Autor/a
Ámbar Valentina
Categoria
Relat lliure
Relat lliure

El trayecto y el destino

Se me ocurren pocas cosas malas que te puedan pasar en el metro. Que se te cierren las puertas en la cara es una. Llegar al andén justo cuando el tren arranca, otra. Pero nada comparado con encontrarte con alguien a quien no quieres ver.

El transbordo de Passeig de Gràcia siempre me ha parecido un lugar aparte. Como un agujero negro el tiempo se dilata. En ese pasillo eterno, bajo la red del Metro de Barcelona, las leyes de la física no se aplican.

Por eso, en cuanto vi que mi exnovio salía del mismo vagón que yo y se dirigía hacia el túnel, supe la desgracia que me había tocado vivir. Bajé la mirada de inmediato, como si así pudiera deshacerlo. Giré a la derecha, hacia el pasillo.

Pensaba que si mantenía el paso firme y me mezclaba con la gente, tal vez no me vería. Tal vez no tendríamos que intercambiar palabras. Digamos que la ruptura no fue ejemplar. Ninguna lo es, pero la nuestra tuvo demasiados gritos.

Mientras caminaba, escuchaba sus pasos detrás de mí. Estaba segura de que me había visto. Por suerte, él tampoco parecía tener interés en hablar. Quizá rezaba para que yo andara más deprisa y le ahorrara el trámite.

El túnel parecía más largo que nunca. Es lo típico: cuanto más quieres llegar, más se estira el trayecto.

Cuando llegué al final del túnel, ya dispuesta a salir lo más rápido posible al exterior, caí en la cuenta de que me había equivocado de dirección y tenía que atravesar de nuevo el pasillo para llegar al otro andén. Maldije en silencio. Cruzarlo otra vez era impensable. Así que, me dije que sería mejor hacerlo por arriba, salir a la calle y volver a entrar por otra boca del metro.

Subí las escaleras mecánicas de dos en dos. Notaba el corazón golpeándome en la garganta.

El aire de la noche me dio en la cara.

Y allí estaba él. Apoyado en la barandilla, justo frente a la salida, como si hubiera sabido exactamente por dónde iba a escapar.

Durante un segundo pensé que el túnel me había jugado una última broma. Pero no. Era él, con las manos en los bolsillos y esa expresión a medio camino entre la risa y la incredulidad.

“Siempre haces lo mismo. Cuando algo te asusta, buscas otra salida”.

Me quedé inmóvil. No sabía si estaba enfadada por que me hubiera seguido o impresionada por que me conociera tanto.

“No quiero volver contigo, pero con la mala suerte que tenemos, con lo grande que es el metro, seguro que nos volvemos a cruzar” empezó diciendo: “así que, para futuras veces, no hace falta que te escapes. Disfruta del trayecto, no solo del destino”.