Autor/a
Jengibre
Categoria
Relat lliure
El inventario de las estrellas
Cada noche elegía una estrella y le inventaba una vida.
Había olvidado cuándo empezó a hacerlo. Quizá después de leer El Principito. Quizá porque aquella idea siempre había estado dentro de ella. Pero no las contaba para poseerlas. Las contaba para que no estuvieran solas.
Para eso tenía un cuaderno enorme que le había pedido a su madre.
—¿Para qué lo quieres tan grande?
—Para contar las estrellas del cielo —respondió la niña—. Y son muchas.
El cuaderno pronto se llenó de nombres, mapas imposibles y criaturas imaginarias. Algunas estrellas eran diminutas y ocupaban apenas unas líneas. Otras, gigantes azules o amarillas, necesitaban páginas enteras: tenían océanos, continentes y civilizaciones enteras.
Los cuadernos se fueron acumulando con los años.
La niña creció, pero nunca abandonó su costumbre. Mientras los demás cambiaban juegos por preocupaciones adultas, ella seguía mirando al cielo.
¿Cómo iba a sentirse sola si cada noche el universo entero se sentaba con ella?
Hasta que descubrió los agujeros negros.
Estrellas muertas capaces de devorar la luz.
La idea la inquietó, pero también a ellos les dio una historia. Porque comprendió que el universo era así: luz y oscuridad entrelazadas. Sin una no existiría la otra.
Durante el día vivía como todos. Estudiaba, trabajaba, respondía preguntas.
Pero lo importante ocurría por la noche.
Un día olvidó uno de sus cuadernos en el autobús, mientras miraba por la ventana buscando las primeras estrellas.
Bajó deprisa en su parada sin darse cuenta de que había caído al suelo.
Lo encontró un joven escritor que llevaba meses sin poder escribir una sola línea. Lo abrió por curiosidad… y no pudo dejar de leer.
Aquellas páginas estaban llenas de constelaciones inventadas y mundos imposibles.
Cuando levantó la vista, el autobús ya había dejado atrás su parada y seguía avanzando por la ciudad como una constelación de luces.
Esa misma noche volvió a escribir.
Durante semanas tomó el mismo autobús a la misma hora, esperando encontrar a quien había creado aquel universo de papel.
Hasta que una noche de noviembre la vio.
Estaba sentada junto a la ventana, con ropa llena de colores y el cabello rojo como una llamarada. Leía un cuaderno de espiral idéntico al suyo.
El escritor sacó el cuaderno de la mochila y se lo ofreció.
Cuando ella lo reconoció, sus ojos verdes se llenaron de lágrimas.
Le dio las gracias tantas veces que el autobús pareció iluminarse.
Como si dos estrellas que llevaban años viajando por el universo por fin se hubieran encontrado.
Se pasaron de parada, claro. El autobús siguió su ruta mientras ellos empezaban otra.
Fuera, la ciudad brillaba como un cielo lleno de estrellas equivocadas.
Esa noche, al mirar el cielo, ella descubrió algo nuevo.
Por primera vez no tuvo que inventar la historia de una estrella.
Porque alguien estaba escribiendo la suya.
Había olvidado cuándo empezó a hacerlo. Quizá después de leer El Principito. Quizá porque aquella idea siempre había estado dentro de ella. Pero no las contaba para poseerlas. Las contaba para que no estuvieran solas.
Para eso tenía un cuaderno enorme que le había pedido a su madre.
—¿Para qué lo quieres tan grande?
—Para contar las estrellas del cielo —respondió la niña—. Y son muchas.
El cuaderno pronto se llenó de nombres, mapas imposibles y criaturas imaginarias. Algunas estrellas eran diminutas y ocupaban apenas unas líneas. Otras, gigantes azules o amarillas, necesitaban páginas enteras: tenían océanos, continentes y civilizaciones enteras.
Los cuadernos se fueron acumulando con los años.
La niña creció, pero nunca abandonó su costumbre. Mientras los demás cambiaban juegos por preocupaciones adultas, ella seguía mirando al cielo.
¿Cómo iba a sentirse sola si cada noche el universo entero se sentaba con ella?
Hasta que descubrió los agujeros negros.
Estrellas muertas capaces de devorar la luz.
La idea la inquietó, pero también a ellos les dio una historia. Porque comprendió que el universo era así: luz y oscuridad entrelazadas. Sin una no existiría la otra.
Durante el día vivía como todos. Estudiaba, trabajaba, respondía preguntas.
Pero lo importante ocurría por la noche.
Un día olvidó uno de sus cuadernos en el autobús, mientras miraba por la ventana buscando las primeras estrellas.
Bajó deprisa en su parada sin darse cuenta de que había caído al suelo.
Lo encontró un joven escritor que llevaba meses sin poder escribir una sola línea. Lo abrió por curiosidad… y no pudo dejar de leer.
Aquellas páginas estaban llenas de constelaciones inventadas y mundos imposibles.
Cuando levantó la vista, el autobús ya había dejado atrás su parada y seguía avanzando por la ciudad como una constelación de luces.
Esa misma noche volvió a escribir.
Durante semanas tomó el mismo autobús a la misma hora, esperando encontrar a quien había creado aquel universo de papel.
Hasta que una noche de noviembre la vio.
Estaba sentada junto a la ventana, con ropa llena de colores y el cabello rojo como una llamarada. Leía un cuaderno de espiral idéntico al suyo.
El escritor sacó el cuaderno de la mochila y se lo ofreció.
Cuando ella lo reconoció, sus ojos verdes se llenaron de lágrimas.
Le dio las gracias tantas veces que el autobús pareció iluminarse.
Como si dos estrellas que llevaban años viajando por el universo por fin se hubieran encontrado.
Se pasaron de parada, claro. El autobús siguió su ruta mientras ellos empezaban otra.
Fuera, la ciudad brillaba como un cielo lleno de estrellas equivocadas.
Esa noche, al mirar el cielo, ella descubrió algo nuevo.
Por primera vez no tuvo que inventar la historia de una estrella.
Porque alguien estaba escribiendo la suya.