Autor/a
Alejo
Categoria
Relat lliure
Relat lliure

El pasajero de Via Laietana

El último pasajero de Vía Laietana.

Me llamo Alejo y crecí junto a un cementerio en El Salvador. Tal vez por eso nunca me han asustado demasiado los muertos. Los vivos, en cambio, sí.

Aquella mañana bajé a la estación de metro de El Carmel con la cabeza llena de preocupaciones. Llevaba meses sin trabajo estable y sobrevivía gracias a una sustitución como conserje en un edificio antiguo de Vía Laietana. Cuando el tren apareció en el túnel, su largo cuerpo iluminado avanzó hacia el andén como una criatura de hierro despertando bajo tierra.

Dentro del vagón todo parecía normal. El murmullo del metro, las miradas cansadas de los pasajeros y el reflejo de las luces en las ventanas oscuras del túnel.

Entonces lo vi.

Un hombre de traje azul oscuro estaba de pie al fondo del vagón. Su ropa parecía de otra época. Los botones de su chaqueta brillaban como los de un uniforme antiguo y su postura era tan rígida que parecía pertenecer a otro siglo.

Nadie parecía notarlo.

Cuando el tren llegó a Urquinaona bajé entre la multitud. Durante un instante creí verlo reflejado en el cristal de las escaleras mecánicas, inmóvil detrás de mí. Pensé que sería el cansancio.

Minutos después entré en el edificio donde trabajaba, uno de esos inmuebles antiguos de Vía Laietana con suelos de mármol gastado, techos altos y un ascensor de madera y hierro que parecía sobrevivir desde otro tiempo.

Mientras barría las escaleras escuché el ascensor ponerse en marcha.

Subía.

Bajaba.

Volvía a subir.

El sonido de sus engranajes resonaba en todo el edificio como si alguien invisible lo estuviera utilizando.

Cuando las puertas se abrieron frente a mí lo comprendí.

Dentro estaba el mismo hombre que había visto en el metro.

No se movía. Observaba su reflejo en los espejos del ascensor como si buscara algo que había olvidado.

El aire se volvió frío.

Entonces una voz apareció en mi mente, suave y cansada. Decía que aquel día era el cumpleaños de su amada y que cada año regresaba a aquel edificio para encontrarla.

Pero hacía mucho tiempo que ella ya no estaba allí.

Recordé las historias de mis abuelos y hablé con calma, como ellos me enseñaron. Le dije que quizá ella ya había encontrado su camino y que tal vez él debía hacer lo mismo.

Durante un instante el edificio quedó en silencio absoluto.

Después una brisa recorrió la portería y el ascensor comenzó a subir lentamente hasta perderse en los pisos vacíos.

Antes de desaparecer, escuché un susurro.

Gracias.

Aquella noche volví a casa en metro. El vagón estaba casi vacío y el tren se adentró en un túnel oscuro.

Miré distraído mi reflejo en la ventana.

Entonces comprendí algo.

El hombre del traje antiguo ya no estaba detrás de mí.

Estaba sentado a mi lado, mirando el túnel como si esperara su próxima parada.

Y por primera vez pensé que tal vez mis abuelos tenían razón.

Los muertos casi nunca causan problemas.

Los verdaderamente peligrosos siempre han sido los vivos.