado. Otro “riesgo bajo”.
El vagón volvió a sacudirse. Esta vez más fuerte. Algunos gritaron.
El adolescente dejó de intentar abrir las puertas.