Autor/a
DANTE VARELA
Categoria
Relat lliure
El último tren de los regresos
Dicen que, cuando el metro de Barcelona se queda casi vacío y la ciudad empieza a bajar la voz, hay un tren que circula por las vías aunque ya no quede ninguno en servicio.
Tomás lo sabe.
Lleva veinte años limpiando andenes para TMB y conoce cada ruido del subsuelo: el chirrido de los frenos, el eco de los túneles, el rumor lejano de los vagones que se marchan.
Pero también conoce ese otro sonido.
El del tren que llega cuando ya no debería haber ninguno.
Siempre a las doce en punto.
Lo descubrió hace mucho, una noche en la estación de Urquinaona. Mientras barría el andén encontró en un asiento un billete antiguo de cartón, amarillento, de aquellos que se usaban en los noventa. Lo guardó en el bolsillo de la chaqueta.
Fue entonces cuando oyó el tren.
No aparecía en los paneles.
No lo anunciaba ninguna voz.
Simplemente llegó.
Las puertas se abrieron con un suspiro metálico.
Tomás entró.
El vagón estaba lleno… pero no de pasajeros.
En los asientos descansaban cosas olvidadas durante el día: una bufanda roja, un cuaderno con dibujos infantiles, un violín dentro de su funda, una carta doblada con cuidado.
Tomás comprendió algo aquella noche.
El metro no solo transporta gente.
También transporta historias que se quedaron a medio camino.
Desde entonces, cada jornada recoge los objetos perdidos del día y los deja en ese último tren.
Porque allí ocurre algo extraño.
A veces, las cosas regresan a quien las perdió.
Otras veces encuentran otro destino.
Aquella noche, mientras el tren avanzaba por los túneles silenciosos, Tomás vio algo diferente.
Una niña sentada junto a la ventana.
Tendría ocho años y abrazaba un oso de peluche.
Tomás se acercó despacio.
—¿Te has perdido?
La niña negó con la cabeza.
—No. Solo estaba esperando volver.
—¿Volver adónde?
La niña miró el peluche.
—A cuando mi mamá todavía estaba.
El tren siguió avanzando.
En la ventana oscura del vagón aparecieron nombres de estaciones que no figuraban en ningún plano:
Recuerdo
Todavía
Quizá
Tomás sintió un nudo en la garganta.
El tren se detuvo.
Cuando volvió a mirar, la niña ya no estaba.
Solo quedaba el oso de peluche en el asiento.
Tomás lo dejó con cuidado junto a los otros objetos.
El tren regresó a Urquinaona.
Las puertas se abrieron.
Tomás bajó.
El convoy desapareció en el túnel sin hacer ruido.
Entonces metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó el viejo billete de cartón que había encontrado años atrás.
Esta vez notó algo distinto.
Un nombre escrito con tinta azul en la esquina.
Tomás R.
Durante un momento se quedó quieto.
Recordó algo que había olvidado durante décadas.
Un niño perdido en el metro.
Una noche de 1992.
Un oso de peluche.
Y un tren que llegó cuando nadie más lo veía.
Tomás sonrió mientras empezaba a barrer el andén.
Porque algunas ciudades no solo llevan a la gente de un lugar a otro.
A veces también encuentran la forma de devolvernos aquello que creíamos perdido.
Incluso a nosotros mismos.
Tomás lo sabe.
Lleva veinte años limpiando andenes para TMB y conoce cada ruido del subsuelo: el chirrido de los frenos, el eco de los túneles, el rumor lejano de los vagones que se marchan.
Pero también conoce ese otro sonido.
El del tren que llega cuando ya no debería haber ninguno.
Siempre a las doce en punto.
Lo descubrió hace mucho, una noche en la estación de Urquinaona. Mientras barría el andén encontró en un asiento un billete antiguo de cartón, amarillento, de aquellos que se usaban en los noventa. Lo guardó en el bolsillo de la chaqueta.
Fue entonces cuando oyó el tren.
No aparecía en los paneles.
No lo anunciaba ninguna voz.
Simplemente llegó.
Las puertas se abrieron con un suspiro metálico.
Tomás entró.
El vagón estaba lleno… pero no de pasajeros.
En los asientos descansaban cosas olvidadas durante el día: una bufanda roja, un cuaderno con dibujos infantiles, un violín dentro de su funda, una carta doblada con cuidado.
Tomás comprendió algo aquella noche.
El metro no solo transporta gente.
También transporta historias que se quedaron a medio camino.
Desde entonces, cada jornada recoge los objetos perdidos del día y los deja en ese último tren.
Porque allí ocurre algo extraño.
A veces, las cosas regresan a quien las perdió.
Otras veces encuentran otro destino.
Aquella noche, mientras el tren avanzaba por los túneles silenciosos, Tomás vio algo diferente.
Una niña sentada junto a la ventana.
Tendría ocho años y abrazaba un oso de peluche.
Tomás se acercó despacio.
—¿Te has perdido?
La niña negó con la cabeza.
—No. Solo estaba esperando volver.
—¿Volver adónde?
La niña miró el peluche.
—A cuando mi mamá todavía estaba.
El tren siguió avanzando.
En la ventana oscura del vagón aparecieron nombres de estaciones que no figuraban en ningún plano:
Recuerdo
Todavía
Quizá
Tomás sintió un nudo en la garganta.
El tren se detuvo.
Cuando volvió a mirar, la niña ya no estaba.
Solo quedaba el oso de peluche en el asiento.
Tomás lo dejó con cuidado junto a los otros objetos.
El tren regresó a Urquinaona.
Las puertas se abrieron.
Tomás bajó.
El convoy desapareció en el túnel sin hacer ruido.
Entonces metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó el viejo billete de cartón que había encontrado años atrás.
Esta vez notó algo distinto.
Un nombre escrito con tinta azul en la esquina.
Tomás R.
Durante un momento se quedó quieto.
Recordó algo que había olvidado durante décadas.
Un niño perdido en el metro.
Una noche de 1992.
Un oso de peluche.
Y un tren que llegó cuando nadie más lo veía.
Tomás sonrió mientras empezaba a barrer el andén.
Porque algunas ciudades no solo llevan a la gente de un lugar a otro.
A veces también encuentran la forma de devolvernos aquello que creíamos perdido.
Incluso a nosotros mismos.