Autor/a
Jules Evohe
Categoria
Relat lliure
Relat lliure

Fin de noche

Cuando llegó, transpirado y jadeante, a la parada de autobús hacia la que le guiaba el navegador de su móvil, a este le quedaba tan solo un 2% de batería. El lugar estaba apenas iluminado por una única farola, una aparición en medio del paisaje desolado de un pueblo que no conocía, donde había ido a parar por un capricho de su jefe y se vio retenido hasta el anochecer.

Se dejó caer en el banco desocupado, dando una mirada abatida a su alrededor. En el cartel descolorido y mohoso entre los paneles transparentes podían apenas leerse los nombres de las líneas M4 y V8. Según un último vistazo a la pantalla antes de que se apagara por completo, su V8 estaba al llegar. Bajo la tenue luz y helado en la penumbra, deseaba con fuerza que así fuera.

Sin embargo, en lo que percibió como varios minutos el silencio empezó a pesarle como un edredón e, inquieto, revisó su mochila: cartera, llaves, botella de agua medio vacía, pañuelos, bolígrafo… Se puso en pie y trató de vislumbrar más allá del halo de la farola, notando su respiración ansiosa. Por fin, dos faros aparecieron en la carretera. Para su decepción, eran del M4.

El autobús sin pasajeros se detuvo y el conductor, roco y de barba larga y descuidada, abrió las puertas sin dirigirle la mirada, y tras poco se fue. Pasado un tiempo incalculable, el runrún de un segundo lo alertó y, para su angustia, otro M4 con el mismo conductor se detuvo frente a él. Esta vez, el viejo giró lentamente la cabeza para mirarlo, erizándole la piel. Una vez se marchó, le pareció más extensa la espera y aún más espesa y gélida la oscuridad.

Ante la tercera bizarra circulación del M4, puso un pie sobre el suelo de vinilo y afrontó al conductor.

- Perdone, ¿cuándo pasará el V8?

Pero el viejo apenas le miró de reojo, presionó un botón y las puertas empezaron a cerrarse. Preso de un pánico repentino, retrocedió y cayó sobre la acera. Desde ese momento, la desazón se le asentó en el cuerpo.

Ya que cualquier cosa le parecía mejor que quedarse donde estaba, decidió adentrarse en la oscuridad en que el autobús había desaparecido. Tras segundos sin ver nada y oyendo solo su propio agitado resoplar, detectó una luz en la lejanía y aceleró, pero la farola que la desprendía y la parada a su lado eran perturbadoramente familiares. Incluso los carteles eran idénticos. Se sentó y, al ver aproximarse otro M4, corrió en su misma dirección; de nuevo, se vio envuelto en la oscuridad y, al reaparecer, el vehículo ya se alejaba.

¿Cómo era posible? Sofocado, se dejó caer en el banco. Al recuperar el aliento, abandonó allí su mochila y volvió a la negra nada, tan solo para encontrarse ante parada y mochila tal y como las había dejado.

¿Un agujero de gusano? ¿Un bucle temporal? ¿Cómo explicarlo?

El aire se le escapaba. Se abrazó las rodillas, confuso y agotado. El M4 continuó pasando, impasible ante su desesperación, hasta que uno de los autobuses permaneció. Cuando al fin alzó la cabeza, le resultó extrañamente reconfortante. Tras las puertas no había pasajeros ni conductor. Los asientos acolchados serían cómodos y cálidos; podría incluso echarse una cabezadita. ¿Cuánto tiempo llevaba ya acurrucado a la intemperie?

Con un gran esfuerzo, se incorporó y entró en el vehículo, dejó una moneda del bolsillo sobre el tablero y colapsó en la primera fila. Poco más se le pasó por la cabeza. Una densa serenidad lo envolvió tan pronto como el cierre de las puertas se activó, por sí solo, y el motor volvió asidua y llanamente a la vida.