Autor/a
La madre del artista
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Relat lliure
Relat lliure

El artista

Mi hijo, que ahora tiene ya once años, desde pequeño ha disfrutado de ir en transporte público. Los trenes, el metro, el tranvía, los autobuses… hemos ido a todas las puertas abiertas posibles, a ver las cocheras o los talleres del metro, exposiciones, realidad virtual, vagones antiguos… siempre le ha encantado.. De pie en la ventana delantera del metro de la línea 9, jugaba a ser el conductor. Hemos ido “de exploración” al final de la línea 1, a descubrir la línea 11, tan pequeña que le tenía intrigado, y luego aún más cuando vio el andén tan diferente, o a intentar vislumbrar la estación de Gaudí entre Sagrada Familia y Sant Pau (tres veces seguidas la vimos: ida, vuelta y de vuelta a nuestra ruta). Ha aprovechado el centenario del metro como nadie.

Hace un par de años le diagnosticaron autismo. Leve, grado uno. Tan leve que ni nos habíamos dado cuenta. Ahí entendimos toda su afición sin límite: sus innumerables dibujos de vías, metros, planos de metro, futuras líneas… y cada dibujo con todo lujo de detalles.

Es un artista. El artista autista, como le dijo una buena amiga de su clase.

Recuerdo el día en que, llevando su reproducción de la T4 del tranvía, fuimos en esa línea, porque le hacía ilusión. Cuando salimos, por supuesto por la puerta de delante (porque siempre se quiere poner delante para ver el recorrido), le picó al conductor en el cristal. Y le enseñó, orgulloso y sonriente, su juguete. Del mismo tranvía que él conducía. El conductor le sonrió, y luego le dijo adiós con la mano al arrancar. En ese momento, podría jurar que mi hijo era la persona más feliz del mundo.

Últimamente, en cambio, su relación con los medios de transporte ha cambiado. Sus rasgos autistas se han agudizado. ¿Tal vez ayudados por las hormonas de la incipiente adolescencia? Sigue siendo el niño de siempre, fascinado por el transporte público, pero no lo disfruta tanto. El ruido. La gente. Se pone auriculares o me abraza si el metro está muy lleno. “Es insoportable”, dice. Se refugia en su tablet, si tiene asiento.

En este centenario, lo único que no aprovechó fue la visita al centro de control. Me asombré cuando le propuse la visita y me dijo que no. “Es un espacio pequeño con mucha gente”, me dijo. Ya lo entendí. Así que lo dejamos correr. No es fácil ponerse en el lugar de una mente autista. Y eso que tengo empatía para dar y vender.

Y por esa empatía, se me escapan las lágrimas ahora recordando cómo, al volver de un viaje, en Sants, me abrazó tan fuerte que pensé que me iba a romper. Al bajar del tren en aquel espacio tan grande, abarrotado de gente... Estaba como loco. Nunca le había visto así. Volvimos a casa en metro, con tensión en el ambiente. Reprimiéndose. Subió corriendo las escaleras de casa y dio un grito terrible, ya liberado. Llegó, se lanzó a la cama, y se echó a llorar.

Ahora se me parte el corazón al ver que los trenes, el metro, todo el transporte público es, a la vez, su mayor afición y su mayor tormento. Y eso, como madre, me duele en el alma.

Y ahora, pienso… todas aquellas personas que siempre veo con esos enormes auriculares en el metro… ¿irán simplemente escuchando su música o su libro favorito? ¿O estarán protegiéndose del insoportable ir y venir de cada día?

Siempre me quedará la duda.