Autor/a
siramad
Categoria
Relat lliure
Relat lliure

madre mía

¡Madre mía! ¡Tenía que ser hoy!
Había comenzado muy bien el día: paseo por la mañana hasta la parada, temperatura agradable en la calle, cielo rosado y despejado anuncio de un día soleado, autobús medio vacío y mi asiento favorito libre: primera fila elevada del lado ventana.
Pero esta sensación, uf, no me siento nada bien. Me da a mí que sólo puede significar una cosa. Si es que ya me toca…es la edad. Qué poca información hay sobre esto. Sabes lo que pasa, lo ves en la distancia, pero no piensas que te vaya a llegar a ti. El anuncio de un ocaso. Aviso de inutilidad. El tiempo de servicio llegando a su fin. Condición de género. No hay alternativa. A todo cerdo le llega su San Martín. Uy, este refrán no, suena muy violento…
Venga, respira, calma.
No pasa nada.
Nadie tiene por qué enterarse.
Lento.
Inspira.
Uy, ese señor…pero ¿qué mira con tanto descaro?
Aguanta.
Expira.
Lento.
¡Que sigue mirando el tío! Y con el rabillo del ojo, como disimulando. Ahora le voy a mirar yo directamente, con los ojos entrecerrados y labios apretados.
- Eh! Que te veo!
Eso lo digo con la mirada, que no estamos para montar una escena en el autobús a las ocho de la mañana. Hay que ver cómo es la gente. No, ¡si ya le tocará! Que a todo cerdo...uy no, suena muy violento.
Creo que se empieza a notar. Qué sofoco. Esos niños de ahí me miran, se giran para cuchichear. Ya no sé cómo sostenerlo. Mi parada, menos mal.
Bajo.
Camino.
Lento.
Inspira.
Expira.
Y ahora ¿qué?
Por fin llego a mi oficina. Cierro la puerta. Me siento y pienso. Pienso en lo que ha sido y ya no será. Pienso en por qué aún no he priorizado el disfrutar de lo bueno de la vida cuando mi cuerpo me está diciendo que la buena vida se está yendo.
Tengo un recuerdo feliz de cuando era pequeño sentado en el regazo de mi padre diciéndole que de mayor iba a ser un científico famoso, como si eso fuera a ser para mí un baño de felicidad garantizada para la vida. Esa meta me ha motivado a aguantar sentado en un pupitre incómodo y poco ergonómico más de la mitad de cada día durante décadas. Me falta poco para la jubilación: premio del estado por mi servicio a la sociedad.
Mirada baja.
Manos en la cara.
Cómo odio a las mujeres, ellas no sufren esta mortificación.
Separo las manos de la cara, las planto en mi cintura y mientras sigo sentado desabrocho el botón del pantalón, deslizo hacia abajo la cremallera, encorvo la espalda para mirar dentro y ahí está, se ha cumplido el peor de los presagios: se me han caído los huevos.